el paraíso y el infierno

Cementerio de Behesht-e Zahra, Teherán

No sé cómo se me ocurrió dedicar mi último día en Irán a visitar el cementerio de Behesht-e Zahra. Es posible que, como todo lo que hago últimamente, lo haya visto en la Lonely Planet. Al parecer, behesht significa en farsi paraíso, palabra que procede de un antiguo término indoeuropeo que, entre otras cosas, definía los jardines cercados de la arquitectura persa. Pero no voy a crearos falsas expectativas: a pesar de su nombre, no hay nada de paradisiaco en Behesht-e Zahra. Entre carreteras, descampados y con la cúpula del mausoleo de Jomeini al fondo, el cementerio más grande de Teheran parece en esta tarde de sábado un lugar más bien inquietante.

Las lápidas recubren el suelo como si fueran baldosas. En blanco y negro, junto a sus nombres escritos en persa, aparecen dibujados los rostros de sus ocupantes. Pero lo que he venido a ver queda un poco más allá, detrás de un grupo de personas que entierran a algún ser querido. Protegidas del sol por un tejado de Uralita, se encuentran las tumbas de los mártires de la guerra contra Irak (1980-88). En las fotos se les ve muy jóvenes, y debían serlo para entregar su vida tan alegremente, casi por descuido. Su pensamiento –que yo imagino confundido por hormonas, poca confianza en el futuro y una tradición religiosa centrada en el martirio– debía volver una y otra vez a los mismos versículos de El Corán. ‘Y no penséis que los que hayan caído por Allah han muerto, ¡al contrario! Están vivos y sustentados junto a su señor, alegres por la gracia y el favor de Allah’, dice la azora 3, aleyas 169 y 170.

Eso espero yo, que Allah haya acogido en su seno a todos estos mártires, pero por ahora, a la espera de que pueda comprobarlo, lo único que ha quedado de ellos son sus tumbas y la parafernalia un tanto morbosa de la guerra. Además de los grandes carteles en los que Jomeini y Jamenei acompañan a estos jóvenes, demasiado serios para su edad, hay frente sus tumbas vitrinas decoradas con rosarios, espejos y mantelitos y flores de plástico. Se dice que durante la guerra era normal teñir de rojo el agua de las fuentes de Behesht-e Zahra para que pareciera sangre. Al parecer, coincidiendo con el mes de Muharram, se organizaban también festivales de llantos y lamentaciones. Pero yo debo haber venido en un mal día. Apenas hay gente y solo unas chicas me hacen un poco de caso. Hello, what is your name?, me dicen al verme pasar, riendo.

Sigo mi camino entre las tumbas y, ya fuera del cementerio, cruzo una carretera arriesgando también yo mi vida. El segundo motivo por el que he venido a este lugar está delante de mí, en el centro de un parque donde las familias vienen a hacer picnic. Se trata del enorme mausoleo de Jomeini, el Ayatolá por excelencia. No es casual que su tumba se encuentre tan cerca del cementerio de los mártires ya que fue él, el Líder Supremo, quien impulsó esta ideología del martirio alargando así una guerra que no se podía ganar. Espero que Dios me perdone si digo que todo esto le vino muy bien al ayatolá. Así pudo establecer como norma ese estado de excepción en el que el país vive desde entonces y, por supuesto, localizar los problemas del país en el exterior, ya sea Irak, Israel o EEUU.

 

Pero, al igual que no sé lo que los mártires tenían en la cabeza para dirigirse alegremente a la muerte, tampoco logro comprender a Jomeini. La presencia de su tumba, desproporcionada, pesada y con materiales que se ven, a pesar de su supuesta riqueza, bastante deslucidos, me impide pensar con claridad. Tal vez, como sucede con tantos líderes políticos y religiosos, pensó que estaba haciendo el bien cuando se le ocurrió que lo que Irán necesitaba era un buen Líder Supremo, una guerra suicida y un estado donde la moral se impusiera por decreto y, si es necesario, también con violencia. O quizá es que Dios es de veras duro y envía plagas, guerras y sufrimientos a los que lo aman de corazón.

Pero no quiero perderme en un debate pseudofilosófico de los muchos que me han asaltado durante esta visita a Irán. Lo único que me queda claro después de este paseo es que, al menos en las fotos, Jomeini no parece esa persona bondadosa que debería ser cualquier líder religioso. Si (como así parece indicar el tamaño de su mausoleo) Jomeini está en el cielo, junto a mártires, bellas vírgenes y el Clemente y Misericordioso Allah (alabado sea), yo preferiría, cuando me llegue el momento, acabar en otra parte. Por ahora, dado que bebo, como bastante cerdo y mantengo relaciones prematrimoniales, no creo que me sea tan difícil. Aunque como dijo Dios a los mortales, ‘mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos los míos’ (Isaías, 55:8). Y que así sea, si Allah lo permite, por los siglos de los siglos. Amén.

Mausoleo del Imam Khomeini

Fotos de cjb22 y de [John]

Este lugar está tal que aquí

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Categorías:Uncategorized

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1 respuesta

  1. Me gusta tu forma de contar… Me gusta tu reflexión sencilla y clara, sin apasionamientos, pero que habla e invita a una reflexión más profunda.
    Gracias…

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