
En verano dan ganas de dejarse crecer el cabello y nadar (en el mar, en la piscina…); de ver películas y leer novelas, mejor si es de madrugada. Dan ganas de muchas más cosas, pero al menos estos básicos del veraneo los he llevado a cabo en este apartamento de la costa mediterránea en el que llevo más de dos semanas cuidando de mi madre. Y sudando a chorretones, y tomando horchata y nacionales, y a ratos también discutiendo con mi padre y mis hermanas, que a su manera también es todo un clásico del verano.
En mis ratos libres, mientras mi madre dormía (duerme mucho), leí Koljós, la última novela de Carrère, y me gustó mucho. También El Gatopardo (siempre hay que leer un clásico en vacaciones), del que me vi también la película. Fascinantes ambos. Leí Mesopotamia, un libro sobre la exploradora Gertrude Bell y el nacimiento de Irak. Pasable. Y también vi Romería, Altas Capacidades y alguna otra película que en su momento no me gustó demasiado, pero sobre la que después estuve pensando. Porque lo mejor de todo esto es que, además de tiempo para leer, ver películas y nadar, en estas semanas he podido pensar. Llevaba más o menos un año sin hacerlo.
Sin embargo, la experiencia estética del verano, además de un atardecer desde las calas de Irta, ha sido ver Godland, una película islandesa ambientada a finales del siglo XIX. En ella, un sacerdote danés viaja hasta un poblacho perdido en Islandia para construir una iglesia. Podría definirse como una especie de La Misión con cierto aire de wéstern, todo nórdico, lento y profundo, pero aún hay más. La película habla de colonialismo, de tensiones culturales, del paso del tiempo, conflictos todos que enmarca en una sucesión de lugares fuera del mapa que rebosan los personajes y la misma pantalla. Paisajes, sobre todo los de la primera parte de la película, no solo sin turistas, sino sin el más mínimo vestigio humano: como si el guía de Stalker nos hubiera conducido no a una central nuclear en desuso sino al interior de un cuadro de Caspar David Friedrich.

Tras ver Godland me han dado unas ganas locas de ir a Islandia y otros sitios remotos (no sé si Islandia ya cuenta como lugar remoto). Kamchatka, la isla de Tristán de Acuña, algún valle perdido en Afganistán. Me han vuelto las ganas que tengo desde hace años de volver a Mongolia con mi familia. El verano es también el momento de fantasear y añorar otras vidas, de imaginar escapadas perfectas para escabullirnos de este calor pegajoso y agobiante (no se recuerda otro verano igual). Yo sueño con paisajes opuestos como un negativo fotográfico a los espacios abarrotados que transitamos, lugares que no existen o no pueden ser alcanzados. Es casi más refrescante que una doodh soda, bebida que, pese a la repugnancia de mi esposa, llevo tomando todo el verano.
Quizá, pienso en un momento de sopor, que al igual que las compensaciones por la huella de carbono deberían existir, por ley, una serie de reservas al margen de la deriva de consumo, contaminación y tontería generalizada en la que vivimos. Creo que podría ayudar a cambiar algo este sitio tan deprimente en el que se está convirtiendo el mundo y cuyas múltiples crisis (Ceuta, incendios forestales, temperaturas récord…) he ido siguiendo en el telediario de Antena 3, que es el que ve mi madre cuando cenamos. Tal vez, como con tantas otras cosas, nos confundimos y la esencia del verano no son las playas abarrotadas, las discotecas horteras o el reggaetón que ha sustituido a la canción del verano sino una ciudad solitaria, las madrugadas silenciosas o la quietud de una noche fresca y serena. Estos son sin duda los mejores recuerdos del verano.
Dentro de poco me iré con mi mujer e hijos a algún lugar de Cuenca, Teruel o Soria. El triángulo de la despoblación lo llaman. Puede que no sea tan terrible y bello como Islandia (esta definición es de la película), pero debería bastarnos para alcanzar el corazón del verano, ese que nos dará fuerzas cuando dentro de poco la maquinaria vuelva a desengrasarse y nos exija mucho más de lo que queremos darle. Aspiro a ver las estrellas, escuchar un río, recorrer una carretera vacía. Es tal vez un plan demasiado ambicioso. Pero igual voy a intentar encontrar ese paisaje indómito para recorrer como pionero danés decimonónico. Ya os diré si lo consigo. Por el momento, ved películas, leed mucho, bebed con amigos. El mundo aún no se ha acabado, seguimos vivos y hay todavía muchas aventuras que emprender y lugares remotos a los que llegar, aunque sea con la imaginación.

Categorías:Aragón, Comunidad Valenciana, España, Europa, Lugares
Tienes que escribir entradas más a menudo… Son una delicia, más aún en tiempos de pabalabrería sintética desbocada.
Nos vemos a finales de Agosto
Jajajaja me encanta todo lo que escribes y cómo lo escribes. Por cierto, estoy pasando unos días en Cuenca, justamente. Su serranía es exactamente eso, una delicia en verano. Cielo estrellado, madrugada silenciosa, noches frescas. Sencillamente poético (e indómito).