Las peores playas del verano (II): Балакла́ва (península de Crimea)

agua, algas y eslavas

Cuando la visitamos, hace justo un año, Crimea seguía siendo (al menos sobre el mapa) parte indivisible de Ucrania. Nunca habríamos podido imaginar lo que iba a suceder en aquella península unos meses después, aunque, si he de ser sincero, teníamos la cabeza tan rebosante de vodka y música techno que, aparte de la belleza de las ucranianas, pocas cosas lograban azuzar nuestros sentidos. Algún día os contaré qué hacía un grupo de treintañeros visitando la península rusificada como si fueran unos adolescentes de vacaciones en Torremolinos. O tal vez no: hay determinadas cosas que es mejor no saber.

De entre todos los lugares horteras y playeros a los que fuimos, Balaklava, un pueblo situado unos kilómetros al sur de Sebastopol, resultó sin duda el más decepcionante. La Lonely Planet, que es incapaz de decir que un lugar es simple y llanamente un truño, definía como un “precioso fiordo en curva” lo que a primera vista nos pareció un pueblo destartalado y seco. Cuando bajamos del tren ni siquiera pudimos ver el mar, oculto tras la estación y un cuartel militar, y lo que más nos llamó la atención fueron unas montañas amarillentas coronadas por unos andamios (al parecer había una fortaleza genovesa en su interior). Un poco más abajo, junto al supuestamente bello fiordo, ricos rusos mafiosos habían construido palacetes blancos y sin estilo que convivían con otros edificios a medio terminar. Para rematar el conjunto, justo delante de nosotros, insistentes y orondas rusas vendían gorros de marinero y recuerdos hechos con conchas en unos puestecillos (en mi opinión) un poco fuera de lugar.

Para llegar a la única playa que parecía existir a kilómetros a la redonda, una mujer nos indicó que camináramos por una carretera polvorienta que transcurría entre lo que parecía un puerto militar y unas vías de tren en desuso. Como estaba un pelín lejos, nos detuvimos a visitar lo que terminó por ser lo más interesante del lugar: una base subterránea a prueba de ataques nucleares (o al menos eso es lo que parecía con sus enormes puertas) en la que se arreglaban los submarinos de la antigua URSS. No puedo definir con otras palabras que no sean siniestro, amenazador o perturbador (mis preferidas, de siempre) aquellos pasillos fríos y desnudos en los que rubios con pantalones cortos y sandalias se hacían fotos junto a recuerdos de la Guerra Fría. Nosotros también nos hicimos alguna, creo, porque en el fondo todos somos unos nostálgicos del comunismo.

Cuando salimos de aquel lugar al margen del espacio y del tiempo, nos encontramos de nuevo con un sol deslumbrante y abrasador que nos hizo autoconvencernos de que necesitábamos un chapuzón. Para ello tuvimos que caminar cuarenta minutos más, hasta el final de la carretera (más polvorienta y caliente cada vez) que transitaba ahora entre el mar y casas que parecían haber sido destruidas en una guerra tal vez no tan lejana. La playa en cuestión no podía ser más decepcionante, ya que no solo era pequeña y pedregosa sino que en su agua, absolutamente gélida, flotaban algas verdosas y unas medusas casi transparentes que, dado que los niños las cogían con las manos, debían de resultar inofensivas (Медуза!, Медуза!, gritaban estos pequeños eslavos al hacerlo). Para ayudar a meternos en el ambiente había un chiringuito con música chill out que hacía las delicias de una clientela poco exigente y con aspecto criminal. Era un lugar como otro cualquiera donde pasar un verano que acababa de empezar y que llegaba cargado de extrañas propuestas. Tacones y aguas congeladas, espejos y vodka, orgullo local y letras en cirílico.

treintañeros en Ucrania

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Categorías:Europa, Rusia, Ucrania

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2 respuestas

  1. Estuve en Bucarest hace años por casualidad. No me gustó nada. Las calles se me hacían demasiado grandes, los edificios demasiado grises.
    Recuerdo observando en el río a unos niños tirándose del puente en medio de un mar de agua y basura.
    Recuerdo también, deambular por las calles y aburrirme como ostra…además de literalmente “hincharme” a Chucrut y Bechamel. Me movía a los santos pedos…
    Menos mal que después, también por casualidad, fui a Sofía… cosa que hizo de mi viaje un viaje más amable.
    Lo cierto es que según me contaron… Rumania tiene un bosque precioso, naturaleza digna. Quizás algún día llegue a explorarlos. Pero que convertir una mole de cemento en una colina reconquistada por la vegetación es de lo mejor que podría suceder le a la ciudad…y lo más sano.

    • Habrá que hacerle llegar esta idea a los gobernantes rumanos 😉 De cualquier manera, doy fe de que Rumanía tiene una naturaleza muy muy digna (y un tiempo bastante lluvioso). Un saludo!

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