el viajero y el morbo radiactivo (III)

victimas de Chernobyl

El viajero morboso, después de babear con las momias del monasterio de Lavra, coge el metro y se baja en la parada de Kontraktova Ploshchad, cerca del Dniéper. Busca en el mapa de Kiev y callejea hasta encontrar un edificio amarillo con unas viejas ambulancias y coches de bomberos en el exterior. Al lado de la puerta hay un cartel que dice національний музей “Чорнобиль” y, un poco más abajo, Ukrainian National Museum “Chornobyl”, que es lo que él comprende. Antes de entrar, toma aire y se pregunta qué puede encontrar en un museo dedicado a la peor catástrofe nuclear de la historia. No tiene ni idea, pero espera por su bien que no sea radiactivo.

La historia comienza hace muchos años, en una época en la que el viajero morboso aún pasaba las tardes jugando con clics de playmobil. Fue entonces, en una fría noche de abril (en Ucrania hace frío incluso en primavera), cuando el equipo de la central nuclear de Chernóbil se dispuso a realizar un experimento en el reactor número cuatro. No puedo explicar qué hacían exactamente, y seguro que hay otros blogs en donde podréis comprenderlo mejor. En este en concreto, lo que importa es que la noche era, además de fría, sospechosamente oscura, y que se ensombreció aún más cuando se escucharon los primeros crujidos en el reactor. El viajero morboso imagina al grupo de ingenieros discutiendo en ruso y la nube de hidrógeno creciendo en el interior de la central. Tal vez sonaron las alarmas (aunque de esto no está seguro, ya que para realizar el experimento los ingenieros habían desconectado los sistemas de emergencia) pero solo cuando los controles dejaron de responder se hizo evidente que las cosas iban muy mal. A la 1.23 a.m. el reactor saltó por los aires con una explosión fluorescente. Debió de ser un espectáculo impresionante, incluso si los pocos afortunados que lo presenciaron no vivieron mucho para contarlo.

El viajero morboso, aunque no tenga ni idea de ucraniano, trata de reconstruir el resto de la historia en los estantes del museo. Aquí y allá hay fotos de los responsables del accidente, de los miembros del gobierno de aquella época y también de los “liquidadores”: aquellos que limpiaron los residuos radiactivos con equipos insuficientes para protegerse de la muerte. También hay algunas fotos de Pripiat, el pueblo donde vivían los operarios de la central y que, desalojado tres días después de la explosión, es posible ahora visitar por un precio nada módico. Y junto a las fotos, colocados de una manera escenográfica, hay ingeniería nuclear recién traída de los ochenta, dibujos infantiles o mapas que el viajero morboso mira sin entender. El museo es cutre, pero la historia es tan fuerte que es fácil que te atrape en su pretendida oscuridad. Al viajero morboso le van aflorando los recuerdos de hace veinticinco años, cuando jugaba con los clics y en las noticias aún se hablaba de la URSS como una potencia amenazadora y lejana. Se acuerda sobre todo de una tarde fría de invierno, viendo junto a su abuela un reportaje del Informe Semanal.  En un gráfico tan ochentero como la televisión que miraba, se indicaba el recorrido de la nube radiactiva que se dirigía hacia España. Entonces hasta el miedo era diferente, y en lugar de las hipotecas o la crisis económica estaba dominado por el estroncio, el cobalto y el plutonio.

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El lugar tiene algo de futuro de la infancia, de pesadilla barroca en la que un enorme San Miguel (patrono de Kiev y ejecutor del juicio final) convive con un maniquí vestido de liquidador. “Es como si Sigourney Weaver rezase a San Judas Tadeo antes de enfrentarse al Alien”, piensa el viajero morboso, que no consigue quitarse de la cabeza una rata mutante que ha visto disecada en otra sala. Un poco más allá, una especie de capilla se levanta sobre la imitación del suelo del reactor número cuatro. Sobre ella hay un baldaquino con juguetes y detrás fotos de niños muertos por cánceres varios.

El viajero morboso, perplejo ante esta sobrecargada mezcla de historia, divulgación científica y cristianismo antinuclear, sigue sin entender la idea que reside en el fondo del museo. Aunque lo que más le preocupa es descubrir por qué la espada del arcángel San Miguel le hace volver una vez más a esa tarde de 1986 en la que, aburrido de jugar con sus clics, se sentó junto a su abuela a mirar el Informe Semanal. Hay algo perturbador en esta imagen, por otra parte tan familiar. Al recordarla experimenta una tristeza pegajosa que no tiene nada de morboso.

Detrás de la pantalla de la vieja televisión de su infancia, a poco más de 100 kilómetros de Kiev, se sitúa la zona de exclusión de Chernóbil. Allí se levantan aún los edificios de Pripiat, detenidos en un paisaje a la vez postnuclear y ochentero. Mirando las fotos puede imaginar que pasea por la ciudad. Hay también un puñado de otros turistas morbosos que comprueban que, tal y como les habían dicho en la agencia, el contador Geiger se vuelve loco cuando lo acercas al césped. Él los mira de reojo y se aleja un poco para buscar entre los bloques soviéticos, los videos y los mapas la calle por donde volvía del colegio. El contador mide, además de la radiación, sus temores infantiles, y pita con fuerza cuando entra en el número 47, frente a la ferretería. La puerta está abierta y en el salón todo sigue igual que en aquella tarde de 1986. Hay una foto de Lenin y unos clics tirados en el suelo. El silencio le parece extraño porque su abuela, bastante sorda, siempre ponía la televisión muy alta. Todo sigue igual aunque los focos, colocados de una manera teatral, crean una oscuridad tan densa que resulta imposible de desentrañar.

El viajero morboso tiene tanto miedo que le gustaría arrechucharse junto a su abuela y sentir el calor de su cuerpo enfundado en varias mantas. Pero en Ucrania siempre hace frío, también en los museos. El viajero morboso (que ya no es más un viajero morboso sino un treintañero perdido en un país excomunista) piensa en tirar su guía e irse directamente a cualquier playa. Se siente incómodo en aquel lugar rodeado de fotos en blanco y negro, objetos de los ochenta y juguetes radiactivos. También desvalido, sobre todo cuando se da cuenta de que el tiempo no lo ha ayudado a superar los miedos de su infancia. No solo eso, sino que lo ha dejado solo; desnudo frente a un viejo Informe Semanal que explica sin ningún morbo la catástrofe nuclear de Chernóbil.

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fotos de Peterms, Recantamir y Elena Senao.

Dónde está este lugar?

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Categorías:Uncategorized

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2 respuestas

  1. Muy grande.
    Texto y banda sonora a juego.

  2. Gracias!
    Pero la foto ha desaparecido, de pronto…
    Tendré que buscar otra.
    La canción es un temazo del futurismo setentero.
    ‘Radioactivity is in the air for you and me…’
    Un saludo!

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