Viaje al fin de la noche

También yo debía de estar descomponiéndome. Llegaban atropelladamente imágenes de viejas películas de Fritz Lang seguidas de un ruego cariñoso, un grito dirigido a mi padre (que no estaba), una canción infantil o el recuerdo de los capítulos finales de Sin novedad en el frente. Se me torcía el cuello. Tenía frío, después calor. Con tanta actividad y un sofá tan incómodo era imposible pegar ojo.

Ella se levantó otra vez al baño, a trompicones, y tuve que ayudarla. Le daba igual que estuviera ahí de pie, mirándola hacer pis, que se le cayera ese camisón tan incómodo y absurdo de los hospitales. El pelo revuelto, el rostro desfigurado y raro bajo una luz demasiado blanca. Ese cuerpo como de cuadro de José de Ribera, pero sin espiritualidad alguna. Ten cuidado al conducir, llámame cuando llegues. Sí, mamá. Y otra vez a la cama, tambaleándose como un animal de otro mundo, demasiado pesado para la velocidad de nuestro tiempo.

Y ya en la cama, el sueño seguía sin llegar. Palabras de consuelo a un bebé inexistente. Quiere que termine el arroz. Y se daba la enésima vuelta en la cama y yo asumía que no iba a mejorar, que no iba a dormir. Me levantaba también nervioso a mirar por la ventana, a tratar de leer en la penumbra un cartel en el que informaban de cómo combatir el delirio hospitalario. Al parecer es algo normal y no solo en los ancianos ingresados. Se extendía más allá de las habitaciones de aquel inmenso hospital, aunque de eso el cartel ni dijera nada.

Estás poniendo perdida a tu hija, ¿no lo ves? Los manicomios mudos de Caligari, de Mabuse. Pasillos largos, blancos, bien iluminados. Un laberinto o una secuencia de El Sacrificio de un ciervo sagrado. Mamá, estoy aquí, te vamos a cuidar. Y le daba la mano como asidero y me la agarraba temblorosa, regresando brevemente a la realidad para después volver a mascullar frases que llegaban desde el pasado, desde el futuro, puede incluso que desde lugares más lejanos. Un palo, una falda, una garrapata. Un coche que viaja en mitad de la noche. Una de las fotografías de guerra (Vietnam, Segunda Guerra Mundial, Corea) que les pongo a mis alumnos. Son de verdad, me preguntan siempre. Y todas ellas siguen cayendo, como si estuvieran colgadas de las sombras de la habitación, como si una mano fantasmal cortara cinematográficamente los hilos que las sostienen y se derrumbaran. Y se desordenaran. Y se descompusieran.

Las imágenes son fotogramas de la película de Fritz Lang El testamento del doctor Mabuse (1933). Ambas aparecen en el excelente documental sobre el cine en la República de Weimar De Caligari a Hitler (2014), de Rüdiger Suchsland y basado en la célebre obra de Kracauer con el mismo título. Terminé de verlo el otro día, en el hospital, mientras mi madre dormía. Os lo recomiendo.

El título de esta entrada no es mío, sino de la estupenda novela de Louis-Ferdinand Céline.

Mi madre está mejor. No bien, pero sí mejor. Ya ha salido del hospital y ha dejado de delirar.




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