Fotos antiguas (II)

En memoria de Osman Mayatepek (1950 Ginebra, Suiza – 1 Noviembre de 2016, Ankara, Turquía) el nieto del pachá Enver que me abrió las puertas de su casa y me ayudó enormemente en la investigación sobre su abuelo.

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Enver durante la guerra de Libia (1911-1912)  que lidiaron el Imperio otomano y el Reino de Italia.

En realidad, Enver, o al menos eso es lo que parece por sus fotos, fue toda su vida un verdadero maestro del disimulo. Durante su participación en la guerra de Libia, por ejemplo, no dudó en disfrazarse de árabe, con su larga barba de hipster y todo, e incluso llegó a presentarse en Bengasi subido en un exótico camello para dar más empaque a su personaje(1). Como estaba ya entonces prometido con la sultana Naciye, la sobrina del sultán Mehmet V, se vendió a aquellos musulmanes conservadores como el (futuro) (y cuasi) yerno del califa, la mismísima representación de Mahoma en la tierra. Por supuesto no mencionó que poco tiempo atrás él había sido uno de los más importantes conspiradores contra el poder del califa. Tampoco que los altos funcionarios del Imperio, en gran mayoría turcos, seguían sin prestar demasiada atención a los pueblos árabes y que, al menos en privado, los trataban con cierto desdén (2).

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Enver con su mujer, la sultana Naciye, en Simmering (alrededores de Viena, Austria) durante la navidad de 1920.

Esta no fue ni mucho menos la única vez que Enver recurriría al disfraz. Lo hacía constantemente. Muchos años más tarde, en 1920, cuando la justicia internacional le buscaba y se había refugiado en Moscú, la capital de la naciente Unión Soviética, Enver se acercó a Viena para ver por última vez a su amada Naciye. En las fotos que se hicieron en lo que parece que fue un bonito (y posiblemente triste) día de nieve, vemos a Enver con unas botas demasiado altas, unas extrañas gafas de culo de botella y una siniestra perilla que, demasiado lineal, parece haber sido pintada torpemente sobre su rostro. De no ser por la angustia que produce, sería de lo más risible, sobre todo por su seriedad. Y por la pajarita.

Sin embargo, de todas estas fotos en las que Enver finge ser alguien que no es, hay una que me interesa especialmente. No es de las más conocidas a pesar de que se trata de una de las últimas (por no decir la última) que conservamos de él. Posee además el valor de tener sobre ella una dedicatoria manuscrita en los caracteres árabes con los que se escribía antiguamente el turco, unas breves líneas dedicadas a su mujer Naciye a la que, con todas sus ideas y venidas y las numerosas guerras que libró en su vida, debía de tener bastante abandonada. De una manera un tanto empalagosa le dice: “Mi más sagrada y querida sultana, mi Naciye”. Y después escribe la fecha, “Bujará, 29 de octubre de 1921” para terminar firmando como “tú Enver”(3).

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Enver metiéndose en el papel del salvador del Turkestán (Bujará, Uzbekistán, 1921)

 Lo que me llama la atención de ella, además de esta forzada dedicatoria, son los absurdos trajes que llevan Enver y su compañero Haci Sami bey y que parecen haberse colocado sin ningún disimulo sobre su ropa habitual. Sus contrariados rostros no logran ocultar el ridículo que sienten por vestirse de esta manera, y en su mirada se trasluce un patetismo casi insoportable. El Enver que soñaba con la gloria y la victoria viril de la primera imagen se ha transformado en un fantoche que se tambalea y que barrunta su definitiva derrota. Por primera vez en su vida, Enver ha dejado de creer, y se le ve envejecido y triste, consciente tal vez de que ya hace tiempo que ya nadie tiene el más mínimo interés en sus proyectos megalómanos. Ni siquiera su queridisísima mujer parece escucharle como antaño y, después de años de ausencia, apenas responde a las largas cartas que Enver escribe como un poseso, a veces, cuando no tiene otra cosa, sobre papel de fumar(4). Está solo y, tal como dice en la carta que acompaña a la foto, ya no le queda nadie en que confiar. Todo muy triste, y más con esas extrañas batamantas de flores de por medio.

Enver moriría menos de un año después de hacerse aquella foto. Fue en las montañas de Tayikistán, de un disparo que le atravesó el pecho y que se dice que realizó un soldado armenio del ejército rojo. O al menos es así como aparece en el cómic de Corto Maltés La casa dorada de Samarcanda, donde Hugo Pratt lo dibuja desplomándose de una manera épica que le habría encantado. No me preocupa que estas imágenes con las que quiero terminar no sean reales. Mucho menos en una vida tan llena de literatura como la de Enver. Lo importante de estas viñetas, y por eso las he traído aquí, es que consiguen dan algo de honor a una vida que ha sido recordada sobre todo por sus nefastas acciones. Y eso es lo único que necesitaba para embarcarme a escribir la historia de una persona que representa por momentos lo peor que los seres humanos podemos llegar a ser.

Según cuenta la leyenda (y sí, al final logró incluso después de muerto que se siquiera hablando de él) el cuerpo inerte de Enver quedó tendido durante días en el campo de batalla. Cuando sus seguidores pudieron al fin recogerlo y lo desnudaron para darle sepultura, tal y como manda el islam, encontraron en su pecho una copia del Corán que siempre le había acompañado. No sabemos, eso sí, si también una sonrisa dibujada en su rostro y el extraño olor a flores recién cortadas que acompaña a aquellos que mueren luchando por Allah. Para mí que no, pero quién sabe. La verdad es que yo no entiendo demasiado de estas cosas.

Enver murió el cuatro de agosto de 1922, cuando tenía 40 años. Son los mismos que dentro de poco cumpliré yo. Puede que este sea uno de los principales motivos por los que quiero contar su historia. Se dice que a esta edad uno se pregunta qué es lo que ha conseguido en la vida. A mi me pasa constantemente sin que aún haya llegado a la conclusión de si soy un desgraciado o un afortunado (o las dos cosas a la vez). En cualquier caso, me gustaría pensar que también él, solo y perdido en su enésima guerra, y en aquellas inmensas montañas que deberían haberle acercado a Dios mucho más que el pequeño Corán que guardaba en el pecho, pensó en este tema. Si se cuestionó en aquellas noches repletas de estrellas si había logrado convertirse en aquello que quería ser de joven. No ya el héroe que siempre soñó. Haber llegado simplemente a ser un hombre justo y razonable, bueno. Y con esto no hablo de rezar a la Santísima Trinidad, ayunar el mes del Ramadán o alejarte de los alcoholes, las tentaciones y las malas compañías. Me refiero más bien a no dejarse asustar por esas imágenes que te asaltan cuando la noche se hace más oscura. Mirarlas fijamente, inmóviles y misteriosas como estas viejas fotografías, sin apartar la mirada.

(continuará)

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Hugo Pratt, La casa dorada de Samarkanda. Norma editorial.

 

(1) La caída de los otomanos, Eugene Rogan. Crítica, Barcelona, 2015. pg. 37

(2) Atatürk, Andrew Mango. The Overlook Press, Nueva York, 2002. pg. 109.

(3) La traducción es mía según lo que transcribe Murat Bardakçi en Enver, Túrkiye Is Bankasi, Estambul, 2015.

(4) Esto es lo que me contó Melike Ilgün.

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Categorías:Asia Central, Austria, Europa, Oriente Medio, Tayikistán, Turquía

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