«En Madrid el cielo domina los aspectos más insignificantes de la vida (la longitud de los suspiros, el ángulo de las calles, el intervalo que separa un latido y otro del semáforo.) Todo es recto y uniforme, muy blanco, muy limpio. Al atardecer no hay niebla, sólo un frío seco que reseca la garganta.
En navidad las calles se decoran con motivos geométricos. La gente habla de economía, come y se queja al mismo tiempo. Salvo por estos pequeños detalles, todo resulta igual que en cualquier otro país desarrollado. Tal vez más igual a Francia o a Italia o a Portugal, es cierto, aunque bajo este cielo parece diferente.
No es que el cielo sea otro que el de nuestro país, no, pero lo cierto es que desde aquí parece distinto. Es una pena que en la foto que os mando se vea pequeñito, pero es que no encontré otra mejor. En realidad es amplio y azul, bastante despejado a pesar de tener los bordes manchados de polvo. Es el que obliga a las esquinas a dibujarse con precisión y su peso se percibe en la rectitud de las avenidas y la amplitud de las plazas.
Creo que comprenderéis cómo me siento en un lugar así. No estoy acostumbrado a tanta desnudez, y noto demasiado mi presencia y la de los demás. No hay bruma ni indeterminación y es fácil ver a gente pidiendo por las esquinas y a mujeres hablando fuerte. Se escuchan sin cesar palabrotas, verdades y calumnias y los relojes nunca se atrasan. Tal vez por eso escribo estas postales, porque muchas noches me lleno de una nostalgia seca y precisa, que es lo mismo que llenarse de vacío. Y esa es la razón también por la que, entre todas las postales, escogí esta: un trozo de cuelo dibujado con la exactitud de un arquitecto.
Un beso, Barış»
Postal: cielo de Madrid visto desde el patio del Museo Nacional Reina Sofía. Ediciones Buenavista.
Traducción del turco: Rafael Carpintero.
¿Dónde está este lugar?


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