paseo sinestésico por Sarajevo

plaza llena de palomas

En Sarajevo hay una plaza con tantas palomas que los niños, de visita escolar, juegan a perseguirlas. También hay turistas y una fuente turca, de madera. Detrás, casi al fondo, un restaurante anuncia como especialidades urfa čevap e izmirske čufte a pesar de que el cocinero nunca haya estado en Urfa ni en Izmir.

Camino solo por Sarajevo, en silencio. Ha llovido y en las calles brilla la nostalgia. Los alminares, que sólo llaman a la oración al atardecer, se yerguen silenciosos frente las verdes montañas. A mi lado, dos tipos con bigote se saludan con un As-Salāmu `Alaykum  (wa `alaykumu s-salāmu ) con acento bosnio.

No me detengo, me da la sensación de que ni siquiera podría hacerlo. Sarajevo es tan diferente a como había imaginado que me esquiva a cada paso. Recuerdo que la Primera Guerra Mundial comenzó aquí con el asesinato del archiduque Franz Ferdinand. Después hubo otras guerras y los periódicos se llenaron con sus fotos, de eso sí me acuerdo. Pero aún así fue hace bastante tiempo, a mediados de los noventa, creo. En una librería para turistas hay un gráfico sobre el asedio de la ciudad pero no me paro a mirarlo. Podría estudiarlo durante horas sin llegar a entenderlo.

Sigo caminando, ¿qué hacer si no? Arrastrando los pies cruzo tiendas para turistas que venden platos de cobre, camisetas de fútbol, cascos de guerra. Más adelante, también una iglesia ortodoxa que guarda una virgen Theotokos o Eleúsa (tal vez ambas), una sinagoga y un mercado, varias mezquitas. Un poco más arriba una casa tiene grabada en pequeñas placas el nombre de todos sus muertos. Y hay muchos más edificios, unos viejos y otros restaurados, algunos con grandes agujeros de metralla. En uno de porte austro-húngaro escucho ensayar a los alumnos del conservatorio. A lo mejor están solo afinando, pero a mi me recuerda al Cuarteto para el Fin de los Tiempos.

Un poco más arriba hay un cementerio y, ya casi en lo más alto, el muro de una fortaleza. Allí me siento junto unos adolescentes bosnios que beben cerveza. Abajo, un río marrón pasa frente a antiguos palacios y la biblioteca quemada durante la guerra. Hay un parque, árboles y, a lo lejos, los altos edificios del nuevo Sarajevo. También otras muchas cosas, pero cada vez me voy sintiendo más incapaz de hablar de ellas. A lo mejor es porque la melodía descompasada que acabo de escuchar se hace más y más fuerte. Me llega a oleadas desde el fondo del valle o el centro mismo de la oscuridad. Cuando está a punto de romperse, se hace huidiza. Se escurre.

No estoy seguro de qué trata esta historia. Lo único que saco en claro es que no voy a entender nada, nunca. Al menos no los rostros, no las arrugas, no los deshechos. Ni siquiera soy capaz de explicar porqué la belleza me pone tan triste. En realidad lo único que quería era emborronar la cuartilla con palabras, enrarecerlas para asemejarlas a la música que tengo en los oídos. Esta mañana el cielo de Sarajevo está cubierto. Ha llovido y, mojados, restallan los tejados de las casas. No he fumado, lo prometo, pero aún sereno me es imposible evitar que la ciudad se deshaga, una y otra vez, en un cuchicheo de violines atonales.

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Foto de Simo Ortamo. La música es el, como no, el primer tiempo del Quatuor pour la fin du temps de Olivier Messiaen.

¿Dónde está este lugar? Pues aquí.

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8 respuestas

  1. es comprensible. la belleza de sarajevo es muy triste, casi más melancólica, como si todo y todos se supieran bellos, pero fueran a la vez conscientes de que nunca recuperarán el brillo perdido.

    • Hola Victoria!, pues sí, eso es lo que me parecía a mí, que había algo detrás de esa belleza que no lograba comprender… gracias por comentar. Un saludo!

  2. Me enamoré de Sarajevo hace tres años, iba a pasar allí cuatro días y me quedé ocho, y al irme sentí que dejaba atrás más que una ciudad, un hechizo.
    Me ha gustado tu relato, lo he leído con nostalgia. Viví aquella ciudad muy intensamente y aún no he sido capaz de escribir a fondo sobre ella, quizá me falten las palabras precisas, quizá ni siquiera existan.
    Sarajevo, sin embargo, no es una ciudad triste: la tristeza la llevamos en el alma quienes vamos allí con los recueros trágicos de la guerra de los años 90. Sarajevo tiene un alma sencilla, múltiple, pero amena, y sus gentes, aunque aún sientan las heridas de aquella contienda, siempre te sonríen, siempre están dispuestos a entablar conversación contigo: sólo hay que incitarles a que lo hagan, pues lo desean fervientemente.
    Gracias por devolverme tan gratos recuerdos y un saludo.

    • Sí, sin duda, creo que si no hubiera sabido que había habido una guerra no me habría producido tanta tristeza. Pero aún así, creo que, a pesar de las restauraciones y la alegría de la gente, todo esos recuerdos tienen que estar por alguna parte. Un saludo y gracias por comentar.

  3. Uno a Sarajevo ideas de religión y muerte, pero me quedo con las palabras de Albert, también tienen derecho a sonreir y olvidar. Saludos.

    • Sí, todo el del mundo. En el fondo no tengo ni idea de como son los Sarajevos (por no saber, no sé ni su gentilicio), ya que no conocí a ninguno… Un saludo!

  4. Hola Hombrerrante:

    Me alegra haber visto que en esa inmensa cantidad de chinchetas clavadas en tu mapamundi una señalaba mi país.

    Después de haber leído tu pequeña narración y tus impresiones, he de decirte que Sarajevo siempre tendrá ese aura de nostalgia al que te refieres. Bosnia en sí siempre ha representado el seno de muchos conflictos, desde la época de los Otomanos. Las personas llevan marcado el sello del sufrimiento. La tragedia sucedió justo cuando yo nací (exactamente 7 días antes), lo que es bastante reciente y, sin duda, cualquier turista que vaya sin saber mucho sobre el tema se quedará asombrado; precisamente porque todavía se respiran las cenizas, no solo de los fallecidos en la guerra, sino de una Bosnia y una Yugoslavia que ya no existe. Que ya no existirá jamás.

    Un saludo.

    PD. ¡Adjunto una cancioncita! 😉

    • Hola Meridianodeich,
      gracias por la canción, menos triste que el Quatuor pour la fin du temps, la verdad 😉 Me gustó mucho tu país, aunque estuve poco en él. Aquella tristeza por la desaparecida Yugoslavia la percibí en el café dedicado a Tito y lleno con sus fotos. Un saludo!

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