Acantilados


http://live.goear.com/listen/96f19b9a4bf542a7c58586701bca85ee/4ce2cbc8/sst3/mp3files/25122006/8c9a7f91edee21e82a29ef5210cd46d3.mp3″

Tal vez más que ninguna otra parte de Irlanda, las islas de Arán dan la sensación de encontrarse muy lejos, en un lugar muy diferente a la Europa a la que supuestamente pertenecen. Incluso en Inishmore (Inis Mór en gaélico), la isla más grande, no hay mucha más civilización que un puñado de casas, el pub y la iglesia del pequeño pueblo de Kilronan. Más allá sólo encontramos un desierto verde, un laberinto de piedras que se extiende hacia el mar o el fin del mundo. No hay árboles y tampoco recuerdo haber visto perros, ganado ni casi lugareños. Lo que sí que hay, y a montones, son turistas en bicicleta…

Debía ser verano cuando fuimos a Inishmore porque todos estos turistas de los que hablo iban en pantalones cortos. Nosotros no, por supuesto, conscientes de la relatividad de aquello que los irlandeses consideran buen tiempo. Aunque algo de sol sí hacía y hubiéramos alquilado una bicicleta si a mi amigo C., tan extravagante como anticuado, hubiera sabido montar.

Pero pongámonos un poco en situación. En aquel momento C. y yo acabábamos de terminar la universidad y tratábamos de entender qué había que hacer a continuación. Tampoco debíamos estar muy preocupados, la verdad, incluso si nos daba por hablar con cierta nostalgia de los grandes momentos que se iban quedando atrás. Cinco años dan para mucho: fiestas y cafés cargados, diapositivas descoloridas y un montón de personajes que por una u otra razón habían acabado en aquella facultad de Historia del Arte… Aunque por otra parte nos sentíamos por encima de todo eso, expertos en algo que no sabíamos bien definir. Por eso hablábamos también de Burke y Kant, de como aquel paisaje plano y desnudo de Inishmore recordaba a  las obras del romanticismo alemán que habíamos visto en clase de Lopera. Cuando nos quedábamos sin palabras simplemente mirábamos el cielo a la espera de que la nube pasara y la luz volviera a encender los charcos y la hierba. Entonces nos deleitábamos con la visión de aquel lugar tan bonito que a ratos se nos asemejaba a un cuadro de Turner.

“La búsqueda de una belleza que duele,  que aterra”, parecía decirme Javier Arnaldo al oído mientras hablábamos de todo esto. Aunque como siempre suele suceder lo más espantoso quedaba un poco más allá, exactamente detrás de los muros de piedra que protegían del frío a los raquíticos cultivos. Allí la isla se precipitaba violentamente sobre el océano y unos cartelitos indicaban que había que tener cuidado para que el viento no te arrastrase con él. Desde las ruinas del fuerte celta de Dun Aengus, cortado por la mitad por el acantilado, C. y yo pudimos admirar un horizonte a lo Friedrich y un mar propio de la pincelada nerviosa de Géricault. Asomados en cuclillas, era fácil sentirse minúsculo, inundado por una presencia que, literalmente, “acababa con la razón y la aniquilaba”.

El tiempo debió detenerse entonces, no sé. Tal vez fue que por fin nos encontramos con “lo sublime”  cuya definición habíamos estudiado a conciencia para el examen de “teoría del arte III”. Lo cierto es que no podíamos apartar la mirada de las olas que cientos de metros más abajo nos invitaban a ir a su encuentro y solo el frío o el miedo consiguió alejamos del borde. Una vez sentados  cómodamente sobre la hierba húmeda, volvimos por inercia a las bromas antiguas, como si estuviéramos en el parquecillo frente a la facultad.  Pero después de haber visto el abismo de verdad resultaba difícil volver a hablar de todas esas personas que empezaban ya a desaparecer, que se esfumaban en alguna parte de la mente igual que las fechas y los nombres después de un examen.

Ya nunca más estaremos en aquel parquecillo frente a la facultad, pensé,  y tal vez  fue por eso que, cuando C. me preguntó mirando el mapa de las islas adonde podíamos ir, tuve un ataque de romanticismo y le dije que siguiéramos más adelante, hacia el acantilado. Lo dije  medio en broma medio en serio, cegado y harto de tanto recuerdo al óleo. Aunque imagino que C. me entendió, porque se río muy en serio, sintiendo como yo que los cuadros empezaban a caerse estrepitosamente a nuestro alrededor. En realidad los dos  comprendíamos con horror que había otro acantilado tras el cuadro del acantilado (muchos otros quizá). Y si nos reíamos era para disimular la angustia de no saber nada de su estilo, ni siquiera de su autor.

¿Dónde está este lugar?

Foto de Nina in the sky y cuadro tormenta de nieve (1842) de William Turner

Canción the merry sisters of fate del grupo irlandés Lúnasa.

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Categorías:Europa, Irlanda

Etiquetas:, ,

5 respuestas

  1. Pues si que es interesante, (normalmente me aburren los web de viajes)

    Una buena carga filosófica que va y viene con claroscuros sorpresivos sobre el paisaje.

    Como las tormentas en los “cliffs” de la islas de Aran

    Un saludo

  2. Y ahora pienso en tantos otros acantilados, que no siempre estamos capacitados para ver…

    En algún momento compartí contigo, o quizás no, un despeñadero que recuerdo como si fuera ayer. Habíamos recorrido campos, vías de tren, personas que no nos entendían, fotografías azules llenas de sueño. Y allí estaba, en algún lugar que era un final, con sus muros de piedra y sus turistas. Los turistas siempre se esfuman como si fueran fantasmas cuando emerge el vacío y las palabras certeras, las que toman sentido de golpe. Esa noche en San Miguel, perdida de todo, llegué a entender que teníamos un final también nosotros, tan jóvenes y atrevidos, tan burlones y tan sinceros. Que la marea rodeaba irremediablemente ese castillo que parecía la propia conciencia, erecta absurdamente, desafiando a la nada. No podía hablar y quise correr muy fuerte. Después no recuerdo nada, me absorvió una negrura muy profunda que guardo con mimo hasta hoy, y obtuve una bien merecida catarsis, al borde de lo que me pareció el más pavoroso verano y el más terrible acantilado. Sólo un par años antes había estado en estos otros de Arán, buscando la fotografía de ese otro gran amigo F. que conocí allí, y que hoy ha guardado en un cajón cualquier vestigio de lo sublime, en su sentido de privilegio que nos roza. Curiosamente, frente a aquel mar inmenso sólo sentí el fuerte viento y el sol en la cara y me dejé inundar de vida. Probablemente, porque yo sí que fui en bicicleta…!

    Saludos a los recuerdos.

    • Hola Esther,
      Sí, si que me acuerdo: el castillo de San Miguel en la bretaña francesa, un verano de hace como diez años. Entonces todavía no habíamos comenzado a descubrir que se puede caer incluso en los acantilados que uno dibuja con cuidado (¿aunque para qué iba a dibujar uno un acantilado si no es para tirarse por él?). Aunque me sorprende pensar que aquel lugar, que sin duda era un final, no me lo pareciera entonces a mí. Yo no corrí a través de la noche y tampoco tuve la sensación de que aquello tuviera que acabarse. Entonces me parecía que podríamos seguir así: cogiendo un tren, otro, yendo de Brujas a París y después a Amsterdam, haciendo las cosas que uno tiene que hacer cuando se es muy joven en esa Europa que entonces nos parecía lejanísima…
      Voy a pensar en un lugar de ese viaje para una entrada en el blog, a ver si se me ocurre. ¿la plaza de Brujas? ¿El camping de Amsterdam? ¿La catedral de Reims? Sin duda son parte fundamental de esta cartografía sentimental y habrá que dibujarlas…
      Un saludo y hasta pronto!

  3. Buena entrada, cómo siempre.

    Cuando estés por aquí vamos a ver a Turner

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/Prado/descubre/Turner/elpepucul/20100524elpepucul_3/Tes

    Un abrazo!

    Juan

    • Hola Juan!
      Pues claro, eso y cañas y nestís y lo que caiga.
      Tengo muchísimas ganas de volver a Madrid, hace ya como seis mese que me marché…
      En fin, gracias como siempre por leer y comentar.
      Nos vemos!

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