Atascos

atasco

No sé a vosotros, pero hay algo en el tráfico de Estambul que me fascina. Creo que, de no ser tan estridente, hasta podría resultar hermoso y, si no me creéis, os invito a mirarlo desde algún lugar elevado a partir de las cinco y media o seis de la tarde, a ser posible frente un té o una cerveza. Independientemente de la parte de la ciudad en la que estéis, veréis un número casi infinito de coches y de taxis; de dolmuş, autobuses y minibuses que, en un aparente desorden, logran coordinar sus trayectorias y velocidades sin llegar (casi) nunca a rozarse. Se trata de un movimiento enrevesado en el que también intervienen peatones, çöpçü y animales varios; una especie de tetris gigantesco donde las figuras se intercambian los huecos en un complejísimo sistema.

Pero aunque así pueda parecerlo, en Estambul los atascos no son exclusivos de las horas punta y la ciudad puede congestionarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Ni siquiera parece servir de mucho escuchar la radio para saber si hay obras o algún accidente o un partido y, en mi opinión, lo único sensato que cualquier estambulí debería hacer antes de montarse en un coche es prepararse mentalmente para lo peor. Personalmente, sobre todo desde que leo libros de autoayuda, intento hacer algo positivo cada vez que me encuentro atrapado en uno de ellos. No es nada fácil, pero ¿quién dijo que dominar nuestra propia mente lo sea? Como leer resulta imposible y el espacio no es suficiente para echar una cabezada, no queda mucho más que hacer que ponerse a pensar. O mucho mejor que eso, dejar la mente en blanco, alejarse de la rapidez y la prisa, quedarse detenido en mitad del movimiento.

Por supuesto esto no siempre fue así. Mientras algunos atascos sólo han conseguido deprimirme, hay otros que por el contrario me han ayudado a comprender muchas cosas. Recuerdo uno viniendo de Sariyer por la carretera de la costa, una noche de fin de semana. Tardamos una hora en llegar a Bebek y después otra más para llegar a Ortaköy, y durante todo el trayecto lo único que vimos fueron cochazos y gente joven, guapa y maquillada. Al mirar a aquellas personas tan adineradas (y al mismo tiempo tan atrapadas en sus carísimos coches) no pude pensar más que en una frase de algún sabio zen o budista o similar, algo así como que ‘en la vida es tan inevitable que las flores se deshojen como que el jardín se te llene de malas hierbas’. Esta reflexión se fue enriqueciendo en el siguiente embotellamiento, en esta ocasión al lado del estadio del Beşiktaş. Allí lo que me hizo pensar fue, sin embargo, la proliferación de jóvenes hinchas con sus camisetas correspondientes y también los vendedores de köfte, de bufandas y de muñequitos de esos que bailan. Al mirarlos así, entregados a una agitación que les consumía por dentro, pensé en que la única manera que tenía de vivir en aquella ciudad era alejarme de ella. De alejarme para estar más cerca, no sé si me explico con claridad.

Pero aún era muy pronto para entenderlo o, mejor dicho, para llegar a asumirlo. Tuve que esperar a El Gran Atasco, aquel que paralizó la ciudad durante el verano del 2012, cuando cerraron por obras varios carriles del segundo puente del Bósforo. La congestión era tal que miles de personas tardaron horas y horas en llegar a sus puestos de trabajo (sin contar a las miles que ni siguiera lograron hacerlo) y en las noticias se vieron imágenes de unos conductores que decidieron apagar los motores y se pusieron a jugar un partido de fútbol sobre el asfalto.

En el momento álgido, una tarde soporífera y caliente, me encontraba en un taxi que avanzaba a trompicones por la avenida de İnönü. Ya no recuerdo adonde iba pero aún puedo visualizar la cara del conductor, un hombre pequeño y contrahecho que, después de veinte minutos de retención, comenzó a contarme lo desesperante que resultaba su profesión y lo que le dolía la pierna, entumecida de tanto acelerar, frenar y acelerar de nuevo. Yo estaba demasiado agobiado como para escucharle, y habría fingido que no entendía turco si no me hubiera dado cuenta de un detalle perturbador. Mientras me hablaba guiñaba el ojo derecho rítmica y cadenciosamente, aunque esto no era lo peor. Durante todo el rato que pasamos en el vehículo pude comprobar cómo diferentes partes de su cuerpo se contraían repentinamente en espasmos que, curiosamente, se amoldaban perfectamente a las sacudidas del tráfico.

En varias ocasiones pensé en huir de allí y seguir mi camino a pie (total, el atasco eran tan grande que seguramente llegaría a la misma hora). Sin embargo aquel tipo tan pequeño y tembloroso producía tal sensación de desamparo que no podía marcharme sin sentir que le estaba traicionando. Así que respiré hondo el aire viciado del coche y me centré en comprender su turco, asumiendo que pasarían muchas horas antes de que pudiera abrir la puerta y marcharme caminando sin más. Además, entre frenazo y acelerón, guiño involuntario y parálisis parcial del brazo izquierdo, a aquel hombre le dio por contarme su vida y no era plan de interrumpirle.

Por lo que comprendí, el taxista había nacido en Alemania o había estado un tiempo en Alemania o tenía algún tipo de relación con Alemania. Al parecer había tenido que regresar a Turquía a causa de (no lo conseguí entender) y al final se había quedado aquí, se había casado y había tenido un hijo (tal vez dos). En realidad no era taxista sino que había acabado en esto por un familiar. Había hecho muchas otras cosas, pero siempre lo terminaban echando de todos los trabajos (no sé cuantos ni cuales, sólo que eran muchos) y no porque fuera distraído o llegase tarde o no hiciera lo que le pedían, sino por sus problemas (aquí me miró con tal cara de pena que tuve que bajar la vista). De esta manera, además de estos problemas que nunca aclaró en qué consistían (aunque parecía bastante claro que le afectaban al sistema nervioso), sus dificultades para encontrar trabajo le sumían en una espiral de lo más angustiosa. No era sólo que le molestase la pierna y que se le guiñase el ojo (lo que, he de añadir, restaba cualquier tipo de seriedad a sus palabras) sino que tenía que trabajar nosecuantísimas horas al día por un sueldo miserable, con la gasolina carísima y con este calor húmedo que hacía irrespirable el aire. Por si no fuera poco, me contó que el coche no tenía seguro y que su mujer lo había dejado hacía apenas tres meses (podrían ser también tres años).

Tanta información no sólo me impedía dejar la mente en blanco sino que me estaba llevando a tal estado de nervios que temí que, al igual que a él, se me comenzara a contraer rítmicamente y sin avisar alguna parte de mi cuerpo. El drama de aquel hombre y la sensación de claustrofobia estaban destruyendo el poco optimismo que tanto me había costado conseguir y, para colmo, a nuestro alrededor lo único que había eran miles de personas que aceleraban y frenaban, arañaban un par de metros y luego tres más, desgastando un poco más con cada acelerón y en cada frenazo los ligamentos de sus rodillas. Pero no debía desistir. Como decía algún libro de los que había leído últimamente, el camino verdadero siempre es el más difícil. De esta manera, haciendo un esfuerzo sobrehumano, cerré los ojos y traté de vaciarme de odio y llegar un poco más dentro, al interior de todas aquellas miles o decenas de miles o (tal vez) millones de personas. Dejé de resistirme a los movimientos rítmicos del tráfico y busqué en ellos su equilibro armónico. Y después sentí el humo cargado de los tubos de escape entrando calentísimo al respirar, saliendo aún más caliente al expirar. Lo sentí pesado y tóxico, colmando mis pulmones. ‘Hocam’, escuché que me decía el taxista con su voz aguda. ‘¿Se encuentra bien? Le veo un poco pálido…’, aunque después ni siquiera las palabras tuvieron ningún tipo de importancia. Se descompusieron en una melodía cadenciosa, musical, en un vacío que surgía del interior de las cosas y que parecía haber estado allí desde siempre, para siempre, sin ninguna clase de límite.

Derviche

Foto del atasco de Fastjel. La del derviche en movimiento es Pilar Azaña.

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Categorías:Estambul, Oriente Medio, Turquía

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4 respuestas

  1. jajaja, contrahecho… Creo que es el adjetivo que mejor resume tu personaje (sin literalidad alguna).

    Yo creo que el peor tráfico que he vivido ha sido en Mumbai y el más impresionante en Ho-Chi-Minh

    • Coincido contigo en lo del tráfico de la India y de Vietnam como de los más atroces que conozco. Siempre puede ser peor y quien no se consuela es porque no quiere, no?

  2. Los atascos son curiosos porque relativizan el tiempo. Como el metro, pero de forma diferente. En un atasco tenemos un símbolo de progreso y velocidad, el automóvil, multiplicado hasta que se acaba rebelando contra ambos conceptos. Es un poco un momento zen (por contradictorio) y como tal, creo que se puede disfrutar. Puedes tener un reloj, pero es inútil que te angusties porque sabes que, llegues o no a tiempo, ya no depende de ti. La responsabilidad se desplaza y podemos tomarnos un descanso del tiempo. Valga la paradoja. Sobre todo viniendo de una persona sin carné de conducir.

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