la pasión turca

My sensual mind...............

No recordaba cómo había llegado aquella novela a sus manos ni por qué había decidido comenzar a leerla aquella noche. Tal vez no tenía otra o, en el hastío de finales de julio, con aquella masa de calor húmedo que la había dejado rendida sobre la cama, la trama ligera y vagamente erótica de La Pasión Turca era el mejor sustituto del sexo, lo único de lo que de verdad tenía ganas.

El ventilador zumbaba en la pequeña habitación y tras las ventanas, el silencio era solo roto por las sirenas de los cargueros que, desde muy lejos, sacudían de tanto en tanto la noche. Aburrida y retorcida entre las sábanas, buscando la luz de la lámpara que llegaba demasiado transversal a la cama, no llegaba a sentir demasiado interés por la pretendida pasión enfermiza de Desideria y de su amante Yaman, un guapo guía turístico, vendedor de alfombras y (lo siento por aquellos que no hayan leído la novela de Gala) comerciante de drogas en sus ratos libres. Aunque a veces era desesperante y no tuviera nada que ver con su historia de amor, aquella novela estereotipada y melodramática le resultaba también bastante divertida. ‘El amor no es el negocio que nos da de vivir, sino el que nos alegra la vida’, decía en ese momento el apuesto Yaman que, además de picha brava y macarra, era capaz de filosofar en un español efectista. ‘Para alegrarnos de verdad no tiene que llegar a ninguna parte ni satisfacer todo el deseo siquiera… Tiene que prolongar las caricias, ser una mariposa que no se pose en ningún sitio, so pena de que la cacen y la metan en una caja atravesada por un alfiler’ (frase ante la que no pudo más que suspirar, y no precisamente porque la metáfora le hubiera llegado al alma). ‘Ha de entrar por todas las rendijas lo mismo que un perfume, y rozar como roza una brisa: la palma de la mano, las coyunturas de los dedos; los rizos del pelo, los de las axilas, los pómulos, los labios…’ y no pudo leer más porque, además de que se estaba empalagando con tanta poesía, se le había quedado la boca seca.

Cada vez más sensible, incapaz de resistir los picos de excitación que le emborronaban las letras con cierta frecuencia, se levantó a por un poco de agua con la esperanza de que alejarse de la novela le ayudaría a dormirse de una vez. Rellenó un vaso y salió a beberlo fuera, a la terraza. Desde allí, entre los edificios elegantes de Cihangir, se veía un pedazo del Bósforo por el que un inmenso carguero cruzaba en su camino hacia al Mar Negro. ‘No debería haber salido en bragas y una camiseta de tirantes’, pensó al darse cuenta de que cualquiera podría verla a través de la barandilla. Estaba segura de que él no se lo habría permitido, aunque para ello debería haberse quedado con ella en lugar de marcharse a casa de sus padres, como solía hacer. ‘A lo mejor’, se dijo, ‘lo que me pasa es que, salvando las distancias, que son muchas, a veces me gustaría experimentar también a mí una pasión libresca como la de la novela. Quién sabe si no ando necesitada de un amor que me arrolle al ritmo de llamadas a la oración, que me aniquile dulcemente, con desmesura”, se dijo, dándose cuenta con horror de que el barroquismo de la novela se había traslado a su cabeza. Sin embargo, si pensaba en su novio, no veía aquella pasión por ninguna parte. Con Kemal (mucho más corriente que Yaman y con un nombre que hacía reír a sus amigos cuando hablaba de él) no había tenido esos momentos de exceso y, siempre que habían estado cerca, las normas sociales, los ritmos del trabajo o las distancias enormes de la ciudad habían acabado por amortiguarlos. Kemal no solo no tenía un puesto de alfombras ni traficaba con drogas (lo que no le hubiera importado, ya que desde que había llegado a Estambul no se había fumado ni un porro), sino que su trabajo de oficinista unido al tráfico que cada día le obligaba a acelerar, frenar, acelerar y cambiar de carril durante horas, lo dejaba al caer la noche tan extenuado que, sin duda, a veces resultaba más conveniente que se marchara a casa de sus padres a dormir. ‘Puede que me mienta y lleve una doble vida’, se le ocurrió pensar, y rápidamente volvió a sentir una palpitación que le obligó a apretar las piernas con fuerza. Pero en el fondo sabía que Kemal, desgraciadamente, no era capaz de engañarla, y podría asegurar sin atisbo de duda que ahora mismo dormía a pierna suelta con su barriguilla y su aspecto como de despistado, siempre tan bonachón y (al menos a sus ojos) también tan guapo. Estaba claro que el cariño que sentía hacia él no le impedía desear a veces que la mirase con ojos encendidos y oscuros, lejanos o imposibles de interpretar. Le encantaría que, de tanto en tanto y sin avisar, la tomara con dureza y la llevara al almacén de una tienda del Gran Bazar y que allí, dominado por una violencia que le venía desde muy dentro, la arrastrase a ese mundo de alfombras, velos y olores agrios con el que ella también había fantaseado alguna vez.

Suspiró y al apoyarse en la baranda, como buscando algo que se escurría entre las sombras, notó el frío del metal sobre su piel desnuda. Dejó pasar así unos instantes, valorando si sus fantasías eran normales o estaban trastornadas por la lectura de aquel libro que no acababa de decidir si le gustaba o le parecía desesperante. Poco importaba, ya que dentro de poco el muecín y las gaviotas anunciarían la llegada de otro día caliente y húmedo. Lo mejor es que volviera a la cama y se durmiera de una vez. En unas horas tendría que estar en la universidad y por la tarde había vuelto a quedar con Kemal (y también con sus amigos, por cierto), y seguramente todo volvería a ser como siempre, divertido y tierno, tan agradable y mitigado como la ciudad se veía desde su terraza. Poco importaba que al escucharle hablar su español tembloroso quisiera una vez más besarlo, que lo buscase con sus pies debajo de la mesa, con ganas de que entendiera de una vez que deseaba estar muy lejos de aquella cafetería, de la ciudad, de toda esa gente. Pero no tenía sentido que le diera más vueltas. La realidad no es nunca como en las novelas, así que terminó el agua y al entrar en casa ignoró que la luz del amanecer y el cansancio le hacían sentir como si estuviera flotando. Se tumbó en la cama y, como seguía sin tener sueño, cogió el libro con cierta desgana. Buscó un bolígrafo y se puso a mejorar el discurso tan perfecto de Yaman con la sensación de que estaba cumpliendo algún tipo de venganza personal. Eso sí, no acababa de comprender si su odio recaía sobre el autor y sus personajes o, por el contrario, se enfocaba hacia Kemal o hacia ella misma. ‘No enfadarte, canım’, escribió. ‘El amor es un el juego es un negocio suplementario. No el negocio que nos da de vivir, sino el que, que nos alegra la vida. Pero para alegrarnos de verdad no tiene que proponerse liada, ni llegar a ninguna parte, ni satisfacer del todo el deseo siquiera, yanı. Tiene que prolongar aumentar las caricias, ser una, ¿qué significa kelebek en español? Sí eso, una mariposa que no se pose queda en ningún sitio, so pena de que la cacen y la metan en una caja atravesada por un alfiler. Si queda, cogen a la mariposa y la matan, ¿Sabes, no? Ha de Pero ella entrar por todas las rendijas, como lo mismo que un perfume, y rozar como roza una brisa el viento las palma de la manos, las coyunturas de los dedos, los rizos del los pelos, los de las axilas y da un beso aquí, los pómulos y aquí, los labios y también aquí…’

İstanbul Dawn 4
Fotos de Andi2 y de Zekeriya S. Şen. La cita es de La Pasión Turca, novela de Antonio Gala  publicada en 1993.

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3 respuestas

  1. Me ha gustado mucho esta entrada 😉

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