Nevizade (I)

Taksim

Taksim debe ser, aunque nadie lo llame así, el centro más probable de todas las ciudades que son Estambul. Su nombre procede del árabe ‘división’, y hace referencia al hecho de que era en este lugar, el más elevado de la zona, donde se almacenaba y se repartía el agua de todo Beyoğlu. El Taksim de hoy en día es sin embargo una gran plaza rodeada de edificios modernosos que, en lugar de agua, divide más bien a la gente que sube y baja del funicular, del autobús o de la línea 2 de metro. De esta manera, unidos por un instante en su camino a barrios diferentes y lejanos, Taksim es además del centro más verosímil de Estambul el lugar de las mezclas improbables. En la plaza y sus aledaños los vendedores de mejillones comparten espacio con los borrachos mientras los turistas árabes, que buscan en İstiklal las tiendas de marca, se cruzan con europeos más interesados en monumentos históricos. En Taksim es posible cruzarte con parejas de enamorados musulmanes y con policías a la espera de la próxima manifestación kurda; con transexuales mal operadas y fanáticos del Fenerbahçe; con músicos callejeros, comunistas repartiendo pasquines y niños vendiendo botellitas de agua.

De Taksim-Beyoğlu se pueden decir muchas cosas, y no creo ser la persona más adecuada para hablar de ninguna de ellas. Es probable que estén mucho mejor escritas en los libros que usan los turistas que, İstiklal arriba e İstiklal abajo, miran embelesados la belleza de las fachadas decimonónicas. Yo lo hice también durante un tiempo (lo de caminar embelesado, quiero decir) hasta me di cuenta de que si quería vivir en la ciudad debía mirar al frente y acomodar mi paso al de la multitud que va al cine, de compras o a tomar una cerveza. Porque aunque siempre hay gente en Taksim, el centro más céntrico de una ciudad sin centro, es por las noches y los fines de semana cuando todo Estambul parece estar concentrados en estas pocas calles. La razón es sencilla. Históricamente fue aquí donde se pudo beber alcohol y donde se situaron las tabernas, las prostitutas y los teatros y cines que, con la excusa de servir a una clientela cristiana, sortearon con mayor facilidad la rígida moral del Islam. Los viejos viajeros hablan con nostalgia del Çiçek Pasaji y su atmósfera decadente que la última restauración se ha llevado. Pero el Estambul que viví se situaba cada noche un poco más allá, en Nevizade, una calle que uno no acaba nunca de saber si es demasiado estrecha o es que se encuentra eternamente atestada. Aturdido por los buyrun efendi de los camareros y la música de los bares y de los gitanos, embriagado de rakı o cerveza mal tirada, es fácil sentir aquí el agobio y euforia con la que siempre identifico la ciudad. Se trata esta de una mezcla tan peligrosa como los alcoholes que sirven en las tabernas de la zona, un sentimiento que te afecta al ritmo cardiaco y hace que el tiempo pase más deprisa de lo habitual llevándose con él semanas, meses y años enteros.

De esta manera, habiendo pasado tantas y tantas noches en estas calles, se puede perdonar que no haga referencia al momento en el que sucedió la historia de la que quiero hablar. Digamos que fue en la misma noche de principios de verano que se lleva repitiendo desde hace demasiado tiempo. Como de costumbre, un grupo de amigos bailaba con los brazos levantados en un restaurante cercano y, un poco más allá, un hombre torturaba a su novia cantándole una de esas canciones solemnes y melancólicas que tanto les gustan a los turcos. Los mismos gitanos tocaban melodías similares a otras bien conocidas mientras los camareros, como de costumbre, arrebataban los vasos antes de que se apurase la bebida. Sentados en la misma esquina, ajenos al ruido y a la multitud, estábamos nosotros, entregados a una conversación que no éramos capaces de concluir. Ander, por ejemplo, se quejaba una vez más de lo que trabajaba por tan poco dinero mientras Saúl me echaba la culpa por haber perdido un tren en Bulgaria. Cesc, que mientras hablaba iba liando un cigarro tras otro, comentaba como de costumbre la situación sentimental de David con cierta ironía. Deberíamos aburrirnos, pero había algo en la pesada y pegajosa cerveza turca que nos hacía creer que la noche sería extensa y lo mejor aún estaba por llegar. No importa que no fuéramos tan jóvenes ni que el alcohol ya no nos sentara tan bien como antes. Teníamos la esperanza de que en una de esas noches que se sucedían de manera indistintas sucedería algo, por fin.

Tampoco tuvimos suerte en esa ocasión, incluso si así debió de parecernos cuando vimos aparecer entre la multitud la cara enrojecida de David Samaniego, el inicio de cualquier historia que se precie. Dejemos al camarero buscando una banqueta y a nosotros moviendo todas las mesas para hacerle un hueco y centrémonos en David, el protagonista de este cuento y el alma de aquel grupo heterogéneo. Estoy seguro de que ya conocen su nombre, y lo único que puedo decirles es que en persona resulta tan voluble y entusiasta como parece ser en sus artículos. Aquella noche, sin embargo, su apasionamiento habría resultado difícil de adivinar para alguien que no lo conociera. En su rostro había una seriedad cuanto menos misteriosa y un silencio que en él resultaba más que anómalo. Pero por lo demás no hizo nada diferente a lo habitual. Saludó, se sentó al fin en la banqueta y, como si tuviera la mente limpia de todas aquellas ideas que, de la política a las mujeres o de las mujeres a la política, ocupaban toda su atención, pidió al camarero una ellilik sin mirar siquiera a unas chicas que había unas mesas más allá. Su mirada, incapaz de centrarse en nada concreto, delataba que no era la primera cerveza que bebía aquella noche.

Pero, ¿tú no estabas con Azafata? murmuró Cesc para comenzar la conversación, dejando caer las palabras mientras se encendía el cigarro que tan cuidadosamente había liado unos minutos antes. David, que parecía no estar aún preparado para contar lo que le había pasado, tardó un rato en responder. Sí, dijo al fin, añadiendo como si no lo supiéramos ya, que la cosa no había salido tal y como esperaba. Después le dio un sorbo a la cerveza que le acababan de traer, sonrió misteriosamente y se quedó una vez más en silencio. Ya, pero… continúo Cesc, que tenía una especial predilección por indagar en la vida de los demás sin desvelar nada de la propia, ¿qué ha pasado? Y David, aparentemente contrariado pero en el fondo contento de poder contar una vez más su historia, comenzó a relatarnos su cita con aquella azafata de la Turkish Airlines a la que para simplificar todos llamábamos Azafata. Al parecer todo había comenzado cuatro o cinco horas antes delante del Galataşaray Lisesi, muy cerca de donde nos encontrábamos…

(Continúa)

Fotos de Joseba Aldaz y de Carol Williams

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Categorías:Uncategorized

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5 respuestas

  1. hola……. me gustó mucho la entrada… regresé hace poco de Estambul y estaba queriendo escribir algo sobre plaza taksim, y creo que esta entrada resume a la perfección lo que significa esa plaza en estambul…..

    • La verdad es que esta zona de Estambul es el lugar donde es más fácil que las diferentes ciudades que componen estambul se encuentren, aunque sea por un instante. Un saludo!

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  1. Nevizade (y II) « Hombrerrante

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