El viaje lésbico

Cuanto más cerca estaba de Lesbos más nervioso me ponía. Llevaba ya casi una hora en el ferry y se distinguían claramente sus montes y pinares, el castillo y las casas blancas de la ciudad a la que -sin saber aún como se llamaba- inevitablemente me dirigía. Veía todo eso y seguramente muchas más cosas sin llegar a hacerme una idea de cómo sería la isla. Porque aunque pudiera parecer lo contrario, odio llegar a los sitios sin ninguna información, sin una triste Lonely Planet y su referencias cool de hostales y restaurantes . Pero Turquía estaba cada vez más lejos y Grecia cada vez más cerca y el barco seguía su camino. No podía hacer otra cosa más que esperar. Esperar lo desconocido, claro.
Decidí entonces sacar información del puñado de turistas que se acompañaban en la cubierta del ferry. Comencé a escudriñarlos bajo las gafas de sol tratando de ser lo más disimulado posible. Mi mirada se fue posando sucesivamente en un grupo de alemanes orondos, en un matrimonio con niños y en una pareja joven que se besaba, se enfadaba y se volvía a besar cada diez minutos. También había un joven con el pelo largo preso del rock épico que retumbaba en su i-pod, así como un grupo de griegas cuarentonas que se decían entre sí -o al menos lo imaginé, dado que hablaban en perfecto griego- lo barato que era Turquía y la pena que daba ver a las mujeres sometidas por tanto bigotudo…
Esta visión me hizo pensar que Lesbos debería ser un sitio turístico como cualquier otro, idea que no recuerdo bien si me tranquilizó o me puso aún más nervioso. De cualquier manera ya sabía algo más de la isla aparte de los (estúpidos) horarios de ferry, lo que era sin duda un punto positivo, y podía dedicarme más tranquilamente a pensar en cómo podría ser mi viaje y en qué podría hacer en un sitio así. En eso estaba pensando precisamente cuando descubrí en una esquina a unas turistas que se habían escapado a mi análisis y que de alguna manera rompían con mi idea de Lesbos como lugar de turismo familiar. Se trataba de dos corpulentas mujeres que, apoyadas una sobre la otra, miraban en silencio el horizonte. Hablaban inglés y el pelo corto y rubio hacía resaltar su piel enrojecida por el sol. Estas mujeronas vestían además ropas modernas de colores llamativos -aunque no vivos-, colores saturados y tan poco naturales como los de las pinturas manieristas. Sí, es lo que estáis pensando: eran dos lesbos.
No pude evitar fijarme en ellas y creo que pensaron que era uno de esos turcos que censuran con su mirada todo lo que les parece extranjero. Yo no quería incomodarlas pero es que no podía apartar mi vista de ellas y no sólo porque fueran diferentes sino también -o sobre todo- porque eran las únicas que parecían tener conciencia del lugar donde nos dirigíamos. Era evidente que para ellas Lesbos significaba algo distinto que para el resto de los viajeros del ferry, que Lesbos era la isla de Safo, la isla lésbica.
A mi esta idea me sedujo mucho más que la de llegar a una especie de Benidorm griego, así que traté de mirar la isla con sus ojos e imaginé mi viaje a Lesbos como un paseo tímido entre cientos de mujeres corpulentas que, después de trabajar en los puertos y gasolineras, gastaban la tarde tomando gyros y cerveza en el paseo marítimo. “Por fin algo diferente” me dije emocionado con la idea de llegar a un lugar así.
Ahora sé que Mitilini -que es así como se llama la ciudad a la que ya casi estábamos llegado- es un sitio playero y convencional como tantos otros, pero aún así me gusta aún imaginarlo como un lugar a medio camino entre algunos bares de Chueca y el mito griego del país de las amazonas. Es por eso que a pesar de todo decidí que mi viaje no podía ser otro que recorrido por la isla de las lesbianas. Aquí está el inicio del relato que, al menos mentalmente, empecé a escribir en ese momento:
“Nada más llegar a la isla, una policía que comía con desgana un bollo grasiento me miró de arriba abajo mientras buscaba en mi pasaporte algún tipo de irregularidad. Comprendí en seguida que trataba de ponerme nervioso y tal vez por ello, o tal vez con el simple deseo de humillarme, me hizo algunas preguntas incómodas poniendo en duda mi sexualidad. Parecía querer medirme, provocar en mí una reacción que le permitiese hacer uso de la fuerza e impedirme la entrada a la isla, a aquella sociedad que, sin contacto con el mundo exterior, llevaba siglos siendo gobernada por y para las mujeres…”

fotos de druidabruxux y designdike

¿Dónde está este lugar?

Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.

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Categorías:Europa, Grecia

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1 respuesta

  1. y hubo espectáculo "bollywoodiense"? ejejejje, qué gracia me sigue haciendo… oye, cuándo nos honrarás con tu presencia? estás al caer? yo me voy el 10 a Gran Canaria y el 20 ya para Gran Germania. a ver si sincronizamos coordenadas en algún momento. cuídate. besos. laClau

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