Mark Rothko

La ciudad infinita (Estambul)

Llevo sólo un par de días en Estambul, pero ya tengo la certeza de que se trata de una ciudad que no puede aburrirme. Lévi-Strauss decía que había que fiarse de esas primeras impresiones, de las miradas alejadas que a veces son más reveladoras que la observación consciente y sistemática. Por eso, cuando ayer me senté al atardecer junto al pestilente cuerno de oro y vi como el reflejo del cielo, los coches y las luces sobre el agua creaban una especie de cuadro a lo Rothko (un Rothko, eso sí, oscuro y brillante, bizantino y postmoderno), pensé que aquella aglomeración de casas y continentes que se unían o separaban por el mar ocultaban en su interior, como muñecas rusas, otras ciudades.