Cicling trivialities

Yo, hace unos quince años: indolente, melancólico, con pocas canas.

Reconozco que no soy la alegría de la huerta. Me fascinan y aterran a partes iguales esas personas, muchas veces compañeros de trabajo, que hacen bromas y se acuerdan de los chistes y son ocurrentes y se saben rápidamente el nombre de la gente en la sala de profesores. Algunos incluso tienen o saben imitar acentos meridionales. Los envidio y me descolocan; me río de sus ocurrencias y me pongo tenso cuando se acercan demasiado porque siento que no soy como ellos. Personalmente preferiría criticar, quejarme o conversar sobre algún tema familiar como John Waters, Oriente Medio o cómo ser padre hoy. Así estaría más cómodo.

No soy la alegría de la huerta, lo ratifico, y ni siquiera lo era cuando tenía 20 años y era buen mozo y tenía tanta suerte en la vida que no fui capaz de sacarle partido. De hecho, inexplicablemente, estuve durante muchos de mis veinte años levantándome con una sensación oscura y densa en el pecho. Podría ser el inicio de mi cardiopatía o de una depresión, aunque a lo mejor se trataba simplemente de que los porros que fumaba por aquel entonces no me estaban sentando bien. En cualquier caso, recuerdo que en aquellos momentos de tristeza y baja autoestima solía conciliar el sueño imaginando que era arrastrado por caballos en una playa arenosa, cual Patroclo frente a las murallas de Troya. Yo no estaba muerto, o sí. Lo importante es que era un pelele desollándome la espalda y entregado por completo al sufrimiento y al escarnio. Se trataba, lo sé, de una imagen que tiene un regusto autocomplaciente y que en el fondo resulta, como tantas veces sucede con la tristeza, placentera. (No sé qué diría Byung-Chul Han o alguno de los analistas de la postmodernidad de todo esto.)

Si esta imagen vuelve a mí (tumbado en la cama, tratando de dormirme después de despertarme a las 5 de la mañana y darle vueltas a preocupaciones que no son del todo vanas y no llegan a ser del todo importantes) será porque tal vez vuelvo a estar algo deprimido. Tengo casi 50 años y de repente me encuentro en el mismo lugar del que quería escapar. Tengo más trabajo y menos dinero del que me gustaría, un hijo tirando a complicado, una vida doméstica y una casa que necesitan ajustes, unos padres que superan los 80 y empiezan con achaques importantes y una ausencia de tiempo y espacio para hacer aquello que realmente me gusta. Y sin embargo, soy consciente de que todo va más o menos bien, tirando, de que esta tristeza no llegará a calar o a destruirme y de que en parte resulta reconfortante y hasta necesaria en unos días de vacaciones en familia. Tal vez dentro de unos años, cuando seguramente todo vaya a peor y encima estemos ya de lleno metidos en lo del apocalipsis, entienda que una vez más en mi vida se me pasó el tiempo angustiado por problemas que no eran tan importantes y que mi vida resultaba perfecta tal y como era por aquellos años: justo ahora.

Pero eso será dentro de unos años. Por el momento lo único que se me ocurre ahora, a las 5 de la mañana (es que ni siquiera en vacaciones logro dormir bien), es escribir estas líneas como una manera de sublimar mis pensamientos intrusivos y reírme de ese pelele vapuleado por trivialidades cíclicas que sigo siendo yo. Al final es un poco moñas pero no tan malo conciliar el sueño imaginando que eres arrastrado por unos caballos, en la playa de Troya, cual Patroclo en la Ilíada. La espalda no me duele de verdad, me imagino que el sol del Mediterráneo me quema el rostro y sé que desde lo alto de la muralla mi familia me mira y se siente desdichada por mi aciaga suerte. Además, estas ensoñaciones no duran. En unos días volveré a conciliar el sueño como de costumbre: imaginando todo lo que haría si me tocara la lotería, o cómo me sentiría si rejuveneciera diez años, tuviera más músculos o todas mis dolencias y las de mis seres queridos se hubieran disipado.

La vida seguirá, sigue siempre, y tal vez encuentre más tiempo para mis cosas y ajuste todo aquello que está desajustado —o gran parte de las cosas que están desajustadas— y puede que mi hijo deje de ser tan difícil y mis padres superen el bache de salud o, si no, tal vez aprenda a gestionarlo mejor. Ojalá pueda volver a escribir más a menudo, leer más, viajar, pasar tiempo con amigos, vivir aventuras. Empieza el 2026 y es un buen momento para hacer listas de deseos para el nuevo año. Esta es la mía. Te deseo feliz año, amigo. Yo creo que este año vamos a petarlo de verdad, que ya va siendo hora.

¿Y si la tristeza es hoy en día un espacio de resistencia?


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