Nevizade (y II)

chicas en Taksim

(viene de aquí)

La recogí y le di dos besos, empezó David. Llegó un poco tarde y le dije que estaba muy guapa, pero ella no me respondió. Llevaba tacones, andaba muy estirada y desde el principio noté esa actitud tan… Tan desganada, más bien. Pero ya me conocéis: en peores guerras me he visto. Además, sabéis lo que pienso de las azafatas, ¿no? No le di más vueltas, que bastante me había costado ya quedar con ella. Le dije, Vamos a tomar algo, y ella respondió Tamam. Así empezó todo.

David siguió hablando atropelladamente, como siempre hacía, pero antes de seguir su historia me veo obligado a explicar algo para que resulte comprensible para aquellos que no lo conocen. David Samaniego, periodista de éxito, aventurero sin igual y un escritor tan centrado en el terrorismo internacional como en las piernas y pechos de las azafatas con las que se cruza en sus vuelos, no es sin embargo el latin-lover que uno podría imaginar. Estoy seguro que a él le habría gustado serlo, aunque no es menos cierto que nunca le escuché quejarse de ello. Impetuoso y enamoradizo, David intentaba conocer a nuevas chicas con tanta impaciencia que tenía nuevas historias casi cada semana. En aquella época nos las contaba cada sábado, con el ruido de Nevizade de fondo e interrumpido constantemente por la malicia de Cesc.

¿Cómo explicarlo?, continuó David, que había terminado su cerveza con sorprendente celeridad y ahora pedía una segunda. Era más o menos alta, tenía buenas caderas y… ¿pija? Ya sabes que yo no me fijo en esas cosas. Tenía el pelo teñido, es verdad, y su cara… Bueno, ya sabéis cómo se maquillan aquí las chicas. Sí, sí, también tenía esa voz aguda y hablaba, ¿cómo decirlo? Sí exactamente así, Cesc, estás tan graciosos como de costumbre. Llevaba tacones y estaba completamente vestida de negro salvo por una camiseta morada. No era la chica más guapa del mundo y tenía una nariz tres veces más grande de lo habitual, pero a mi no me importaba. Me gustan las mujeres que se arreglan, incluso tanto como ella. Pero ese no era el problema. Espera un poco, déjame hablar y te lo cuento. Al principio todo estuvo bien, la llevé al bar de siempre, el que tiene vistas pero no es demasiado caro. El caso es que nos pedimos dos cervezas y… Pues hablaba de su trabajo, de todos los países que visitaba, de lo cansada que estaba y lo poco que dormía. Sí cansada, muy cansada, pero no por mi culpa. Al menos no al principio porque después, como ella no decía nada, pues… Sí Cesc, yo no podría explicarlo mejor. Entonces, tal y como dices, le conté mis batallitas.

David, que como se puede ver en el relato tiene una gran personalidad y don de palabra, solía precisamente por estas cualidades llenar las conversaciones con las aventuras que él y sus compañeros de fechorías (para utilizar una de sus frases preferidas) habían vivido en conflictos de escala internacional. Desgraciadamente, y como parecía demostrar la práctica, las historias que suelen divertir a un grupo de amigos que toma una cerveza un sábado por la noche no son las mismas que conquistan a una chica que lleva más de media hora mostrándose esquiva. Sus viajes por la Turquía rural, los pueblos castigados por el conflicto con el PKK y sus aventuras cruzando la frontera de Irak y Siria no resultaban demasiado fascinantes para una mujer que, como podría haber adivinado por la altura de sus tacones, nunca pondría un pie al este de Diyarbakır. Por mucho que las miserias humanas diese un halo de profundidad a su mirada –esa mirada inteligente y esquiva que había encontrado la salida en conflictos irresolubles y que ahora, casi por descuido, se había fijado en aquel rostro irregular e hipermaquillado de Azafata– no creo que lograra expresar la potencia masculina y cautivadora que había en su interior. Casi habría sido mejor contar lo bien que lo había pasado este verano bebiendo vino en el sur de Francia. Pero ese no era su estilo.

De verdad que hice lo que pude, siguió David, al que, según contaba su historia, nos iba uniendo cada vez más una especie de camaradería. Pero no surtió efecto. Después de lo del tiroteo en Hakari y… No, tranquilo, que no lo voy a contar otra vez. Después del tiroteo, digo, y de la vez que estuve en Kahramanmaraş investigando sobre los suicidios de chicas, va y me dice, con esa voz aguda que antes tan bien ha imitado Cesc, que a ella no le interesan esos temas. No sé exactamente, eso fue lo que me dijo y no le pregunté el porqué. Me hizo pensar que no tenía ninguna posibilidad, y eso que ya sabéis que yo no me rindo fácilmente. Pero había algo que no os he contado, un pequeño detalle que me hizo cambiar de opinión. No, fue su ropa, una mantilla que llevaba, también negra. Es verdad que no me fijo normalmente en esas cosas pero… Cuando hablaba estaba tan preocupada en colocárselo para que no se le viera nada que al final yo también acabé prestando atención. Fue más tarde cuando vi que debajo de la mantilla se adivinaba un escote. Un escotazo, pensé. Y eso me hizo dudar. ¿Por qué se habría puesto una camiseta así si luego se lo tapaba con un chal? ¿Sería porque las tenía muy grandes y así evitaba miradas incómodas? ¿O quizá –y además de porque las tenía muy grandes, que no lo descarté– porque estaba tratando de decirme algo?

Tenía que intentarlo, en eso estaréis de acuerdo. Así que, como veía que mi técnica de periodista comprometido no me funcionaba, traté de recurrir al Plan B, el que defino como ‘podría ser el padre de tus hijos’. Eso siempre les gusta a las mujeres, ¿no? Así que en lugar de conflictos bélicos le hablé de mis lecturas y de lo que me gustaba estar en casa cuando no viajaba. Pero volví a cagarla. Para esquivar Hakari y Siirt y el Kurdistán al completo le empecé a hablar de lo mucho que me gustaba Estambul, esa gran ciudad europea. No me importaría nada quedarme aquí para siempre, le dije, aunque si os soy sincero, no recuerdo muy bien cuales eran mis argumentos. Pues que comprobase que además de un aventurero podía ser también sensible, eso es lo que pretendía. El caso es que, con la excusa de ver cómo se había pintado las uñas, le cogí la mano. Le dije que me encantaban y que le sentaba genial el color. No recuerdo, morado o fucsia. Después me fui acercando sin brusquedad, tratando de no mirarle el escote, que era lo que más me interesaba. Sí, notaba que ella dudaba, pero tenía que intentarlo. Os recuerdo que era una azafata y, hasta donde sabía, tenía grandes pechos, ¿no lo habríais hecho vosotros? Por un momento pensé que era como muchas chicas turcas, que se ponen un poco tensas en los sitios públicos, delante de todo el mundo. Yo trataba de despistarla hablándole de lo que sé de la historia de Beyoğlu. Le contaba que Europa era una mierda, que era mucho mejor vivir allí. Fue entonces cuando lo dije. Es una tontería, la verdad, pero la cagué por completo. Pues que me gustaba tanto Estambul que a veces soñaba –si alguna vez fuera corresponsal y aprendiera turco y todo eso– vivir en una de esas casa que se veían desde la terraza donde estábamos, un lugar con vistas, cerca de Taksim. Lo dije para impresionarla, claro. Pero ella no tenía el mismo sueño al parecer. Que odiaba esa zona, eso fue lo que dijo, y que si a mi me gustaba tanto era porque era un hombre y no me daba cuenta de lo peligroso que era. Dangerous, exactamente. No sé, al parecer Taksim está lleno de kıros y macarras. Sí Cesc, tienes razón. Esta claro que nunca ha estado en Barcelona…

Aquel relato nos dejó a todos un poco perplejos, seguramente porque no era el tipo de anécdota que David solía contar. De hecho, mientras lo hacía se le había dibujado una arruga en la frente y su voz, normalmente aguda e impetuosa, se había vuelto mucho más grave de lo normal. Pero si esta no es una historia prototípica de las relaciones de David, es posible que fuera de todas las suyas la que mejor definía el lugar en el que estábamos. Una ciudad no es solo casas y calles, sino gente que vive en esas casas y camina por esas calles para ir al bakkal de la esquina. Eso es al menos lo que pensé cuando después de escuchar a David nos quedamos en silencio, mirando a las chicas que cruzaban frente a nosotros con sus faldas, sus escotes y sus novios. Lo que quiero decir con todo esto es que sentía que mi mirada –nuestra mirada, más bien– se había adaptado tanto al entorno que solo registraba aquello que le interesaba. Voy a tratar de explicarme mejor. He mencionado anteriormente lo guapas que eran las chicas que cruzaban ante nuestros ojos, pero no he dicho nada de que por cada una de ellas había al menos siete u ocho de esos hombres morenos que, a pesar de ser simpáticos, bien plantados y, si me apuran, hasta un poco inocentes, inspirarían terror de cualquier turca maquillada y con tacones. Y lo mismo podría decirse de los gitanos con sus darbukas y los vendedores de mejillones; de los transexuales y de los taxistas con bigote. Porque aunque İstiklal fuera el centro más centro de la ciudad y, como podíamos comprobar en aquella noche en la que estaba atestado, también el más popular de todos ellos, seguía sin ser el lugar predilecto de algunos estambulíes. Sé por experiencia que mucho de los así llamados ‘turcos blancos’ preferían los barrios del Bósforo y las grandes áreas del Estambul asiático. De la misma manera en la que nosotros parecíamos atrapados con aquel pedazo de la ciudad que era al mismo tiempo histórico y moderno, exótico y occidental, había mucha otra gente que nunca salía de la famosa Bağdat caddesi, tan importante que algunos la llamaban simplemente ‘la calle’. Recuerdo aún el día que la descubrí, sorprendido de que una avenida de casi ocho kilómetros hubiera pasado desapercibida para mí durante tanto tiempo. Pero no voy a hablar de la calle Bagdad, esa parte de Estambul que me hace sentir tan extraviado como en un centro comercial. Volvamos mejor a David, igualmente confundido ante una azafata a la que no sabe si tratar como a una española o como una turca (dando por supuesto de que hay maneras de tratar a las chicas de diferentes nacionalidades). Ha vuelto a meter la pata, pero no es su culpa –al fin y al cabo bastante claro en sus pretensiones–, tampoco de Estambul, los turcos o los famosos conflictos este-oeste. Ni siquiera me parecería bien que reprochemos nada a Azafata, a la que ni siquiera hemos puesto nombre. Es más que posible que su actitud defensiva y hasta clasista tuviera elementos culturales que nosotros, como extranjeros y hombres, no éramos capaces de comprender.

Después de que dijera todo esto me pasó algo, siguió David, que después de esta digresión, no podría decir cuantas cervezas se había bebido. Todo cambió, de repente. Ya sabéis eso de que ‘en guerra cualquier hueco es trinchera’, ¿no? Pues bien, de pronto esta idea me pareció una gilipollez. Me dio pereza seducirla, convencerla, ser cariñoso y simpático, disimular sus desprecios solo para al final, si había suerte, perderme en aquel escote que ocultaba con tanta insistencia. A lo mejor pasaban varios días o tal vez otra semana hasta que aceptase, y tendría para ello que quedar muchas otras veces y escuchar sus historias sobre lo poco que le gustaba Turquía y llevarla a sitios caros y contarle que iba a ser ascendido a redactor jefe o que había entrevistado a Tarkan o a Duman, qué se yo. Sí, a lo mejor estoy siendo prejuicioso, pero ¿qué es lo que esperaba de mí? ¿Acaso he engordado tanto como para perder mi sex-appeal? Muy bien Cesc, te agradezco que no hagas comentarios sobre mi peso. El caso es que al final terminé por desistir y le dije que le acompañaba al dolmuş para que volviera a su continente que era, paradójicamente, mucho más europeo que la misma Europa. No, no pareció sorprendida, creo que se lo esperaba. Así que pagué, bajamos en el ascensor y, mientras caminábamos por las calles traseras de İstiklal para evitar la muchedumbre, me di cuenta del desprecio con el que miraba a los vendedores de arroz y a los viejos de las teterías. Me dio por pensar, pero no en mí sino en ella. A ver, al fin y al cabo yo puedo follarme a quien quiera, ¿no? No quería decir eso, es que… Vale Cesc, creo que no es el momento de sacar a relucir a todas las tías que me han dicho que no, déjame continuar. El caso es que yo puedo follarme a quien pueda, ¿vale?, pero ella. ¿A quién va a follarse tan llena de prejuicios? Y eso que es azafata, pero… Y diré algo más: estoy seguro de que le apetecía, absolutamente convencido de que llevaba mucho tiempo sin… Fue por eso por lo que al verla así, subida sobre sus tacones, tan escondida en el maquillaje y sus complementos, sentí algo de pena. Yo soy el primer sorprendido por esta sensación, no creáis. Normalmente las chicas me producen más bien morbo. El caso es que me dio la sensación de que era una puta desgraciada, que estaba mucho más frustrada y reprimida que las mujeres cubiertas a las que ella miraba por encima del hombro. ¿Pero qué podía decirle? Me sentía cada vez peor por ella, tan mal que al despedirnos acabé dándole un abrazo, uno fuerte, para que pudiera sentir un poco el contacto físico. ¿Y sabéis qué? Pues que no tenía nada de tetas. Lo noté perfectamente, debajo del chal y del top, de su sujetador. Estaba casi plana. Es más, creo que las tenía como desinfladas. ¿No os parece el fraude? No quiero ni pensar que hubiera pasado si me acabo de enrollando con ella…

Después de decir estas palabras, David parecía más relajado y la arruga de su frente se le disipó. Estaba claro que ya no le importaba la chica ni su fracaso y que, de no habérsela recordado, la habría olvidado en un par de días. Parecía una vez más feliz e ilusionado, mirando pasar a las mujeres o contando chistes que ya sabíamos, tan voluble e impulsivo como parece ser en sus artículos. Había expresado sus sentimientos y ya estaba pensando en el siguiente objetivo, así es él. Sin embargo, aunque David ya ha terminado de contar su historia, a mi me cuesta hacerlo con la mía. Si tuviera que explicar por qué he empleado todo este tiempo en escribir una anécdota que pasó hace uno, dos, tres veranos y que no es ni siquiera arquetípica de nuestra vida en Estambul, debería decir que es porque fue en aquella noche, viendo a David mostrarse por primera vez vulnerable, cuando sentí que su ímpetu y su inconciencia tendrían un fin. La suya y la mía, quiero decir. Aunque sea simplemente por el hecho de que el ayuntamiento está decidido a acabar con la vida nocturna de Taksim, lo cierto es que entendí frente a aquellas cervezas, rodeado de David y Cesc y Ander y Saúl a los que, perdido en mis pensamientos, había dejado de escuchar, que todo ese ruido y multitud de Taksim no duraría para siempre. Quizá fue en ese momento en el que percibí que nuestra idea de que la noche era extensa y había muchas cosas aún por hacer era un espejismo producido por tanta cerveza tirada con tan poca pasión. Podríamos trasnochar hasta cerrar los bares, ligar con turcas, españolas o extranjeras y hasta ver las primeras luces del día tomándonos un tantuni. Pero eso no evitaría que al final, después de todas nuestras aventuras, siguiéramos sintiendo que aquello que buscábamos seguía estando muy lejos. Algún día nos cansaríamos o la misma ciudad, en constante cambio, nos expulsaría de la misma manera en la que nos había acogido. Tal vez ya lo haya hecho conmigo, pero no voy a enredarme aquí con literatura que, al igual que la cerveza, nos engaña haciendo que las cosas parezcan lo contrario de lo que son. Mejor sigamos en esa noche a principios de verano, en Nevizade, en el barrio que los turcos definen como Taksim o Beyoğlu. Estamos en el centro más céntrico de Estambul, aunque por un instante el alcohol, la gente y el rumor de las conversaciones consiguen llevarnos muy lejos.

Así que, ¿qué hacemos?, dijo David sonrisa habitual y una voz temblorosa por el alcohol, ¿Y si vamos por ahí a conocer a unas tías? Creo que hoy va a ser una noche especial. ¿Otra ronda?

Domingo por la mañana, estoy cayendo. / Tengo un presentimiento del que no quiero saber…

Foto de Kherying

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Categorías:Estambul, Oriente Medio, Turquía

Etiquetas:, ,

5 respuestas

  1. me parece que a David le gusta mucho Estambul y había conocido la cultura bien.
    pero dejame decir que esa azafata te había rechazado por cierto y hay un refrán en el turco, te lo digo para que lo aprendas, espero que lo traduzco bien;

    el gato menosprecia siempre el hígado que no podía tocar 🙂

    saludos el guerrero vencido 😉

  2. No conocía el refrán, gracias. Que yo recuerde, no tenemos ninguno similar en español…
    Por cierto, no serás tú Azafata, no? 😉
    Un saludo!

  3. Fabulous Spain & Mediterranean Tour
    “Filmed for the giant screen in glorious eastmancolor”.
    Me lo acabo de encontrar y pense que te haria gracia.
    http://www.travelfilmarchive.com/item.php?id=12225&clip=n&num=10&keywords=Spain

    Nos vemos en verano por Madrid? O cuando por HCMC?

    • Hola Hugo!
      Gracias por el lynk, me encantaría ver España tal y como era en los años 60, antes del turismo. Debería ser un lugar más exótico que Irán, de eso estoy seguro! Un saludo!

Trackbacks

  1. Nevizade (I) « Hombrerrante

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