Revolución Contrarrevolución la Guerra el Desierto.

 

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Estambul (Tophane, exactamente), a principios del siglo XX.

Por muy jóvenes y turcos que fueran Enver y sus amigotes, la verdad es que la situación con la que se encontraron tras la revolución de 1908  no invitaba al optimismo. El país llevaba tanto tiempo en decadencia que necesitaba algo más que una constitución y un parlamento para salir a flote. Sobre todo si aquellos que tenían el control no sabían (o no querían) utilizar las instituciones para eso del bien común.

Para empezar, y como sucedía cada vez con mayor frecuencia, el nuevo gobierno controlado por el CUP tuvo que hacer frente a nuevas pérdidas territoriales. Aprovechando el caos de la revolución, Creta y Bulgaria declararon su independencia mientras que el Imperio austriaco, siempre dispuesto a quedarse un pedazo más de los Balcanes, se apresuró a anexionarse Bosnia-Herzegovina. Sin embargo, la pérdida de estas provincias, cuyo control era prácticamente nominal, fue el menor de los problemas que los jóvenes turcos tuvieron que encarar durante aquellos años. Resultó mucho más difícil cuando los mercados, a los que como todos sabemos no les gustan nada los cambios, mandaron al garete la divisa turca y dispararon la inflación hasta el 20%. O que, tras tantos años de dictadura, los trabajadores celebraran la libertad con una verdadera oleada de protestas bastante desestabilizadoras. Por otra parte a mucha gente no le gustaba la fulgurante llegada al poder de aquellos turcos tan jóvenes como laicos, así que durante la noche del 12 de abril de 1909 un grupo de soldados nostálgicos del viejo orden acompañados de barbudos estudiosos del islam la montaron pero bien. Sin demasiado interés por la democracia parlamentaria, este grupo de carcas de la época pedía la vuelta del absolutismo y, ya que se ponían (y a pesar de que el estado seguía un sistema judicial laico desde hace años), la reinstauración de la saría. En cualquier caso, y a pesar de que la algarada espantó en un santiamén a gran parte de los parlamentarios del CUP, no resultó una verdadera amenaza para el nuevo gobierno. En un abrir y cerrar de ojos el tercer ejército otomano llegó a Estambul desde Salónica y restableció el orden. Además, y de la misma forma que Erdogan a hecho con los gulenistas hace unos meses,  Enver y sus amigos de la CUP aprovecharon esta victoria para quitarse a algunos personajes incómodos de en medio. Sobre todo al retrógrado sultán Abdul hamid II, que fue sustituido por el manejable Mehmed, un amante de la poesía con nula experiencia tanto en política como en el resto de los ámbitos de la existencia ya que, como sucedía tradicionalmente con los hermanos del sultán, había pasado toda su vida encerrado en el palacio.

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Sirvientes del depuesto sultán Abdul Hamid II abandonan el palacio de Yildiz (Estambul) escoltados por miembros del ejército (Abril de 1909).

Durante estos años de revolución y contrarrevolución, Enver, que era como sabemos uno de los principales líderes del CUP, estuvo pululando aquí y allá y participando activamente en todos aquellos cambios que sacudían al imperio. Nervioso e intensito como debía de ser, y viendo que por el momento ya no le quedaba mucho más por guerrear en Turquía, decidió marcharse de agregado militar a Berlín, que era lo más parecido a una beca Erasmus a lo que se podía optar en aquella época. La idea era aprovechar ese viaje para aprender todo lo que pudiera de Alemania, en aquel entonces la mayor potencia militar de Europa. Y aunque no sabemos cuanto le sirvió la experiencia (viendo sus resultados en la Gran Guerra, más bien poco) lo cierto es que estos meses terminaron siendo cruciales para él y para el futuro de Turquía. Enver aprendió alemán, sedujo sin querer a una de las sobrinas del káiser (1) y entre schnitzelschnitzel (que no salchichas, pues era musulmán) fue desarrollando una creciente fascinación por el país teutón. Enver, que hasta el momento había tenido como ídolo de masculinidad y prestancia al gran Napoleón, comenzó en aquellos años a fascinarse por la enhiesta figura del káiser Guillermo. Tanto que hasta le copió el bigote. Casi puedo verlo durante estos años de ilusión y juventud paseando por el Berlín prebélico. Vestiría un elegante abrigo militar y su resuelto mostacho. Se miraría en los escaparates gustándose mucho e  imaginando que, como al káiser, alguna vez el mundo entero le admiraría. O le tendría miedo, que es, como sabemos, mucho más fácil de conseguir.

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Enver es felicitado por su padre tras contener la contrarrevolución de 1909. (Estambul, abril de 1909).

Sin embargo, tal vez lo más importante que le pasó a Enver durante estos años, y lo que le ayudó a fraguar esa aura de héroe romántico con la que aún algunos ultranacionalistas le recuerdan en Turquía, fue la guerra de Libia. Como seguramente ya sabéis, y si no os lo cuento, Italia decidió en septiembre de 1911 empezar su particular aventura colonial ocupando el norte de África, que era lo que tenía más a mano. Como había pasado con Bosnia-Herzegovina, Creta y tantas otras, Tripolitania (que era como se llamaba Libia entonces) era en aquel entonces una provincia que el Imperio otomano controlaba únicamente sobre los mapas. Además estaba bastante lejos y no era especialmente rica, así que lo más lógico habría sido, tal y como opinaba el gran visir, dejarla ir sin arriesgarse a perder otra guerra. Sin embargo, siempre hay gente que hiperventila cuando le tocas  la patria y, como podéis imaginar, la mayoría de los jóvenes turcos tenían la sensibilidad territorial a flor de piel. La simple idea de perder Libia debía dolerles tanto como, que se yo, si les cortaran un brazo, una pierna o uno de sus testículos. De esta manera, preocupadísimo por esta flagrante amputación nacional, Enver dejó su erasmus en Berlín y volvió lo más rápidamente que pudo a Turquía donde, gracias a  su conocida capacidad de seducción, logró convencer al gobierno de que había que implicarse en esa guerra. No importaba que las finanzas otomanas estuvieran exhaustas y que resultara imposible mandar ni a un solo soldado a la lejana Tipolitania. Allí estaba él para ponerse al mando de un ejército de voluntarios (fedayines en árabe) que les iban a salir bien baratos. Allahu akber.

Como tal vez ya habréis adivinado, la guerra fue otro desastre para el gobierno turco y Libia la enésima provincia que se independiza del Imperio otomano desde que hemos empezado este relato. En cualquier caso, este conflicto olvidado resulta importante si queremos contar con propiedad la historia de Enver, sobre todo porque fue en aquellos desérticos y conflictivos paisajes donde por primera vez sintió la oscura fascinación del poder. Durante el año que pasó en Libia, Enver tuvo tanto control sobre cada pequeño detalle que hasta el dinero que se utilizaba llevaba su firma. Aunque no sabía nada de mercadotecnia, y para mí que ni siquiera existía esta palabra, lo cierto es que sabía utilizar muy bien sus encantos  frente aquel grupo de (según sus propias palabras) musulmanes fanáticos. Sin embargo, aquel joven atractivo, valiente y portador de aquello que los árabes llaman baraka, no logró cautivar a todo el mundo. Mustafá Kemal, otro joven turco al que habían mandado a hacer la guerra en Libia (quien sabe si no para deshacerse de él y de su inmensa ambición) le odiaba en secreto, incapaz de soportar el inflado ego de nuestro protagonista.

Yo me imagino a los dos, a Enver y a Mustafá, en una oscura noche Libia, en el interior de una jaima que les protege del frío del desierto. Una lámpara de aceite ilumina irregularmente la tela que, agitada por un viento reseco, crea un espacio indeterminado y quebradizo, literario. Nuestros amigos se encuentran frente a frente, sentados sobre una colorida alfombra cuyas esquinas se pierden en la oscuridad. Aunque su rostro permanezca en penumbras, vemos que tienen los fijos en el tablero que se sitúa entre ellos y que, de haber existido, podría ser el Risk®. Me conformo con cualquier juego de mesa cuyas casillas representen territorios y las figuritas los ejércitos que o bien dominarán el mundo o bien serán derrotados.

Enver sorbe poco a poco un té bien cargado y mueve las fichas con fluidez, sin miedo. Por su parte Mustafá Kemal le da tientos a su vaso de rakı (pelín calentorro por la ausencia de hielo) y se toma su tiempo antes de actuar. En un momento de la noche, antes de que ninguno de los dos tenga claro cómo va a evolucionar el juego y a quién sonreirá la suerte, un soldado de la guardia mora abre la tela que sirve de puerta a la jaima. Perdonen, les dice en un turco bastante regulero. Acaba de llegar un telegrama desde Estambul diciendo que (lo mira en el papel) Grecia (uno), Bulgaria (dos), Serbia (tres) y Montenegro (cuatro) les han declarado la guerra. A ustedes los turcos, quiero decir. Las mezquitas están siendo derribadas  y las casas de los musulmanes han sido ocupadas por los cristianos. Tal vez también las de sus familiares… Enver y Mustafá Kemal se miran por primera vez a los ojos y se sorprenden al descubrir que saben perfectamente lo que piensa el otro. Enver da otro sorbo al té, Mustafá a su rakı,  o tal vez fue al contrario. En cualquier caso se olvidan por el momento de la partida y salen a la noche silenciosa del desierto. Enver primero y Mustafá justo detrás, casi siguiéndolo.

(continuará)

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Mustafá Kemal pachá (izquierda) y Enver pachá (derecha) durante la guerra de Libia, a cual más aventurero y aguerrido.

 

 

Fotos procedentes del archivo de Gertrude Bell, consultable on line a través de la universidad de Newcastle.

(1) Eso es al menos lo que me contó su nieto. Osman Mayatepek.

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Categorías:Oriente Medio, Turquía, Uncategorized

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