Personajes encontrados: la feliz hippy chica

 

La feliz hippy chica no logra relajarse del todo en aquella habitación con olor a humedad. Si lo consigue es a fuerza de pensar que no se encuentra en Milán sino en la India, un país extraño donde se adoran a miles de dioses (entre ellos uno con aspecto de mono). No debe alarmarse pues por la ausencia de limpieza ni las manchas de las paredes. Ni siquiera por los modales del masajista ayurvédico que, antes de dejarla sola, le ha pedido con cierta dureza que se desnude y se tumbe boca abajo en la camilla.

La feliz hippy chica, que no está dispuesta a renunciar a su felicidad y su hippismo por la brusquedad india, cierra los ojos y se concentra en la respiración. Así al menos fue como le enseñaron en los cursos de diversas técnicas espirituales, de los cuales el ayurveda es su último descubrimiento. Al ritmo de inspiración-expiración se quita los pantalones, la camiseta y el sujetador. Al mirarse en un espejo situado junto a un póster de un buda, sus senos le parecen demasiado pequeños y un poco puntiagudos. Pero no quiere pensar en sí misma, no otra vez. Temerosa de que el masajista vuelva y la encuentre desnuda de cintura para arriba, se tumba sobre la camilla. El frío de las sábanas y el olor denso y húmedo la incomodan por unos momentos, así que respira más fuerte hasta sentirse preparada. Casi preparada, porque en seguida se da cuenta de que (una vez más) no va a conseguir dejar de pensar.

El masajista experto en ayurveda (o al menos eso es lo que le ha dicho unos minutos antes) entra en la habitación. Revuelve entre los botes, se embadurna las manos de aceite y comienza a tocarle la espalda. En lugar de relajarla, sus dedos hacen que su cabeza se llene de dioses pintados y expresiones en inglés. Da igual que respire rítmicamente: una y otra vez vuelve al momento en el que se encontró con todo ese montón de hippys, israelíes y montañeros buscando su experiencia india. Entonces no era una chica tan happy ni tan hippy, y le da la sensación de que era más niña de lo que es ahora. Aún no había dado clases de yoga ni había conversado hasta la madrugada sobre aperturas mentales o el sentido de la vida. Ni siquiera había probado la marihuana que crece de manera natural en las montañas que rodean Manali.

Marihuana. ¿Por qué le viene a la cabeza la primera vez que la fumó? Fue junto a la cascada de Vashist, lo recuerda bien, con un chico alemán que también viajaba solo. Hablaron de muchas cosas y fue él quien le recomendó el ayurveda como una práctica que debería probar antes de volver. ¿Volver a d
ónde?, y él respondió con aplomo que al lugar donde habitan las cuentas bancarias y los horarios; las madres, los traumas, los ex. Si no dijo esto fue algo muy parecido, ya que cuando la miró con aquellos ojos hizo que perdiera el ritmo de la respiración y, con ella, su capacidad de concentrarse.

Pero no debería pensar en aquel momento, no tendría siquiera que estar pensando mientras el masajista ayurvédico le desata con su sabiduría milenaria los músculos. El futuro es lo último que debe preocupar a una chica hippy bastante feliz. Lo único que existe es el aquí y ahora, así que de nada sirve pensar en el porro ni en sus veintipocos  años ni en el alemán y su mirada azul clara. Tampoco en los arrebatos que siente a veces de escapar, el extraño deseo de que –aquí y ahora– los dedos del masajista le traspasen las vértebras hasta alcanzar un lugar no identificado de su interior.

Respira m
ás profundamente, se centra en las sensaciones y por fin, cuando un calor intenso empieza a surgir de su interior, la feliz hippy chica logra dejarse llevar. Se descuelga (es un decir); se aleja de los israelíes, el alemán y su inglés farragoso. Los ojos tan grandes ya no la miran pensando que es muy inocente o muy joven o que tiene las tetas puntiagudas. Los ojos no la miran en absoluto porque se han hecho demasiado grandes y lo ocupan todo. Azul y rumor de agua, frases en inglés y miles de detalles, uno solo. Está suspendida en el vacío y podría seguir así durante toda su vida, inmóvil justo antes de empezar. Y de hecho lo haría si los dedos no hubieran comenzado a descender demasiado por su espalda, a alcanzar lugares que no precisan de masaje ayurvédico. Y esto es demasiado para cualquiera, incluso para una feliz chica hippy.

Mierda, piensa permitiéndose por un momento no ser tan feliz ni hippy, sino solo una chica muy joven que se encuentra sola en la India. Siempre pasa lo mismo: la experiencia espiritual la lleva a un mundo feo y materialista que le molesta definir como real. Pero esa es la palabra, sin duda, y ya de regreso se siente estafada y el olor a humedad y la escasa limpieza de las sabanas la incomodan más que nunca. Su cabeza se ha llenado de comas, paréntesis y phrasal verbs. Mierda otra vez. Tendría que levantarse y darle una bofetada al masajista, pero sigue quieta y tensa, pensando obsesivamente en el porro y la cascada, en aquel chico hablando en un inglés cada vez más lleno de dobles sentidos. Please, leave me alone, quiere decir, pero no lo hace. Mientras siente los dedos entre las piernas no puede dejar de volver al principio, a la primera vez que vio Manali y sus hippys y sus turistas y sus montañeros. Se pregunta por qué se qued
ó precisamente allí e hizo todos esos cursos o el jodido masaje ayurvédico; cuál es la experiencia india que está buscando. Piensa, pero sigue sin encontrar la respuesta.

photo

 

La feliz hippy chica es Kleiner Tiguer.

La foto de la cara oscura de la India es de Sergi Bernal.

Donde esta Manali?

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Categorías:India, Oriente Extremo

Etiquetas:,

7 respuestas

  1. Pobre feliz hippy chica. Parece que no se leyo la seccion de peligros de la Lonely planet que advierte sobre este tipo de cosas. Un saludo!

  2. Qué bueno Chevi! Y qué putada… Yo por eso no fui al baño turco 😛

    Un abrazo!

  3. Una buena combinacion,de lugares,personajes y sensaciones,la italiana compradora de aceite de o.liva en Manali,junto al misterioso ayurvédico de dharamsala y miedos proyectados en los camino indios.
    Buen colage!
    Te debo fotos,emails y demás…pero permiteme aterrizar con calma en las islas y disponer de internet…
    Un abrazo.
    Namaskar!

  4. Si Cubi, es precisamente eso, aunque quedan por contar muchas muchas aventuras de la feliz hıppy chica. La feliz hıppy chica hace un master en MBA, la feliz hippy chica se casa y deja de ser hippy pero no feliz; la feliz hippy chica se divorcia y ya no era chica ni happy ni hippy… (ya no me acuerdo de la mitad) Y por los masajistas ayurvedicos no te preocupes, Juan. A mi el mio trato con nada de amor, aunque eso puede cambiar en los Hamames. Si no que se lo pregunten a Lunatıköş, que seguro que sabe mas que yo 🙂
    Un abrazo!

  5. Hay muchos tipos de suciedad: física, moral, interior, ambiental… Buen catálogo de todas ellas. Saludos

  6. Un gran relato que muestra que no siempre la buena disposición y la apertura al mundo, trae las mejores experiencias. Mucha suerte para la feliz hippie. Al final el karma hará de las suyas.

    Un saludo!

  7. Ah, soy Caminante, o Carmen frei, o qué sé yo. 🙂 no sé pq no veo el comentario publicado… 😦

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