les africaines

Hasta donde sé, los africanos son serviciales e ingenuos, sensuales y pacientes, rudos, atléticos, hospitalarios… Sin embargo, por mucho que le de vueltas, no consigo recordar si me resultaron más serios que sonrientes (o al contrario). Y me gustaría saberlo.

Durante el viaje a menudo los vi agobiados, aplastados por la ociosidad o resistiendo con su fortaleza sobrehumana el rigor del calor y el trabajo. Pero también los recuerdo riendo con la boca abierta, riendo de verdad, como sólo pueden hacer quienes no viven angustiados por el futuro.

 Mi inquietud surge porque anoté en la libreta que parecían serios, y me pregunto si no tendría más razón entonces que ahora, que estoy lejos de África y sólo consigo recordar blancas sonrisas. Seguramente escribí estas palabras durante algunas de las infinitas horas que pasé aguardando autobuses que nunca salían, observando desde mi desesperación como el calor les iba sumiendo (en palabras de Kapuściński ) en un estado de inerte espera. Recuerdo que en aquellos momentos todo se aquietaba a mi alrededor y hasta los niños, que en cualquier otro lugar del mundo llorarían desesperados por el aburrimiento, parecían acomodarse en aquel vacío caliente. Era tal vez en ellos en los que más me sorprendía encontrar esta seriedad, sobre todo cuando descubría por casualidad en sus miradas una expresión adulta que siempre me dejaba helado.

Pero si pienso en la seriedad de los africanos lo primero que me viene a la mente son mujeres caminando erguidas y moviendo sus culos respingones de un lado a otro, mujeres sorprendentemente elegantes si tenemos en cuenta que cargan en su cabeza pesados barreños y niños adormilados a la espalda. Muchas veces creí ver en su rostro algo hierático y serio, una especie de dibujo geométrico que me recordaba a las máscaras del museo de Bamako. Al visualizarlas con sus ropas de colores, limpias y cuidadas a pesar del barro y el trabajo (siempre más duro que el de los hombres), me doy cuenta de que detrás de esta aparente seriedad tal vez se esconde el silencio de la llanura y la cadencia del trabajo. Quizá sea sólo eso: kilómetros, kilos, horas… Y pensándolo así, es a su vez posible que la pregunta con la que comienza estas líneas esté mal planteada y sea una estúpida generalización (¿cómo se puede decir que un pueblo o un continente es sonriente o triste…?), tan estúpida que obligue a estas palabras a deshacerse en el mismo vacío que las originó.

Porque lo único que puedo realmente decir sobre los africanos (¿es posible definirlos con una sola palabra?) no se refiere a sus miradas tristes o sus rostros hieráticos, sino más bien a su capacidad de seguir riendo a pesar de la ausencia crónica de cosas imprescindibles. Ellos son tan capaces de estar horas sin moverse como de morirse de risa, y cuando se ponen a esto último lo hacen con ganas, nada de posados del facebook donde nunca he visto los dientes ni la campanilla a nadie. Y añado que en todo el tiempo que estuve en África, en todas las ocasiones en las que me fui topando con aquella tristeza o solemnidad antigua que en vano trato de definir, nunca encontré en las gare routière ni en los autobuses ni en los sept place la esquizofrenia con las que me he cruzado tantas veces en el metro de Madrid. Y eso sí es como para escribir una entrada de un blog, tal vez la siguiente. Porque esta, hasta donde yo sé, iba de los africanos y su tristeza y no de nuestra ansiedad enfermiza ni del mundo de bienes –tan triste– que hemos creado a nuestro alrededor.

 

Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.

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Categorías:Uncategorized

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4 respuestas

  1. Coincidí contigo en D´Jenne y en Casablanca, era del grupo catalano-madrileño (aunque yo viva en Santiago), y prometí leerte… No sé si los africanos son tristes o alegres, pero, ante todo, yo volví impresionada de su dignidad, de la elegancia de las mujeres, de la silueta de los pastores peul con sus túnicas, de sus miradas tranquilas y serenas… Tampoco puedo olvidar su ir y venir: Kapuscinski decía que en las carreteras de África siempre hay alguien que va a algún sitio, en Malí lo comprobé, las carreteras y los caminos están llenos, siempre alguien va a algún sitio…Un saludo.

  2. Hola Ana, ¿qué tal por Santiago? Pues a lo mejor lo que me sorprendió de los malienses y senegaleses no era tanto la seriedad sino la dignidad o la serenidad de la que hablas tú, ¿no? Me alegra sobre todo saber que al menos alguien más ha tenido la misma sensación…Un saludo y gracias por leer y escribir!

  3. Hola, por aquí todo bien, pero me cuesta volver a la cotidianeidad…, todo me parece simple, poco importante… ¿Qué tal tú en Estambul?Pues sí, estoy enamorada (no sé qué palabra emplear) de esa dignidad, serenidad…, es difícil definir lo visto en Malí. Probablemente tu forma de viajar te haya permitido observarlo todo desde una perspectiva más rica.No me des las gracias, me gusta mucho leer y escribir. Te seguiré leyendo. Saludos.

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