El futuro en los posos del café

Iglesia en lo alto del pico Kajmakčalan, en la frontera entre Grecia y Macedonia. Recuerda la victoria de las tropas serbias sobre las búlgaras durante la Primera Guerra Mundial. (Foto de Ognen Bojkovski)

El relato que voy a contaros comienza pues a finales de junio de 1908 en el vilayet de Salónica (valiato en castellano), una de las provincias más ricas del Imperio otomano. Exactamente en unas montañas a las que los griegos denominan Voras, los macedonios Ниџе y los turcos Nice y que, se llamen como se llamen, en la actualidad señalan la frontera entre Grecia y la República de Macedonia. La historia empieza en un amanecer de aquel remoto año, cuando un sol aún invisible comenzaba a calentar los picos con una luz tenue y difusa mientras, más abajo, los barrancos y los bosques permanecían fríos y brumosos. Era precisamente en uno de aquellos senderos, bajo árboles oscuros y amenazantes, donde transitaba un pequeño destacamento de militares turcos a caballo. A decir verdad, no estoy seguro de que todos fueran soldados, ya que es bastante probable que a ellos se hubieran ido uniendo algunos aventureros de la zona (por no decir bandidos). Tampoco puedo asegurar que en su conjunto fueran étnicamente turcos, ya que en aquella zona vivían entre otros pomacos (búlgaros musulmanes) y también valacos (una especie de rumanos, también musulmanes). En cualquier caso, lo que sí que puedo ver con claridad es a la persona que, erguida sobre su caballo, seguramente para parecer más alto, dirigía a esta variopinta cuadrilla. Se llamaba İsmail Enver y es el protagonista de esta historia.

Para los que no le conozcáis, que imagino que será la mayoría, Enver era un joven de veintisiete años que en aquel entonces ejercía como comandante del tercer ejército otomano establecido en Salónica. O al menos ese había sido su cargo hasta que a principios del verano de 1908 decidió dejar el ejército y escapar a las montañas. Por lo demás no era un tipo alto ni fornido y (aunque hay gustos para todo) tampoco sale demasiado guapo en las fotos. Sin embargo, viendo la capacidad que había tenido para inflamar de pasión guerrera a aquellos chicos que le acompañaban, debía como poco de poseer algo de carisma. En cualquier caso, Enver, o al menos eso es lo que él mismo cuenta en una especie de autobiografía que escribiría aquel mismo año, estaba en un punto de su vida en el que prefería morir antes que seguir a las órdenes de un despótico sultán. No estoy seguro de si le admiro o no por ello, pero sí que soy consciente de que nunca podré aspirar a nada parecido.

Enver a caballo. (Cortesía de su nieto, Osman Mayatepek).

Enver a caballo. (Foto cortesía de su nieto, Osman Mayatepek).

Aunque es cierto que Enver era muy dado a la sobreactuación (y si no miradle con su bigotazo turco, subido al caballo, mirándonos con infinito arrojo), la verdad es que al menos en esta ocasión debemos perdonarle su exaltación. Además de un desertor del ejército otomano, Enver era entonces uno de los más importantes dirigentes del clandestino Comité de Unión y Progreso (curiosamente CUP, en castellano), un grupo en el que un puñado de jóvenes militares y funcionarios otomanos (conocidos más tarde como los jóvenes turcos) buscaban la manera de derrocar al despótico sultán Abdul Hamid II. El motivo por el que Enver había abandonado su cómodo despacho en Salónica para recorrer las montañas junto a aquellos soldados (o aventureros, o lo que fueran) era porque sus intrigas eran ya tan notorias que habían acabado llegando a oídos del sultán. Este, para atajar el problema de raíz, había requerido su presencia en Estambul, que era donde debía de haber estado en aquel momento Enver si no se hubiera pasado por el forro sus órdenes. En lugar de coger el tren a la capital, había abandonado Salónica de incógnito y llevaba ya varios días de un lado a otro de estas montañas donde, como ya he dicho unas líneas antes, nos encontramos.

En algún momento de aquel amanecer, tal vez antes de emprender la subida al puerto, aquel grupo de prófugos de la justicia se detendría junto al río. Bajarían de los caballos, que atarían en algún tronco, y siguiendo el ejemplo de Enver, que al parece no se perdía ni uno solo de los cinco rezos diarios, sacarían sus pequeñas alfombra de las alforjas y las colocarían en la dirección donde pensaban que andaría la Meca. Después comenzarían su serie de postraciones y alabanzas diarias que componen el rito musulmán y que, ya sea por el encuentro con Dios o por la pequeña gimnasia que suponen, les haría sentir revitalizados y en paz. Entonces, ya más relajados, podrían sentarse a desayunar y sacarían sus fiambreras viejunas, sus cantimploras de hojalata, y se repartirían los börek, los pedazos de queso feta y tal vez algo de sucuk. También charlarían (no sé si en turco, en búlgaro o en algún otro de los muchos idiomas que se hablaban por aquella zona), pero no tengo ni idea sobre qué ya que en el 1908 aún no existía la süper lig. Es bastante posible que comentaran lo que estaba pasando en Manastır, otro de los valatos europeos, en donde se decía que el comandante Niyazi había empezado una revolución similar a la suya, aunque con más hombres.

Mientras hablaban de estas u otras cosas, Enver les miraría sin verles. Y sin escucharles tampoco, pues su pensamiento debía de andar lejos de allí. Puede que se sintiera incluso un poco molesto con aquel jolgorio de la soldadesca que, además de no dejarle reflexionar sobre sus cuitas, le estaba arruinando la épica del momento. Habría querido mandarles callar, que para eso era el jefe, pero algo le distrajo. Sin decir palabra, dejaría a sus hombres con sus naderías y se alejaría de ellos en busca de aquella imagen que se escapaba tras los pinos, tan absorto en ella que no llegaría a escuchar el rumor pausado del río o el crujido de las ramas al quebrarse bajo sus pesadas botas. Tratando de ver mejor, subiría por unas rocas dejando las copas de los árboles un poco más abajo hasta que, ya en lo más alto, y con los bigotes sudados del esfuerzo, se sentaría a observar la completa extensión del valle, los barrancos y los montes rocosos. Sobre todos ellos se levantaba imponente el pico Kajmakčalan, el más alto de toda la cordillera, la imagen que buscaba. En aquellos instantes se veía anaranjado y nítido sobre un cielo pálido, rodeado de un aura luminosa.

The valley of shadows

Foto de las montañas vistas desde el pico de Kajmakčalan. (Foto de Ognen Bojkovski)

Aquí lo tenemos al fin. Enver solo en las montañas a principios de un verano antediluviano, unos días antes de que su foto apareciera en todos los periódicos. Es importante fijarse en esta imagen porque puede que toda la historia que quiero contaros esté contenida en ella. En el fondo, Enver siempre sintió fascinación por las alturas y lo único que quiso hacer en su vida fue escalar una cima como aquella. Subirla sin preocuparse por lo lejos que estuviera ni si resultaba o no accesible. Y ni siquiera escalarla, lo que era demasiado fácil. Lo que Enver habría querido sería tenerla entre sus manos, poder moverla a su antojo, pulverizarla si le venía en gana. Y por fin aquella mañana, con los primeros rayos del sol sacudiendo las distancias y desmenuzándose un poco más abajo, en las aguas del río, Enver supo que lo conseguiría. Lo supo aunque fuera mentira. Por un instante comprendió que él sería el elegido para cumplir aquella hazaña y que en su vida no solo lograría vencer la montaña que tenía ante sus ojos, sino otras más grandes. Después, como si se tratase de las oscuras manchas que el café turco deja en la taza después de beberlo, y a pesar de estar en pleno día, le pareció que aquel pico y las rocas y los bosques que estaban a sus pies no eran más que presagios de su futura grandeza. Y de su drama, eso también debió verlo. Aunque como era un drama épico no creo que le importara demasiado. En la vida a veces solo hay que querer ver y Enver tenía voluntad de sobra para convencerse de que las laderas y sus sombras formaban dibujos. De que en el viento temblaba una voz grave, de hombre, y otra delicada y aguda, de mujer. Caminarás hasta tener los pies llenos de ampollas, le decía la voz masculina. Pelearás hasta que tus manos te sangren, confesaba justo después la de mujer. Habrá diez, cien, miles de incendios, añadía la voz masculina, algo reberberada. Y serás tú quien los provoque, aclaraba la voz de mujer, tan aguda que se quebraba en destellos. Cientos de personas te respetarán, siguió él. O te tendrán miedo, dijo ella, acariciándole el cuello con su aliento. Y puede que más que cientos. Serán miles. Decenas de miles. Pero, prosiguieron después de tomarse un respiro, a pesar de todo lo que logres, tendrás que regresar. Y entonces verás esta montaña. Y estarás completamente solo, murmuraron las dos voces al unísono, arrastrando las palabras con tristeza.

Aquello era demasiado incluso para alguien como Enver, que solía creer a menudo que sus pensamientos eran reales, y las voces terminaron por confundirse con los sonidos del bosque y se escabulleron en las zonas del valle que aún quedaban en sombra. Un escalofrío recorrió entonces su espalda, pero aún así se sintió preparado para la prueba. De pronto tenía la certeza de que no iba a morir, al menos no en esta ocasión, y entendió que en la quietud que le rodeaba habitaba el movimiento y que de aquel silencio surgiría al fin el fragor de la batalla. De esta manera, con la certeza de que algo importante estaba a punto de suceder, se levantó notando que su cuerpo se había vuelto más ligero. Y descendió de las rocas sin prisa, con cuidado, y mientras caminaba hacia el lugar donde había dejado a sus compañeros fue maravillándose del sonido del agua y de las ramas que crujían bajo sus botas. 

Cuando al fin llegó hasta donde se encontraban los soldados, que seguramente seguían hablando de lo mismo (pues hace cien años no había internet, ni teléfonos inteligentes y lo nuevo, al contrario que ahora, resultaba completamente excepcional), Enver les indicaría que recogieran sus cosas y que montaran los caballos. Tenían que subir el puerto, pasar junto al pico Kajmakčalan, les diría con una voz extremadamente potente para su altura. Y seguir caminando hasta la otra vertiente, a las llanuras de Tikveş (Тиквеш en macedonio). Allí se encontraba la ciudad  de Köprülü, donde al fin se detendrían.

El resto de esta narración es ya parte de la historia. El 23 de julio de 1908, el día después de que la llamada Revolución de los Jóvenes Turcos hubiera estallado en Manastır, Enver y sus hombres proclamaron en Köprülü la validez de la constitución que Abdül Ahmid había secuestrado treinta años antes. Y lo sorprendente es que el sultán, ya con sesenta años y pocas ganas de luchar, aceptó la derrota al ver que aquellos jóvenes militares utilizaban sus propios ejércitos contra él. Enver ya no era un prófugo, sino un verdadero héroe, y así fue como regresó a Salónica después de casi un mes en las montañas. Sus amigos le llamaron Napoleoncik, el pequeño Napoleón, y la multitud (entre la que también había griegos, búlgaros y armenios que esperaban con la constitución dejar de ser ciudadanos de segunda) le aclamaron como el campeón de la libertad y el lider que aquel imperio decadente necesitaba para salir del atolladero. Pero Enver, ya lo habréis adivinado, podría ser tanto un héroe como justo lo contrario. Y en su destino no solo estaba escrito que subiría la montaña sino que también terminaría despeñándose por ella. Arrastrando, eso sí, a unas cuantas personas a su paso. (Continuará)

El tercer batallón de artillería ligera durante la revolución de 1908 en Manastir. En el texto: "larga vida a la revolución". (Foto de los hermanos Manakis)

El tercer batallón de artillería ligera durante la revolución de 1908 en Manastir. En el texto: “larga vida a la libertad”. (Foto de los hermanos Manakis)

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Categorías:Europa, Grecia, Macedonia

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4 respuestas

  1. Sé que hay un cambio de localización respecto a la entrada anterior (Antes de la revolución). Después de investigar un poco más sobre el tema (y de casi enloquecer con el turco) descubrí que Enver no había partido de Bitola (Manastir) sino de la propia Salónica, primero en coche y después a caballo.

  2. Muy interesante… Habrá más verdad?? 🙂

Trackbacks

  1. Asalto al poder

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