el primer puente sobre el Bósforo (historia de la arquitectura de Estambul III)

Friso del palacio de Dario en Persépolis

     A pesar de que en la antigüedad dominaron el vasto territorio estepario al norte del Mar Negro, nadie nunca nos habló en el instituto del pueblo escita. Conforman uno de esos vacíos en nuestra concepción de la historia que ni siquiera la Wikipedia ha logrado aclarar por completo. Pero no podemos culpar a nadie de este desconocimiento. Este grupo de pastores nómadas vivió hace tantísimo tiempo y dejó tan pocos restos que se han ido volviendo transparentes. Poco más sabemos de ellos aparte de que eran excelentes jinetes y arqueros, que bebían la sangre de su primera víctima o que usaban sus cráneos como vasijas. No puede sorprendernos entonces que nadie se acuerde ya de que los escitas tuvieron mucho que ver en la construcción de una de las más importantes arquitecturas antiguas de Estambul. Sobre todo porque esta obra, sumergida a su vez bajo miles y miles de años, se encuentra hoy en día tan olvidada como este pueblo de cabreros trashumantes.

     Pero para entender esta historia, lo mejor es que empecemos desde el principio. Dejemos a los escitas y Estambul y vayamos un poco más lejos, al palacio de Persépolis, en el centro de Irán. Allí Dario I el Grande, el rey persa que ha pasado a la historia con su barba recta y rizada, ojos almendrados y siempre de perfil, ideaba junto a sus sabios consejeros cambiar el mundo. Estábamos a finales del siglo VI a. C., años antes de que comenzara su famosa guerra contra ese grupo de jóvenes fibrosos y bien educados que eran los griegos. El asunto del que discutían no tenía nada que ver con ellos si no, como ya habrán adivinado, con el misterioso pueblo escita. Dario, caminando de un lado a otro en la sala del trono, siempre de perfil, contaba sus planes para someter a este grupo de pastores ante la cara de estupefacción (limitada por el hieratismo de la época) de sus consejeros. Es posible que, en un mundo anterior al capitalismo financiero, hacer la guerra a los vecinos fuera la manera más fácil de enriquecerse, pero aún así ni los consejeros ni los historiadores han comprendido qué esperaba conseguir el monarca atacando a unos rudos pastores de la estepa. Podría haber sido un capricho, una venganza por la muerte de su predecesor Ciro II o, por qué no, el simple deseo de conocer mundo en una época anterior al turismo. Lo importante es que, dado que el concepto de monarquía parlamentaria estaba aún en pañales, no había por qué dar explicaciones a nadie. La guerra se haría sí o sí, aclaró Dario, no en vano conocido como El Grande. Los consejeros, a pesar de su desacuerdo, no pudieron más que asentir y empezar con los preparativos de lo que ha pasado a la historia como Campaña Persa contra los Escitas (514 a. C.).

     De esta manera, ya tenemos los dos elementos principales de esta historia. Por un lado se encuentran los pueblos nómadas y sanguinarios de las estepas de Ucrania (que no habían hecho ningún mal a nadie, por cierto) y, por el otro, los poderosos persas llenos de orientalismo, deseos de dominar el mundo y (al menos en lo que se refiere a sus representaciones) falta de perspectiva. Pero, ¿y donde queda Estambul en todo esto? Pues, poco más o menos, en medio de los dos. Cuando todo estuvo ya preparado en la corte de Persépolis, el enorme ejército se puso en marcha guiado por el propio Dario a través del conocido camino real persa. Cruzaron el Tigris y después el Eufrates y, tras la región lunar de la Capadocia llegaron a Frigia donde el camino giraba hacia el sur, a la ciudad de Sardes. Ellos no siguieron tan lejos y se desviaron hacia Crisópolys (hoy en día el actual barrio de Uskudar, en Estambul). El ejército, que para llegar a las estepas ucranianas debía primero cruzar el Bósforo, se asentó en un lugar conocido ahora como Anadolu Hisarı y que a finales del siglo VI, sin el castillo turco, las mezquitas ni los supermercados de barrio, debería tener un aspecto bastante más agreste.

     Lo primero que debían hacer si querían llegar a la Escitia era pasar al otro lado, así que, mientras el ejército montaba el campamento y saqueaba los pueblos cercanos en sus ratos libres, Mandocres de Samos, el ingeniero de la expedición, trabajaba febrilmente para idear la forma de lograrlo. Fueron muchas horas de reflexión y de cálculos hasta que concluyó que debía fabricarse un puente flotante sobre el Bósforo. Este tipo de construcciones, aunque bastante comunes en la Persia aqueménida, no habían sido nunca antes utilizadas en un estrecho que, con su profundidad, anchura y oleaje, presentaba el doble de dificultades que el más caudaloso de los ríos del imperio. Ya desde el principio la empresa se planteó como la más importante obra de ingeniería de su momento histórico. Por desgracia, la construcción ha dejado tan pocos restos como los pueblos escitas. Las columnas que Dario mandó levantar para inmortalizar tan magna empresa hace mucho que se perdieron y apenas es posible encontrar una triste entrada de blog que hable sobre el tema. Ante esta perspectiva, tenemos que contentarnos con lo que Heródoto escribió sobre los puentes que unos años después fabricó Jerjes, el hijo de Dario, en los Dardanelos. Debemos pues suponer que, al igual que ellos, se construyeron colocando centenares de barcas de dos en dos para amortiguar el oleaje, barcas que serían después ancladas al fondo (lo que no es seguro, dada la profundidad del estrecho) y amarradas entre sí con largas cuerdas que cruzaban de Asia a Europa. Una vez que se había creado una base lo suficientemente firme, los botes se debieron cubrir con varias capas de madera y tierra para hacer más fácil el paso de hombres, carros y caballos. Estos trabajos debieron de durar días o incluso semanas, pero sabemos que al fin, en algún momento de la primavera del 514 a. de C., el ejército de guerreros serios y concentrados de Dario I logró cruzar con éxito hasta Europa. Sin Ferries ni cargueros distorsionando el paisaje, aquellos soldados debieron presenciar un Bósforo grandioso y legendario que, como el puente y su propia gesta, ha acabado por ser engullido por el paso del tiempo.

     Para bien o para mal, podemos decir con la perspectiva que nos da la historia que aquel fue el único momento de gloria de la guerra. La Campaña Persa contra los Escitas fue, como era de esperar, un completo fracaso para el ejército de Dario y aquel puente, en lugar de a la victoria, les condujo a una desagradable derrota. Los pastores, tan nómadas e incultos como se esperaban, resultaron ser al final menos tontos de lo que parecían. Sabiéndose más débiles, evitaron el combate directo y se dedicaron a marear a sus rivales en un territorio que, para unos iraníes del siglo VI a. C., debía sin duda resultar de lo más frío y hostil. Al final, después de perseguirlos por media Rumania, Ucrania y hasta Rusia, los persas comprendieron que lo mejor que podían hacer era volver a casa. Los soldados regresaron a sus guarniciones y Dario a su palacio, a engendrar una estirpe de reyes, pero nadie nos dice qué pasó con el puente. ¿Lo desmontaron los soldados después de construirlo o, por el contrario, lo dejaron allí, orgullosos de su obra?

     Pero ya que la Historia está llena de huecos, no dejemos este sin completar. El puente pudo estar allí días, meses o incluso años, eso no importa. Aunque fuera sólo por un instante tuvo de permanecer solitario y silencioso, sin que el canto de los almuecines, las sirenas de los barcos o el chun chun de una discoteca cercana rompiera su grandeza. Pero el momento más impresionante de la historia no escrita del Primer Puente sobre el Bósforo sucede un poco después, cuando al fin desaparece. Pudo ser a causa de una tormenta, porque impedía el paso de los barcos o porque el tiempo fue desgastándolo, eso no importa demasiado. Lo fundamental es que tuvo que haber un instante en el que la primera cuerda se quebró y las barcas, ya sin sujeción, fueron separándose con una lentitud emocionante. Pongamos que esto sucede en una tarde despejada, mientras el sol fuerte de la antigüedad da al paisaje un aspecto tan plano y bidimensional como los relieves de Persépolis. El mar brilla y nos ciega con sus reflejos mientras las barcas comienzan a separarse las unas de las otras. Al igual que los sanguinarios escitas, los palacios persas y los bosques que rodeaban el Bósforo, tenemos que hacer un esfuerzo por imaginar este dibujo formado por pequeños puntos y un par de líneas enredadas. Algunas barcas se hunden, otras se mantienen unidas, pero todas se alejan poco a poco hacia las orillas arrastradas por la corriente. El estrecho, ya vacío, queda resplandeciente; los bosques que lo rodean quietos y en silencio. Absortas en una calma arcaica, resulta difícil adivinar que las verdes colinas que nos rodean serán en un futuro muy remoto devoradas por casas y centros comerciales. El Bósforo, apenas manchado hoy por unas pocas barcas de madera, será en el futuro asediado por diminutas bolsas de plástico y enormes cargueros, por yates, ferries y medusas. No hay otra solución, es solo cuestión de tiempo.

Fotografía de un friso del palacio de Dario, en Persépolis (Irán) es de Sebastià Giralt. El vídeo es del artista landartista británico Andy Goldsworthy, extraída de un documental sobre su obra llamado Rivers and Tides.

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3 respuestas

  1. Estoy seguro de que en la prolongación del mapa del post anterior encontraremos por fin la manera de volver a cruzar el puente desde Usküdar

  2. A mi también me gusta imaginar las arquitecturas que ya no existen. Conoces más?

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