Viajar en cuarentena (el alminar de Jam)

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Hacía tiempo que no revolvía en esos libros. Cultura y civilización del islam, Arte hispanomusulmán y, sobre todo, Arte y arquitectura islámica, 650-1250, de Grabar y Ettinghausen… Los había leído en su mayoría cuando estudiaba en la universidad y ahora, preparándome unas oposiciones que el coronavirus, como casi todo, ha retrasado indefinidamente, los he vuelto a desempolvar. No me acordaba de muchas cosas a pesar de haberlas estudiado con verdadero interés durante aquellos años. ¿Sabíais que además de sunitas y chiitas hay una tercera rama en el islam llamada los jariyitas? Curioso nombre. ¿Y que Bagdad, en sus orígenes, era una ciudad circular en cuyo centro, sobre una resplandeciente cúpula verde, un jinete de metal señalaba con su lanza el lugar por donde se acercaba el enemigo…? Ni idea. Tampoco recordaba que subrayara tanto los libros ni que escribiera en sus márgenes con letra de niña y (lo reconozco) también con alguna falta de ortografía…

De cualquier modo, al volver a hojearlos me he acordado de lo que disfrutaba con estos manuales. Es cierto que no había mucho lirismo en sus páginas y que, como todos los tochos de arte que empollé durante aquellos años, hablaban largamente de cosas tan poco estimulantes como plantas de edificios, materiales y soportes. Además sus fotos eran escasas, en blanco y negro (y todo en una época sin internet en la que aquellas escuálidas imágenes era lo único con lo que contábamos para prepararnos los exámenes), lo que no impedía que me asomara a ellos con el entusiasmo de quien descubre un mundo desconocido. No sé cómo era posible emocionase con tan poca cosa pero mi imaginación era entonces poderosa y, al igual que ahora, en tiempos de confinamiento forzoso, lo único que quería era escapar lejos, al otro lado del mundo si hubiera sido posible.

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Mezquita Aljama en Isfahán (foto realizada por W. Rodrigues, con el que viajé a Irán en el 2012)

Con el paso del tiempo no he logrado ser un especialista en arte islámico medieval, ni en ninguna otra cosa, pero al menos sí conseguí huir durante algunos años de aquella ciudad periférica que tanto me agobiaba por aquel entonces. Me fui y viajé todo lo que pude, tanto que incluso visité alguno de los lugares de los manuales que en aquel momento me parecían lejanísimos. Estuve en la Cúpula de la Roca de Jerusalén, glorioso primer monumento del islam al que en vano traté de entrar fingiendo ser musulmán; en la mezquita Aljama de Isfahan, una de los lugares más hermosos que deben de existir en el mundo; o en el mausoleo de Ismail el Samaní en Bujara, un espacio minúsculo con intrincadas decoraciones en ladrillo… Hay algunas más, que ni siquiera recordaba haber estudiado. Sin embargo, como entonces, me siguen llamando la atención esos lugares a los que seguramente nunca vaya o a los que ya es imposible ir como los extraños alminares poligonales de Gazni, remota capital gaznávida ahora en Afganistán, o el famoso alminar combado de Mosul, Iraq, destruido no hace demasiado tiempo por el Estado Islámico.

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Lo que queda del minarete combado de Mosul después de la destucción del Estado Islámico. En el manual de arte islámico de Grabar y Ettinghausen (publicado en 1996) aún se conservaba bastante bien.

Como se ve, entre todo el arte islámico me fascinan los alminares, frágiles torres de ladrillo que son lo primero que destruyen las explosiones y que, en tierras de conflictos como Oriente Medio o Asia Central, parece un milagro que resistan siglos sin desmorronarse. No resulta extraño de esta manera que estos últimos días de confinamiento, donde uno tiene más libertad para gastar el tiempo haciendo cosas improductivas, haya dedicado horas a investigar uno de ellos que me ha llamado poderosamente la atención: el alminar de Jam (Yam en español), perdido en las peligrosos y yermas montañas de Afganistán. Aparece también en el libro como la mejor muestra del arte de los gúridas, una dinastía totalmente desconocida para nosotros pero de gran importancia histórica ya que introdujeron el islam en la India. De noche, cuando ya pasó hace mucho tiempo la hora de estudio y mi mujer y mi hijo se han acostado, trato de esquivar las noticias, memes y vídeos que hablan una y otra vez de lo mismo buscando información sobre este lugar. (Sí, no solo estudio oposiciones de secundaria sino que tengo mujer e hijo y he vuelto a vivir a la misma ciudad periférica de la que quería escapar. Sin duda mi vida ha cambiado mucho desde que escribí la última entrada del blog.) Ahora que todos los locales han sido cerrados por orden del Gobierno y no me llegan las voces desde el bar de la esquina, me dedico a ver vídeos sobre Jam e imaginar que llego hasta él. No es fácil, según parece, y es necesario todo un convoy de afganos bien armados y un viaje de días por parajes desérticos para lograrlo. No creo que pueda hacerlo nunca. Ni siquiera es probable que, después de casi nueve siglos en pie, dure mucho tiempo más: el suelo donde está asentado no es estable y poco a poco se va inclinando peligrosamente sobre el río. Y sin embargo, aunque pronto sea otro de esos bellos monumentos de los manuales de arte islámico que vayan a desaparecer, o quizá por eso, no logro dejar de fantasear con que por alguna circunstancia excepcional consigo llegar a aquel valle olvidado del mundo y ver, junto al río verdoso, aquella alta columna, el único resto de una mezquita o puede que de una ciudad entera borrada hace siglos por las hordas mongolas. La luz del atadecer en las montañas terrosas y, recortados sobre el cielo azul pálido, los abigarrados arabescos, los círculos, estrellas y paños de sebka que forman los ladrillos y la bella cerámica turquesa que dibujan en caligrafía kúfica y nasjí unas alabanzas a Alá que los lugareños han perdido la capacidad de leer. Reconoced que es bello. Y más según avanza la noche y el teléfono se sigue hinchando de mensajes de whatsapp, algunos (entre ellos los míos) verdaderas peticiones de auxilio. Y sin embargo en un espacio inaccesible y remoto, un lugar que no es únicamente una fantasía sino que verdaderamente existe, el misterioso alminar de Jam sigue solo y en silencio, como siempre ha estado, ajeno por completo a las cuarentenas, curvas de infectados y chácharas interminables, repetitivas e insistentes que tardarían semanas en llegar a aquel rincón del mundo. Que es posible que nunca lleguen.

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Aquí tenéis el impresionante alminar de más de 60 metros. Más fotos aquí. Abajo os dejo un vídeo mucho más explicativo.

Otros lugares en el desierto que os puedan interesar es la capital turcomana o los infinitos desiertos de Asia Central.

 



Categorías:Afganistán, Asia, Lugares

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