
De todos los momentos de nuestro viaje a Turquía en el verano del 2024, tal vez el más relevante sea en el que menos turismo hicimos. Solo una foto queda del día en el que nos quedamos mi mujer, mis hijos y yo encerrados en una habitación de Kaş, con el aire acondicionado a tope, dibujos turcos en la tele, unos juegos de cartas y cuadernos para dibujar. Fuera hacía 37 grados con una humedad del muchísimo por ciento y una ciudad en la que, además de preciosas calas rocosas, había gente por todas partes, sobre todo en un pequeño paseo marítimo que siempre nos ponía de mal humor. Estábamos desanimados, mi hija tenía una tos fea y algo de fiebre y yo había dormido fatal por los cantos de un vecino gallo y una serie de pensamientos obsesivos que giraban en torno a la frase: «¿y qué coño hacemos aquí?».
Que la climatología y una serie de malas decisiones me hubiesen conducido al absurdo era la historia de mi vida. Sin embargo, en esta ocasión me sentía doblemente mal, ya que había conseguido que mi querida esposa (que siempre pensó que ir a Turquía no tenía sentido) y mis dos hijitos sufrieran tanto como solía hacer yo en mis viajes solitarios. Y es que, mezclando recuerdos edulcorados de cuando vivía en Estambul y asunciones con poco fundamento (como que Turquía estaba muy barata por la depreciación de la lira), les había arrastrado a una gran aventura anatólica que había terminado con una familia atrapada en una especie de Gandía turca. Hasta mi hijo mayor (casi 5 años) notaba que algo no iba bien. Echaba tanto de menos su casa que inventó una rima muy imaginativa que decía: “quien va a Madrid tiene sus juguetes y vive feliz”.
Estuvimos encerrados la mañana, el medio día y la tarde. Y no fue tan terrible. Lo cierto es que lo pasamos mejor que muchos días en los que pretendimos hacer turismo cargados con un carro y sufriendo rabietas y un calor tan elevado como los precios turcos. Solo al atardecer, cuando la temperatura había bajado levemente de los 34 grados, nos atrevimos a salir al exterior. Decidimos en esta ocasión no acercarnos al centro de Kaş y pasear por las calles cercanas al apartamento, mucho más tranquilas. Había gallinas, el gallo que no me dejaba dormir, gatos, un contenedor repleto de basura, una mezquita decorada con luces de neón… Turquía en estado puro. Mi hija se encontraba mucho mejor de su tos y cuando la llamada a la oración comenzó a sonar me dijo “mira, papá, es la cansión”.

Caminábamos con la lentitud de quien tiene miedo de dar un paso en falso, aunque tal vez fuera el bochorno. Con ganas de alejarnos de la muchedumbre, salimos de la ciudad para acercamos a un cercano teatro griego sorprendentemente bien cuidado. Un joven con rastas tocaba el santur y desde las gradas se veía un Mediterráneo radiante, azul. A lo lejos, iluminada con las luces rojizas del atardecer, se adivinaba la isla de Kastelorizo, ya en Grecia. Era bonito y por un momento parecíamos una familia feliz y no una que hace muy poco se encontraba a la deriva y buscando con el móvil vuelos de vuelta a España («no me lo estoy pasando bien» era la frase que más repitió mi mujer en aquel día aciago).
Es cierto que no hacía falta irse a Turquía para sentir la dicha del verano. Sospecho que habríamos llegado a ella también en una piscina madrileña, tumbados sobre el césped húmedo. No hacía falta irse a Turquía, totalmente de acuerdo, pero allí estábamos: muy lejos, juntos, pidiendo a unos chicos mexicanos que nos hicieran esta foto, la única que conservamos de un día que tal vez no fue tan olvidable como pensábamos. En ella salimos sonriendo, alegres y mostramos, aunque sea brevemente, esa felicidad excitante que se presupone en los viajes.

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