¿Y qué es una patria?

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Un oficial turco y uno montenegrino en pleno combate singular.

 

Enver regresó a Estambul un mañana del diciembre de 1912, probablemente en barco desde Alejandría. Antes de abordar, y a pesar del frío, saldría a la cubierta para observar el perfil característico de la ciudad y su sempiterno cielo plomizo. Es fácil imaginar la bruma difuminando los colores y emborronando los alminares y las cúpulas de las mezquitas. No debería de ser muy diferente a hoy en día, me parece. Eso sí, en aquel momento la imagen resultaría más amenazadora. O quizá solo un poco.

El barco terminaría por atracar, pongamos que en Eminönü. Al igual que pasa hoy con los vapur que van de Asia a Europa, unos mozos amarrarían los grandes cabos hasta afianzarlos en los bolardos. Enver observaría solo y desde la cubierta aquellas cuerdas tan flexibles como irrompibles y quién sabe si este movimiento no le haría pensar en una maniobra militar, en un peligro acechante o, misterios de la psique, en una imagen sexual. En cualquier caso, cuando el barco se inmovilizase definitivamente él descendería y, silencioso, se uniría al resto de los pasajeros. Parece ser que en aquellos tiempos no existía una idea de frontera tan fuerte como ahora, que no había apenas controles migratorios y que, de existir, los pasaportes no llevaban fotografía. Así que pongamos que Enver pasó desapercibido a los policías que controlaban la llegada de los barcos oculto bajo  su abrigo y la larga barba que se había dejado crecer en África. Una vez en tierra, se perdería con su pesada mochila entre los populosos mercados que hasta el día de hoy se extienden casi hasta la colina de Süleymaniye.

Nervioso y cansado por el viaje, Enver buscaría una çay hane donde ocultarse pues, como hemos visto, no quería que nadie supiera que había llegado a Estambul. Elegiría, seguramente por lo del incógnito, la más triste y decrépita que encontró, en la que se sentaría en una esquina, lo más cerca de la estufa pues hacía bastante frío. Sin poder ocultar cierta altivez, pediría un té bien cargado y un börek al camarero, un chaval que seguramente no habría sido alistado a causa de su retraso intelectual. No sería una excepción y en los siguientes diez años Estambul sería una ciudad prácticamente habitada por viejos, niños, mujeres, lisiados y, hasta un determinado momento, también cristianos y extranjeros. El resto, los así llamados hombres útiles, se encontraban en los diferentes frentes del imperio.  

Mientras el chico le traía el té, Enver estiraría las piernas y se frotaría las manos para entrar en calor. Tomaría un periódico que alguien había dejado sobre una de las mesas y buscaría con avidez las últimas noticias sobre la guerra en los Balcanes, la única razón por la que había dejado Libia. Por mucho que tratasen de maquillar los datos, los periodistas (seguramente con tan poca libertad para escribir como ahora) no podían ocultar que el ejército otomano, desorganizado y sin casi recursos, estaba perdiendo todas las batallas. La lista de regiones que los estados balcánicos habían ocupado era inmensa e incluía Manastir, donde Enver había pasado gran parte de su vida, y también Salónica, donde apenas unos años antes se había hecho famoso por defender la Constitución. La única ciudad que parecía resistir al avance era Edirne, una de las primeras capitales del imperio Otomano y todo un símbolo para los turcos, ya que fue en ella donde Mehmed II el Conquistador había establecido su corte antes de tomar Constantinopla. Si la ciudad caía en manos de los búlgaros, estos destruirían las mezquitas que sus antepasados habían levantado y se borraría el rastro de los turcos en Europa. Es lo que ya estaba pasando en los otros territorios, obligando a un buen número de musulmanes a huir de sus casas y refugiarse en los alrededores de Estambul.

No hace falta ser muy sensible para darse cuenta de que a Enver esta situación le enervaba. La derrota era una variable que él no contemplaba en su vida y la idea de que sus compatriotas musulmanes estuvieran siendo maltratados en Europa le resultaba emocionalmente conflictiva. Nervioso, desearía coger la pistola que siempre llevaba consigo e irse al frente a aniquilar a esos traidores de la patria que eran los búlgaros (y los griegos, y los serbios y puede que también los armenios). Pero como no podía hacer nada por el momento, en su lugar pediría otro té mientras pasaba con rapidez el resto de las páginas del periódico, que entonces no debía de tener como ahora fotos de chicas medio desnudas en la contraportada. Lo que sí que encontraría serían artículos hablando de la frágil situación política del imperio, otro tema candente en aquellos días. Pues no era solo la guerra por lo que Enver sufría sino también por su partido, el CUP, que no estaba pasando lo que se dice un buen momento… 

Tratando de resumir la convulsa situación política de la reciente democracia otomana, se podría decir que después de haber ganado las elecciones de 1912 gracias al fraude y la violencia (las famosas Sopalı Seçimler, o elecciones del bastón), los jóvenes turcos de la CUP se habían visto atacados por todas partes. El nuevo primer ministro Kamil pachá y el partido de la Libertad y el Acuerdo (Hürriyet ve İtilâf, en turco) que ahora estaba en el poder habían comenzado a perseguir a los miembros del CUP, ordenado el cierre de sus periódicos y la detención de algunos de sus integrantes. El propio Enver contó en sus cartas que durante aquella navidad se sintió constantemente espiado, y esa es la razón por la que lo estamos imaginando de incógnito en ese desvencijado café de la vieja Estambul.

Tras emitir un largo suspiro, Enver cerraría el periódico y apuraría su té. Pediría otro, que el chaval traería con torpeza, vertiendo casi la mitad, pues no olvidemos que era algo deficiente. Enver no protestaría y lo bebería rápido, como si fuera un chupito, ya que necesitaba sentir el calor de la bebida y las propiedades estimulantes de sus alcaloides. Y así debió ser, pues en unos minutos comenzó a notar la urgencia del movimiento y a desear imperiosamente emprender, aunque fuera él solo, una guerra contra todos y cada uno de los enemigos de la patria. Cobardes, pensaría Enver al ver los viejos que, ajenos al progresivo derrumbe del estado, habían empezado sin inmutarse otra partida de tavla y que eran, junto a él, los únicos clientes de aquella tetería. Hijos de puta, mascullaría al recordar en aquel gobierno traidor que se había rendido ante los búlgaros, a los albaneses, a los griegos y a los serbios y que perseguía ahora a sus amigos, los únicos turcos leales. La patria, la nación, todos esos conceptos que se hacen siempre tan difíciles de concretar (y que lo eran aún más en un estado multiétnico como era el otomano) necesitaba sin duda un hombre como él. O eso es al menos lo que Enver pensaba. O pensaría.

Impetuoso como siempre, Enver dejaría unas liras sobre la mesa para el camarero y se levantaría con rapidez. Cogería su pesada mochila y, sin decir siquiera adiós, saldría al exterior, justo en el momento en el, para dar un poco más de drama a la escena, cruzaba la calle una familia de refugiados. Porque aunque no venían de Siria, como ahora, sino de Macedonia y Tracia, que está en Europa, aquellos eran también refugiados. Así que tendrían los mismos rostros manchados y amoratados por el frío que los que en la actualidad sobreviven como buenamente pueden en Estambul y en muchas otras partes de la república de Turquía, en Idomeni, en Calais y en cualquier otro suburbio de Europa. Enver les miraría y les daría unas monedas. Aunque le producirían incomodidad y sonrojo, eran al fin y al cabo tan turcos y musulmanes como él. Pero no se detendría demasiado: había tomado una determinación y no tenía tiempo. Refunfuñando y sin mirar atrás, se perdería en el ambiente frío y húmedo de la ciudad que, en aquella navidad de 1912, era amenazador. Que tenía por fuerza que serlo.

muslim_refugees_in_the_initial_phase_of_the_first_balkan_war

Refugiados musulmanes europeos camino de Estambul (1912)

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Categorías:Estambul, Europa, Oriente Medio, Turquía, Uncategorized

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