La casa de los esclavos de Gorée

Gorée es una minúscula isla situada frente a las costas de Dakar, un lugar tranquilo, bonito y turístico. Merece la pena darse un paseo por sus calles adormiladas y subir hasta el fuerte donde aún quedan cañones de la segunda guerra mundial, aunque lo más interesante es sin duda su inquietante casa de los esclavos (Maison des Esclaves más concretamente, que estamos en la francophonie), el único de los muchos “almacenes de esclavos” que aún queda en la isla.

A pesar de la historia macabra que oculta, la mansión de los esclavos es un bello edificio de dos pisos distribuidos a través de un pequeño patio interior. Dos escaleras ligeramente combadas llevan a la planta superior donde vivían los esclavistas, oscuros holandeses y franceses que defendían con armas de fuego y grilletes su superioridad racial. Algunas de estas armas aún pueden encontrarse en la sala, utilizada ahora como un pequeño museo de la historia de la esclavitud. Aunque nunca he estado muy interesado en el tema, tengo que reconocer que me quedé fascinado leyendo (o más bien, tratando de leer, porque mi francés es casi nulo) todos aquellos carteles que hablaban, entre otras cosas, del comercio triangular en la que los barcos traían a África armas, llevaban a América esclavos y regresaban a Europa cargados con los productos del nuevo mundo. Somos malos los europeos, bien malos, me decía al mirar todo aquello, aunque al menos me aliviaba saber que los españoles no habíamos sido los peores. Eso sí, resultaba siniestro imaginar un negocio como aquel, y por un momento pensé en qué pasaría si me dedicase al esclavismo. Seguramente tendría que discutir cada día con los proveedores y hacer facturas tipo “3 niños, 2 adultos…”. Necesitaría incluso reclamar pedidos cuando me tratasen de colar a algún esclavo en malas condiciones o el modelo nubio por el zulú, que como todo el mundo sabe no tiene la misma resistencia ni capacidad de carga.

Aún así, imagino que la parte más oscura de todo aquel gigantesco negocio no eran precisamente las facturas sino la mercancía en sí misma. Alrededor del patio de la “mansión” encontramos las celdas que sirvieron durante años para separar las mujeres de los hombres y niños. Aquellos habitáculos me parecieron oscuros y demasiado pequeños si tenemos en cuenta que Gorée fue uno de los centros mundiales del esclavismo. Los turistas que encontré allí mantenían al ver todo aquello la respiración y parecían algo angustiados, abochornados seguramente por todo lo que sus (nuestros) antepasados hicieron. Creo que al mirar aquellas salas imaginaban decenas de cuerpos negros hacinados en la oscuridad y casi sentían las respiraciones agitadas y el olor fuerte de la sangre y el sudor. Las habitaciones más tétricas se encontraban por otra parte detrás de las escaleras, bajo la amplia sala en la que vivían los esclavistas. La única luz que las ilumina entra a través de una puerta que se abre al mar. Agobiado por la sensación claustrofóbica que produce aquel lugar, me acerqué a aquella puerta deseando escapar de allí, pero tuve que detenerme al ver escritas sobre la pared cientos de frases de indignación y tristeza sobre la esclavitud. “La esclavitud nace de la ignorancia”, “no dejemos que se repita de nuevo” o (esta en inglés) “no me arrepiento de que mis padres fueran esclavos sino de haberme alguna vez arrepentido de ello”. Así leídas en un blog de viajes parecen un poco tontas, ya lo sé, pero impresiona encontrártelas en un lugar como aquel. Imaginé que habían sido escritas por los afroamericanos (y no me refiero sólo a los estadounidenses) pensando en la manera en la que sus antepasados salieron de África…

Pero en este punto yo ya había tenido demasiado de la historia de la esclavitud y, medio mareado, lo único que deseaba era cruzar aquella puerta (la conocida como porte sans retour) para sentir el aire fresco. Es la libertad, pensé al salir a aquella especie de puerto rocoso en donde se escuchaba al fin el rumor del mar. No me di cuenta sin embargo de lo paradójico de mis palabras. Porque, según la tradición, los navíos negreros esperaban frente a aquellas rocas a los cargamentos de esclavos y era fácil imaginarlos frente al mar inmenso caminado encadenados como animales. Desde allí viajarían a las plantaciones de Brasil, Estados Unidos y Cuba en donde construirían la riqueza de las naciones europeas con su extraordinaria resistencia física. Aquellos hombres y mujeres dejaban atrás su casa, su familia y, tal vez lo más importante, una sensación de humillación y derrota que terminó ocupando todo el continente. Porque en el fondo la idea que de que los blancos somos poderosos y los negros pobres estúpidos es la primordial en las relaciones que Europa ha mantenido con el África negra. Aún hoy en día las cosas no han cambiado mucho y nosotros tenemos proyectos, poder y dinero mientras ellos siguen sirviendo para hacer el trabajo duro y poner parches allí donde el mundo desarrollado lo necesita. ¿O es que acaso no es así?

Foto de Armando Villena y vídeo de Caetano Veloso sobre la esclavitud (Dia 13 de maio em Santo Amaro na Praça do Mercado Os pretos celebravam (Talvez hoje inda o façam) O fim da escravidão, da escravidão, o fim da escravidão…)

¿Donde está este lugar?

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Categorías:Uncategorized

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2 respuestas

  1. Hooola! No he podido aguantar a volver a España y me he puesto a curiosear tu blog ;-)Me ha encantado lo de blog de viajes imaginados y lo de colocar fotos y videos. Me encanta, pero ponerlos yo me da una pereza…De esta entrada no comento nada, porque ya lo has dicho tú todo, pero seguiré leyendo. Un abrazo y a seguir escribiendo!!

  2. Hola César, Me alegra también leerte por aquí. Ya he visto la lolyplanet y tus aventuras con el ejército Israelí…Tengo muchas ganas de ir para allá. Cuando lo consiga ya te preguntaré cosillas…En fin, gracias también por los comentarios. Los viajes son siempre imaginados, sobre todo cuando los cuentas después de haberlos vividos y los vas manipulando un poco, a veces sin darte ni cuenta.Y lo de las fotos… te animo a poner alguna en tu blog, que da más vidilla! Un saludo y hasta la vista, pues.

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