la gran aventura suburbana (II)

los lados de la vía de servicio

(viene de aquí)

Tal y como imaginaba, no hay más que una triste vía de servicio al otro lado de la verja, el control de seguridad y el nombre escrito en grandes letras de la universidad. El viajero landartista lo sabe bien. Pasa por allí cada día en el autobús privado, aunque es sólo ahora, al caminar, cuando se da cuenta lo atractivo que resulta la irregularidad de las fábricas y las obras; la forma en la que los talleres y descampados se amontonan a los lados de la carretera. Si no fuera porque los camiones que le adelantan dejaran una nube de polvo que le impide respirar, hasta disfrutaría del paseo.

Medio ahogado, tiene que caminar unos veinte minutos hasta encontrar el primer rastro de vida. En la entrada de una gasolinera un tipo revuelve la basura y él se acerca para preguntarle Istanbula nasil gidebilirim. El hombre, tan sucio y moreno que podría pasar por mulato, le dice en un turco de Kaharamanmaraş que ya está en Estambul.  Bueno, entonces cómo se va a Taksim o a Kadikoy, a lo que él le responde algo así como que los minibuses pasan más o menos por ahí, más adelante.

Sigue andando y unos metros más allá, en un cruce entre un aparcamiento de camiones y un murete desconchado, encuentra una oxidada parada de autobús. No hay ninguna información en ella y a los únicos a los que puede preguntar es una pareja que, sentada sobre unos ladrillos, parece salida de una película turca de los setenta. Ella está repintada y se le ven las rodillas bajo su falda negra. Él –al que se imagina como un manager venido a menos– lleva bigote, traje brillante y zapatos tres números más grandes de lo que necesita. Cuando se acerca y les pregunta cómo puede ir a Estambul le miran con cansancio. ¿Istanbula mi?, dice el tipo mientras se enciende un cigarro. Burdayiz, yane.

O sea, que ya estamos en Estambul, ¿no?, se dice en silencio el profesor con aspiraciones de (land)artista. Confundido, vuelve a la parada y se sube en el primer autobús que pasa desistiendo de preguntar a nadie adónde va. Se sube sin más y, como está casi vacío, se sienta junto a la ventanilla para poder observar con atención ese paisaje desconocido de la ciudad en la que vive desde hace demasiado tiempo. Hay más fábricas, más campos y, al final, una barriada cualquiera llena de casas, calles y turcos.

El autobús para y arranca, la gente sube y baja a trompicones. Es primavera y los niños vuelven del colegio, los hombres del trabajo y las mujeres de comprar cigarrillos al bakkal. O, tal vez, los niños vuelven del trabajo y los hombres de comprar cigarrillos mientras a las mujeres les ha dado por tomarse un té con sus primas. No le importa mucho, la verdad, adonde van o vienen todas esas personas. Por mucho que quiera nunca va a entenderlo así que prefiere observar ese aire de ciudad de provincias que tienen algunos barrios periféricos de Estambul.

Un abuelo se asoman al portal de su casa vestidos de una forma que nunca ha visto en Taksim. Muchas mujeres se pasean con sus largos vestidos y sus coloridos velos que siempre dejan que se les vea un poco el pelo… ¿de donde habrán salido? Una de ellas mira con sus ojos verdes al explorador suburbano y por un instante se siente tentado a preguntarle donde va el autobús, si sabe dónde queda el centro de la ciudad o si simplemente existe uno. Si no lo hace porque sabe de antemano que no entenderá su turco ni qué hace un extranjero dándose una vuelta por allí. Así que prefiere seguir mirando el paisaje y cuestionarse si es posible hacer una obra de arte subido en un autobús (y esta reflexión puede formar parte de la misma). O si alguna vez va a entender todas esas calles y casas y turcos (entenderlos y después ser capaz de escribirlos).

Suburbios de Estambul

Fotos de Amalí y de un tal Harvey

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Categorías:Uncategorized

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11 respuestas

  1. Buena entrada!

    “[…] de la ciudad en la que vive desde hace demasiado tiempo.”

    Noto una pequeña gran carga en esas palabras?

    Vuelves en verano?

    Un abrazo!

    • No, la verdad es que no es mi idea volver por ahora, a lo mejor en septiembre, pero nunca se sabe… Pero sí, el profesor landartista, como yo, está ya un poco cansado de Estambul. Aunque le sigue gustando, sobre todo cuando está tan tranquilo como ahora, por el Ramadán.
      Un abrazo!

  2. ¡Muy bueno! Me encanta el final. Gracias por el paseo en autobús. Ha sido muy interesante. El landartismo, toda una filosofía desconocida para mí.

    Un saludito y besos
    hasta la próxima.

    • Hola Lola! La verdad es que el pobre profesor está fascinado con Robert Smithson (uno de los creadores del land-art) y sus paseos suburbanos por Passaic. Pero aún tiene mucho que aprender, me parece, si quiere hacer una auténtica obra de arte solo montando en autobús.
      Un abrazo y hasta la próxima!

  3. Me encanta cómo lo has escrito. Puedo vivirlo desde sus ojos.
    Gracias por usar mi fotografía con tan bonito texto.

  4. …perdido en la inmensidad de la ciudad, en su propia inmensidad. Saludos.

  5. hola! fenomenal autoretrato, cada vez me gusta más como escribes. ¿Para cuándo la tercera parte? Estoy espectante, y noto como late el documento contractual “neo-nuevorealista” que firmamos y que guardo con mimo en un cajón…

    Besos desde la cuenca (por fin pacificada) del Alberche!

    • Yo tampoco sé muy bien cómo termina esta historia, pero imagino que eso es lo que pasa cuando se camina como forma de práctica estética.
      Pase lo que pase, para mi lo más importante es tener una coleccionista que se interese por mis obras. Más que una suerte, un lujo 🙂
      Un abrazo!

  6. Te leo siempre en ratitos libres que tengo y la verdad es que me encanta seguirte el rastro. ¿Dónde andarás ahora?

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