Souvenirs (I)

botella modelo StalinMarcharte. Al final siempre tienes que marcharte. Y si vives en otra ciudad durante (pongamos por ejemplo) cinco años y medio, tendrás además que hacer frente a problemas concretos y casi irresolubles. A saber: dar de baja la línea telefónica, sentir el cansancio y la angustia de las despedidas y, lo más preocupante, pensar en qué hacer con los muebles, los libros y tantos y tantos objetos inservibles que con el tiempo han ido ocupando las estanterías, los armarios y la parte baja de la cama. Tu madre o tu novia tirarían la gran mayoría sin demasiados remordimientos, pero tú no puedes. Deberías hacer lo mismo, es verdad, pero no intentes convencerte a ti mismo. No vas a poder.

Confieso que tengo una especie de síndrome de Diógenes de lo más tonto que hace que me rodee de objetos sin ningún valor (a veces ni siquiera estético) de los que luego me cuesta la vida deshacerme. Pongamos por ejemplo la estupenda botella de marca ‘Stalin’ que aparece al principio de estas líneas junto a un toro de plástico que canta pasodobles, un gong que compré en Camboya, una virgen del Pilar y un paquete de maicena turca. La botella en cuestión la compré en Georgia, el país de origen del dictador, y, aunque el vino no fue particularmente bueno (ni siquiera era un Khvanchkara, el que solía saborear Stalin mientras purgaba al partido de opositores), lo guardo por su fascinante etiqueta roja con la hoz y el martillo a un lado. Me trae muchos recuerdos de ese lugar extraño que sigue siendo su museo en Gori, su ciudad natal, un espacio al margen del tiempo en el que descubrí (entre muchas otras cosas) que Iosef Stalin había sido un atractivo y joven revolucionario.

Pero no me quiero despistar. Nos habíamos quedado en que tengo que marcharme, que todas estas baratijas se me acumulan y que la maleta está ya bastante repleta como para que entre además una botella vacía. Ya, ya sé que apegarse a un objeto así es ridículo, pero deberíais ver de cerca esa etiqueta, esa impresión cutre del dictador y las palabras RED DRY WINE escritas así, en mayúscula y en inglés, a su lado. Es un souvenir precioso del que uno nunca querría separarse. Sobre todo porque, con toda esta melancolía que me acompaña desde que he decidido marcharme de Estambul, la botella me recuerda no solo al frío Gori sino también a una tarde de primavera en un parque no demasiado alejado de mi casa. Allí, mirando la península histórica de la ciudad, el palacio de Topkapı y los barcos que van y vienen por el Bósforo, bebí el fuerte Saperavi que contenía mientras acababa con bolsas y bolsas de pipas. No estaba solo, claro, y junto a estas sensaciones resuena una conversación deshilachada sobre preocupaciones que ahora no son nada importantes, sobre los planes del verano que se acercaba y también, por supuesto, sobre Serpil. Debería escribir otro post para hablar de Serpil y de mis amigos, pero por ahora lo fundamental es que acabo de tomar una decisión. La botella se viene conmigo. Ahora tengo que pensar en qué hacer con el toro de plástico, el gong y la virgencita del Pilar.

en el parque

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Categorías:Uncategorized

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2 respuestas

  1. Y dónde recabarán tus huesos??

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