Viaje de trabajo

stranger.

Sucedió de pronto. Lo sintió como un golpe seco, helándole la sangre. Fue una mañana, en la habitación de un hotel. Estaba aún en calzoncillos, a punto de ponerse su traje bien planchado y la camisa en tonos pastel que le había regalado su mujer. Fue entonces cuando, al mirar la agenda, se dio cuenta de que había algo equivocado. Según sus anotaciones no estaba en Beirut como llevaba pensando desde la noche anterior, cuando llegó en avión desde El Cairo. Al parecer aquel día tenía una cita con el señor Özgün Şimşek y su socio Mehmet Kaya en el hotel Wow de Estambul, en el que debía encontrarse en aquel momento.

Yo no sé si os ha pasado algo similar alguna vez, pero debe resultar de lo más angustioso descubrir que, como un Willy Fog contemporáneo, hemos distorsionado la concepción del espacio y del tiempo con tanto viaje. Angustiado, lo primero que hizo fue revisar con atención todas sus notas y comprobar fehacientemente en el ordenador, en la televisión y en su teléfono móvil, que efectivamente era jueves 18 de mayo y no jueves 25 (o, ya puestos, miércoles 17 o 24 o incluso viernes 19), día en el que por un momento, y sumido en una especie de jetlag que le impedía pensar, creyó que podría encontrarse. Después revisó las etiquetas de las chocolatinas, las botellas de agua y de los caramelos para verificar que, efectivamente, estaba en Turquía y no en cualquier otra ciudad de Oriente Medio.

Sí, se encontraba en Estambul y en una hora debería reunirse con aquellos señores trajeados de apellidos difíciles de pronunciar, pero esto tampoco acababa de aclarar donde había quedado Beirut en sus planes y cuales eran los lugares que había visitado en los últimos días. Durante un rato quiso cotejar todos sus papeles desde el principio, encontrar el momento exacto del fallo, pero lo cierto es que no tenía demasiado tiempo y además pensó que resultaría inútil. Porque, lentamente, le fue embargando la sensación de que el error era mucho más profundo de lo que parecía y que este despiste no era más que un pequeño síntoma de una deriva mucho más devastadora. La vida que llevaba estaba de alguna manera equivocada y, además de para la ecología, debía de resultar insostenible también para sí mismo. Además, y tal vez a causa de la tensión que le producía no saber donde se encontraba, su mente le comenzó a jugar malas pasadas. Durante un rato, como si fuera una pesadilla, le persiguió la imagen de un pasillo enmoquetado en el que se sucedían, a ambos lados y sin cesar, gente entusiasta y sonriente (y también gente menos entusiasta pero igualmente sonriente). Montones de personas intercambiables y vestidas con traje y corbata (o chaqueta y falda gris si eran mujeres) que le mostraban sin cesar catálogos y prototipos, que cotejaban precios y modelos hasta que después, sonriendo una vez más, le daban la mano con firmeza.

Debió de ser entonces, a punto de desmayarse o ponerse a gritar, cuando comenzó a dar vueltas por la habitación. Seguramente habría una explicación fácil para comprender donde se habían quedado los días que le faltaban, pero lo mejor que podría hacer en aquel momento era no darle demasiada importancia. Ya de vuelta a casa podría consultar con un especialista, pero ahora debía pensar sólo en la reunión. Así lo decidió y estaba a punto de ponerse de una vez los pantalones (comenzaba además a tener algo de frío) cuando algo le llamó la atención. Se trataba del paisaje que se veía a través de la ventana. Sí, sé que es una tontería pero al parecer se sintió aliviado al ver que existía (incluso si se encontraba tras una ventana cerrada herméticamente) algún tipo de mundo exterior y que, detrás de todas aquellas habitaciones ocres y enmoquetadas en las que se movía, era posible aún encontrar lugares concretos.

‘Estambul’, se dijo, ‘estoy en Estambul, ya está’, y, al mismo tiempo que controlaba su respiración como había aprendido en un curso de yoga, trató de convencerse de que era normal confundir lugares cuando se vuela tan a menudo. ‘Pensándolo bien’, siguió reflexionando, ‘lo difícil es precisamente no extraviarse. Dejando a un lado pequeños detalles como el tipo de alfabeto, la temperatura, la humedad y el color de los taxis, estar en Estambul o en Beirut no es tan diferente’. En esto, por supuesto, tenía razón, aunque fuera solo porque en sus viajes de trabajo solía moverse por barrios periféricos que resultaban poco característicos. En lugar de alminares y cúpulas centenarias, ante él se extendía un paisaje de autopistas, vías de tren, parkings y descampados inexpresivos que podrían estar situados en cualquier lugar del mundo. La angustia regresó pero él pudo contenerla. Y entonces, aún en calzoncillos a pesar de la hora que era, dejó pasar el tiempo (no sé si unos minutos o una hora) mientras fantaseaba con la idea de ponerse un chándal y, en lugar de ir a las reuniones y sonreír y dar la mano, salir a la calle y cruzar las autopistas y los descampados sin tener en cuenta si resultaba peligroso o era siquiera factible. Soñó con andar y no para ir a un sitio determinado, sino con el único deseo de sentir la dureza del asfalto bajo sus pies. Y entonces, cuando ya parecía más que evidente que iba a llegar tarde o incluso no iría nunca a la estúpida reunión, se visualizó a si mismo caminando en las calles. No una importante como Divan Yolu o İstiklal, sino por cualquier callejón de la ciudad. Se vio desde arriba, caminando entre los círculos de las cúpulas y los pequeños puntos de los alminares. Tras él los pasos dejaban una estela, tal vez una delgada línea de color. Pero en aquel momento, aquel dibujo delicado, apenas visible, le pareció lo único verdadero a lo que podía aferrarse.Estambul

dedicado a Juan Olayo, trabajador errante.

(fotos de Miguel Carminati)

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3 respuestas

  1. A veces, subido en el taxi para llegar a la siguiente reunión voy mirando las calles, la gente, imaginándome sus vidas más allá de ese fotograma que les robo…

  2. A veces por la noche me despierto falto de oxígeno, y quiero abrir la ventana, como un reflejo. Pero la ventana no está, mejor dicho, hay otra muy diferente. Y las paredes, la cama, los muebles, la lámpara, el olor, todo es distinto. Una fracción de segundo después entiendo que la casa de mi infancia está muy lejos, y que esta desconocida es la que habito desde hace años.

  3. Vagabundear y vagabundear por el mundo sin rumbo alguno, que delicia hasta perderte por el camino sin mirara atrás como decía Machado

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