mon diarrhée

Había escapado de ella durante la semana que llevaba en África, pero sabía que tarde o temprano me alcanzaría. Fue en Djiffer cuando al fin lo consiguió, en un pueblo de pescadores situado a la entrada del delta del Siné Saloum.

Todo comenzó en un modesto restaurante de paredes desconchadas en el que comíamos y regateábamos el precio del viaje con el piragüero. Hacía mucho calor y me sorprendió ver paseándose tranquilamente dos enormes cucarachas sobre el piso. En realidad aquella imagen no resultaba tan inusual –las cucarachas, la tranquilidad y el tamaño desmesurado de cualquier cosa son rasgos distintivos de África– pero unida al sudor que nos envolvía y la pesadez de las moscas me hizo tomar conciencia de su presencia. No había duda, la diarrhée estaba allí, había que tener cuidado.

De acuerdo, 20.000cfs, acordamos finalmente con el tipo convencidos de que era imposible bajar más el precio. Pero como teníamos el síndrome del turista que quiere verlo todo, le dijimos que antes de partir íbamos a dar una vuelta por el pueblo. Pas très intéressant dijo encogiéndose de hombros (tal vez cualquier otra cosa, el francés es siempre un misterio para mí), pero nosotros no hicimos caso a su recomendación y salimos a caminar con el sabor del aceite de palma aún en la garganta. Era, por cierto, la hora de más calor.

Aparte de dos o tres restaurantes tan destartalados como aquel en el que habíamos estado, el pueblo no era más que un puñado de casitas tristes que crecían entre el barro y la basura. Buscando algo más sugestivo nos acercamos a la playa que servía de puerto. Vimos como iban llegando las piraguas de las que se descargaban entre gritos cubos llenos de pescado. Había también un pequeño mercado y no demasiado lejos montones de basura, conchas de caracoles gigantes y peces que, caídos de los cubos, se pudrían entre la arena. En aquel lugar, como en tantas otras partes de África, los olores de la comida se mezclaban con los de la descomposición y era difícil de soportar el hedor, sobre todo si caminabas a través de los tenderetes de madera donde el pescado se dejaba secar durante meses. Este sistema es uno de los métodos de conservación más comunes en Senegal y resulta fácil encontrar en los mercados de todo el país el pescado acartonado y oscuro que queda después del proceso.

Cada vez estaba más cerca, lo sentía. La enfermedad se iba haciendo fuerte a mi alrededor y yo no podía hacer nada por evitarlo. Aún así conseguí esquivarla durante unos minutos, aguantar el inmiente retortijón hasta que, entre la basura, los niños y la gente que comía u orinaba, me la topé cara a cara materializada en una oveja en estado de descomposición. El animal, con el cuello quebrado y un aspecto supurante, exhalaba un olor caliente y denso que, al mezclarse con el de la comida que acababa de ingerir, me cortó de un golpe la digestión.

¿Qué podía hacer yo ante eso? Nada más que abandonarme a mi destino, dejarme llevar. Je vous attendais le susurré a la enfermedad para darle la bienvenida. Y así comenzó la historia del viaje a África que compartimos mon diarrhée el moi. Juntos vivimos muchas aventuras, tantas que no cabrían en este blog. Intentaré eso sí escribir las más interesantes ahorrándome por pudor los detalles más íntimos.


Fotos de Julia Sundar y jpereira.
¿Dónde está este lugar?

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Categorías:África, Senegal

Etiquetas:, ,

2 respuestas

  1. Hola José, te leo aunque dejando quizás mucho tiempo entre un encuentro y otro. Estos lugares me resultan cercanos, es como si el mundo desarrollado no llegase hasta ciertos rincones o solo llegase en la basura y el amontonamiento. Los olores son los que mas llaman mi atención, todo se pudre, se descompone ante una impasible actitud fácilmente adjetivable.

    12 de enero de 2010 12:44

Trackbacks

  1. Hay días en la vida (y II) « Hombrerrante

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