Llevo sólo un par de días en Estambul, pero ya tengo la certeza de que se trata de una ciudad que no puede aburrirme. Lévi-Strauss decía que había que fiarse de esas primeras impresiones, de las miradas alejadas que a veces son más reveladoras que la observación consciente y sistemática. Por eso, cuando ayer me senté al atardecer junto al pestilente cuerno de oro y vi como el reflejo del cielo, los coches y las luces sobre el agua creaban una especie de cuadro a lo Rothko (un Rothko, eso sí, oscuro y brillante, bizantino y postmoderno), pensé que aquella aglomeración de casas y continentes que se unían o separaban por el mar ocultaban en su interior, como muñecas rusas, otras ciudades.