La Natasha, las Natashas.

Todos los turcos a los que les dije que me marchaba a Ucrania pusieron una sonrisita malévola y me preguntaron si iba en busca de a una Natasha. “¿Natachas, qué Natachas?” Les respondí ingenuamente. Sólo cuando llegué a Odesa y me encontré rodeado de ellas comprendí a lo que se referían. No todas se llaman Natasha, por supuesto, y tampoco son todas prostitutas. Puede, eso sí, que lleguen a parecerlo con tanto tacón altísimo y sofisticación hortera. Lo que queda fuera de toda duda es que, viniendo de una sociedad tan masculinizada como la turca, sorprenden lo altas, rubias y buenas mozas que son las ucranianas. El país es famoso (no sé si añadir, “desgraciadamente”) por esto. Y las chicas es una de las razones principales por las que gente de todo el mundo –y también muchos turcos– vienen por aquí…

Pero centrémonos en los turcos. Las relaciones turco-ucranianas tienen una cierta base histórica y es bien sabido que el poderoso Solimán el Magnífico (llamado por los turcos Kanuni Sultan Süleyman, o Solimán el justo) perdió la cabeza por una ucraniana. No sabemos mucho de ella, ni siquiera su nombre exacto (¿Alexandra Lisowska?), aunque sí el apodo con el que ha pasado a la historia: Hürrem Sultan o, en cristiano, Roxelana.

Esta tarde, sentado en  una terraza de Odesa, me ha dado por recordar su historia cada vez que una rubia a lo femme fatale cruza frente a mí. Capturada por los tártaros y llevada a Estambul, Roxelana entró en la historia cuando, comprada en el mercado de esclavos de la ciudad, llegó al harem del sultán a principios del s. XVI.  Sorprendentemente, la joven ucraniana supo desenvolverse a la perfección en este ambiente cargado de vapores, sensualidad y luchas intestinas por el poder. Sólo Dios sabe gracias a qué artes consiguió que el sultán se enamorar perdidamente de ella, pero una vez que lo logró el resto fue muy fácil. Comenzó librándose de todas sus rivales del harem y sobre todo de la más peligrosa: Mahidevran, la birinci kadın o primera esposa de Solimán. Aprovechó una disputa con ella para presentarse ante el sultán como una víctima y suplicarle que se deshiciera de ella. Solimán no sólo sacó a su esposa del harem sino que, para no enfadar a Roxelana fue prescindiendo también del resto de las concubinas. Finalmente la tomó como su única esposa, algo excepcional en una sociedad poligámica como la otomana.

Pero la influencia de esta mujer, que según la tradición tenía algo de bruja, no había hecho más que empezar. Se dice que fue ella la que impulsó a Solimán a asesinar al Bajá Ibrahim –su amigo de la infancia e importante personaje de la corte–, disfrazando de traición lo que en realidad eran celos de su poder. La misma suerte corrió Mustafá, el hijo del Solimán y Mahidevran, su primera esposa. Se dice que Roxelana también acusó al pobre chico de traición para asegurarse que alguno de sus hijos (el alcohólico Selim, por ejemplo) se convirtiera en el siguiente sultán.

Como vemos, la historia rebosa sexo y sangre, motivos suficientes para que Roxelana se haya convertido en una de las sultanas más famosas de la historia. Pero, ¿queda algo de todo esto en la actualidad? Además de las numerosas obras con que Solimán honró a su amada (como el complejo que lleva su nombre en Fatih y unos baños que aún existen en Sultanahmet), me viene a la cabeza las oscuras calles de Aksaray, en Estambul. No demasiado lejano al antiguo mercado de esclavos, este barrio guarda una relación siniestra con la historia que acabo de contar. Es aquí donde terminan las nuevas Roxelanas (o llamémoslas Natachas, como hacen los turcos), jóvenes ucranianas y moldavas esclavizadas sexualmente igual que sucedía en el siglo XVI. Muchas de ellas vienen precisamente desde el puerto de Odesa, muy cerca de donde me encuentro. Engañadas con ofertas de trabajo falsas y vendidas después al mejor postor, no son tomadas en cuenta por nadie. Ni siquiera la policía turca parece protegerlas de las mafias que han convertido Estambul en un importante  centro del tráfico de mujeres.

La historia es triste pero yo prefiero no pensar demasiado en ella. En su lugar resulta mejor sentarse en alguna de las terrazas de la calle Lanzheronivska para ver pasar las chicas. No sé si se llaman Natachas o Roxelanas; Nadias, Irinas, Olgas… poco importa. Tampoco que Roxelana no fuera tan guapa como uno tiende a imaginar, y que las crónicas la describan simplemente como “grácil” sin hacer ninguna mención a los altos tacones, la rubia cabellera o los pantalones ajustados con los que la imagino.

La única moraleja que se me ocurre para este cuento es que igual que las esclavas se transforman en sultanas, las prostitutas puedan hacerlo en princesas. Un día llegará en el que un jefe de policía o un mafioso con bigote (que en Turquía es prácticamente lo mismo) se enamore de alguna de estas rubias. Aunque ya tenga mujer, se casará con ella y la llevará a una bonita casa con en donde la joven ucraniana planeará, mientras toma té y baklavas junto a sus amigas, vengarse del tipo que las vendió. Tal vez necesitemos una historia así en los cines o en la televisión, una narración que, al igual que Roxelana, transforme a las Natashas en algo literario y real al mismo tiempo. Tal vez esa sea la única manera de que se las tomen en cuenta, de que salgan de sus tugurios de Aksaray y de las páginas de sucesos para denunciar que, quinientos años después, aún existe un mercado de esclavas en el centro de Estambul.

Fotografía de una chica caminando en Kiev (Ucrania) por Joshua La Tendresse. El cuadro de Roxelana es anónimo pero se cree que fue pintado en su época. El segundo cuadro es una visión imaginaria de un mercado de esclavos de Jean-Léon Gérôme (1824 – 1904).

Odesa está aquí y Aksaray, en Estambul, aquí.

La historia de Roxelana ha sido sacada de la obra En el serrallo: la vida privada de los sultanes en Estambul de John Freely. Más información sobre el tráfico de mujeres entre Ucrania y Turquía se puede obtener leyendo este artículo o este documental (un pelín sensacionalista para mi gusto).

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Categorías:Estambul, Europa, Oriente Medio, Turquía, Ucrania

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4 respuestas

  1. Hola hombrerrante, vengo aquí desde tu saludo en mi casa.
    Interesante lugar también, este lugar tuyo. Me ha hecho gracia porque tengo una cuñada ucraniana, guapísima pero muy buena gente.
    De hecho le voy a decir que se pase por aquí, seguro que le interesa.
    ¡Que bueno sería que la esclavitud se terminara!
    Besos.

    • Hola Gloria,
      Ya, es una pena que aquí en Turquía (y tal vez no sólo aquí) se identifique Ucrania con prostitución cuando en realidad el país tiene muchas otras buenas (como el vodka, por ejemplo 🙂

      Pero bueno, tal vez es mejor quedarse con las noticias buenas, como ésta, por ejemplo:
      http://noticiasdesdeturquia.blogspot.com/2010/02/mujeres-salvadas-de-las-redes-de.html

      Un saludo.

      • Hola CHV!

        Qué bueno leerte de nuevo.

        Me ha gustado la historia aunque el trasfondo es muy triste. Apesta cómo todos los rincones obscuros que hacen de esta nuestra humanidad algo deleznable. Por suerte siempre hay luz, incluso dentro de las historias más sórdidas.

        Voy a ir en Junio a Ucrania por trabajo así que cuando sepa el plan de viaje te preguntaré.

        Nos vemos en verano!

        Un fuerte abrazo,

        Juan

      • Hola Juan,
        me alegra también leerte! Pues sí, esta historia huele un poco a alcantarilla, a sudor, a hotel barato… No así la Ucrania que conozco, que es un país bastante curioso y, sobre todo, muy auténtico en su “ucranianidad”. Imagino que irás a Kiev, ¿no? para mi lo mejor es darse paseos por los parques alededor del Dniepper. Allí está Lavra, una ciudad monasterio donde ver el fervor religioso de la Ucrania post-soviética, y un poco más adelante el curiosíimo museo de la 2ª guerra mundial. En la otra parte de la ciudad, la calle Alexandr Nevsky es también muy bonita, y por ella puedes bajar a Podil, la zona más antigua de Kiev donde también hay otro museo, muy muy extraño, sobre la castástrofe de Chernobyl. Por cierto, si no tienes miedo a la radiactividad y el morbo suficiente, puedes visitar la zona afectada por la explosión nuclear y el pueblo fantasma de Prypiat, a unos 200Km de Kiev. Imagino que es como hacerse 20 radiografías en un día, no sé…
        Un abrazo.

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