El viajero y el morbo (I)

Ante la mirada del turista el paisaje se aleja hasta hacerse fotografía. La estética es uno de los principales placeres que sentimos al viajar, y sólo así se explica nuestra obsesión por usar cámaras más y más grandes para captar momentos cada vez más minúsculos (por ejemplo: cuatro madrileños frente a un monumento de 1500 años). Pero si bien es cierto que los turistas buscamos imágenes, no siempre tenemos la misma forma de apreciarlas. Con el folleto entre las manos podemos escoger entre el museo arqueológico o un bazar sobrecargado de olores. O, si estuviéramos por un casual en Cracovia (Polonia), nuestras opciones bien podrían ser visitar las minas de sal de Wieliczka o ir a Oświęcim, más conocido como Auschwitz. Cuando hace unos años tuve que tomar esta decisión me lo pensé mucho. Me hubiera encantado ver la escultura de sal del papá Juan Pablo II, pero ¿cómo podía dejar de ir a un verdadero campo de concentración?

Fue de esta manera el morbo (bien disfrazado eso sí de un supuesto interés histórico) lo que me hizo convencer a mi amigo P. para ir hasta Auschwitz. Morbo y curiosidad (morbosa), ya que ¿acaso sabía algo de ese lugar antes de llegar a Cracovia? Ni siquiera que se encontraba en Polonia, ni que seguía existiendo hoy en día o que se podía visitar. Conocía las películas, eso sí, e intuía que podría ser algo una lista de Schindler a lo 3D. Y así era más o menos. Había vallas, alambre, barracones y una puerta sobre la que se podía leer la famosa inscripción de “el trabajo os hará libres”.

Recuerdo el día algo plomizo, o tal vez confundo el paisaje con mis sensaciones. Caminábamos sin seguir las flechas, leyendo eso sí las placas que nos decían, por ejemplo, el número aproximado de personas que habían sido torturadas en aquellas celdas minúsculas. En un patio desangelado en el que alguien había dejado unas flores había otra que nos informó de que el lugar se utilizaba para ajusticiar a los reos. ¿Es esto lo que hemos venido a ver?: Sí, por supuesto. Los turistas somos voyeur por naturaleza, y de todos los espectáculos posibles, la muerte es siempre el más impresionante. Además, destruido por los nazis en su huida y reconstruido para las visitas, el lugar invitaba a pasearse por él como si fuera un museo. Aparte de las placas había documentales, mapas guías y audioguías que ayudaban aún más a representar el horror.

En un cierto punto nos encontramos rodeados de fotos en blanco y negro de los ajusticiados (o más bien de parte de ellos, ya que llegaban tantos que al final resultó imposible fotografiarlos a todos). Aquella imagen me quitó el aliento a pesar de (o sobre todo porque) me hacían pensar en Boltanski y su obra les suisses morts. Fotos de muertos. Rostros casi borrados, sin nombre. Y sin llegar a reponerme del todo de esta visión, llegamos a salas repletas de zapatos, maletas o pelo natural, lugares que poseían una inesperada carga poética. Si no lo hubieran hecho oficiales nazis siguiendo órdenes, hubiera pensado que se trataba de un juego de descontextualización surrealista. Aquellos objetos, aún con las marcas de sus dueños, no podían ser usados ni identificados. Servían solo para ser mirados.

Creo que a mi amigo le estaba dando ya un vahído cuando le dije que fuéramos a Auschwitz II. En el folleto explicaba, con tintes muy sombríos eso sí, que esta otra parte del campo de concentración era más extensa y resultaba mucho más impresionante al no haber sido reconstruida tras la guerra. P. me miró molesto. “¿Realmente te gusta esto?” me dijo y se dirigió a la puerta sin dejarme ni rechistar. Yo me sentí un poco estúpido con el mapa entre las manos y rodeado de imágenes que me impedían ver el sufrimiento real. Y entre culpable por ser un occidental decadente y contrariado por no poder ver Auschwitz II –que es en realidad la parte del complejo que se identifica más con el Auschwitz de las películas–, le seguí hasta la salida preguntándole si no tenía nada de hambre. Al menos a mí, aquella visita me había abierto el apetito.

Foto de maletas en Auschwitz de Gustavo Higueruela.

La foto inferior es de la obra No man’s land del artista francés de origen judío, Christian Boltanski. La fotografía es de sylvain-emmanuel.

¿Donde está este lugar?

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Categorías:Europa, Polonia

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7 respuestas

  1. Buena entrada.

    Yo estuve en Dachau – cerca de Munich – y la verdad que me dejó muy mal cuerpo. Por suerte ya no recuerdo mucho de lo que vi, sólo recuerdo unas fotos de experimentos que hacían con reos para estudiar lo que soportaban a bajas temperaturas (les metían en bañeras llenas de hielo y esperaban a ver cuanto tiempo aguantaban antes de morir y “registraban” los cambios que sufría el cuerpo).

    A veces damos pena por no llamarlo asco.

    • Hola Juan,
      gracias una vez más por comentar!
      He estado un poco extravíado últimamente, pero ya estoy de regreso.
      La verdad es que no tengo ni idea de qué pensar sobre estos museos del horror. A mi me gustan, pero porque creo que porque no los veo como lugares reales. ¿Estaré enfermo?
      Un abrazo!

  2. Buenas Hombrerrante. Buena entrada que me hizo recordar mi viaje a Cracovia hace pocas fechas. Escribí un artículo acerca de mis impresiones del país y sus gentes:
    http://lacomunidad.elpais.com/pensamientos-comunes/2010/7/2/la-vieja-europa-viaje-cracovia-polonia-

    Un placer pasar por aquí. Hasta pronto.

  3. Una restauradora alemana (además de encantadora) que conocí en el Reina estuvo en Auschwitz -no sé si I ó II- haciendo sus prácticas de la escuela.

    Decía que aún seguía despertándose sobresaltada en medio de la noche recordando el brutal aprendizaje, las sensaciones acumuladas durante un mes, que incluían el alojamiento allí, como corresponde a todo restaurador que ha de prepararse para ser nómada. Imagínate el panorama; los restauradores de pintura empleados en salvar los rasguños hechos con las uñas y los dientes dejando sus últimos mensajes en las cámaras de gas; los de escultura con maletas infinitas y restos que aún guardaban todo su olor (decía Estrella de Diego que nada le dio tanta repugnancia de una instalación textil de Boltanski como sentir la manera en que el olor de las ropas le invadía por dentro…). Si hasta una piedra románica te puede producir neurosis en el silencio continuado con ella, a saber qué cosas le pasarían a mi amiga por la cabeza mientras dedicaba el verano a tan honrosa profesión. No me dijo nada concreto, pero por propia experiencia sé que ahí estaría precisamente el reducto de la historia que se neutraliza, que se deglute o se allana (y de paso se hace morboso) para otros.

    Ahora que piensas en la perspectiva del turista en la creciente musealización del mundo, mando un pensamiento redentor para las criaturas anónimas que sin saber ni cómo se ven inmersos en hacer visibles las memorias más inverosímiles… Todo sea por la cultura! 😉

    • Me gusta mucho lo de “la historia que se neutraliza, de deglute o se allana”. Es precisamente eso lo que pasa en los museos, ¿no?, que nos hacen comprensible lo que no se puede entender.
      No sólo vivimos en un mundo museizado, sino también para todos los públicos. Pero parece que hay una contradicción en este gusto de hacer visible lo que no puede ser mirado, algo tan estúpido como (se me acaba de ocurrir) crear un museo de la pobreza de las calles de Nueva Delhi.
      Por supuesto yo también estoy con la cultura, pero el duro trabajo de tu amiga (y más siendo alemana, con todo lo que les torturan en la escuela con el tema del holocausto), resulta institucionalmente enfermizo y algo inconsistente. Aunque nunca fui, he visto fotos de Austwitz II (es tan grande que se ve con el Google Maps). Ese campo de concentración (“el campo de concentración”, más bien) es tal vez más impresionante destruido que el que está al lado, restaurado y museizado. ¿Por qué tenemos que racionalizarlo todo, incluso el horror? ¿Para cuando el museo de la muerte?
      Un fuerte abrazo!

      • Se va del post, pero no me resisto a contestarte a este tema que tanto me encanta de las mayorías y las minorías, y lo que es visible o invisible en los museos, con una obra creo que fantástica de los ucranianos Ilya y Emilia Kabakov: Incident at the museum or water music (1992). Creo que es de las obras más atractivas que he visto sobre la relativización del (precario) espacio del museo, y nuestra percepción de la obra de arte.
        La lástima de esta tendencia a apostar por las mayorías es siempre la cantidad de minorías -y contradicciones- que se pierden en el camino…

        Ronald Feldman Gallery, 1992. )

  4. Viajar no sólo se compone de momentos placenteros. Es un apredizaje que incluye experiencias a veces desagradables pero no por ello menos valiosas. Saludos

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