Günah (pecado)

Comprendí el problema mientras estaba mezclando el azúcar moreno con la hierba buena. Era simple, bastante simple: lo único que pasaba es que no quería entender. Mira que se lo había dicho, pero a ella le entraba por un oído y le salía por el otro. Ya iba para una semana en Estambul y seguía con sus shorts y sus camisetas de tirantes; con ese pelo de longitud casi obscena que ni siquiera se cubría cuando salía a la terraza. Me venía con que era un paranoico, un exagerado, y daba así por zanjada la conversación cada vez que se lo mencionaba. Paranoico, me dije al añadía el limón, va a ser eso. Lo que pasaba es que no tenía ni idea de cómo estaban las cosas por aquí.

Pero no quería darle importancia, así que preferí prepararme con calma el mojito en lugar de enfadarme una vez más. Eran ya las doce y de la terraza llegaba junto al olor de los cigarros de clavo el sonido de unas risas y conversaciones en inglés. Por fin había llegado su último día en Estambul y, aunque nunca lo admitiría, me alegraba de que se fuera. No veía la hora en la que dejaría de escuchar sus comentarios sobre lo mucho que odiaba a los Estados Unidos, de lo fascinante que resultaban los turcos y el interés que le despertaba su religión, el subdesarrollo, el color local. Cada vez que hablaba con ella me daba la sensación de que esperaba que la felicitase por lo valiente y abierta que había sido por venir hasta aquí. La pobre aún veía Estambul como una ciudad exótica y llena de aventuras, así que no valía la pena discutir con ella. Daba igual que hubiera dado tres vueltas al mundo: nunca entendería nada. Los países eran para ella un fondo fotográfico frente al que posar guapa, con su sonrisa blanquísima, rodeada de muchos amigos. Debía haberlo comprendido cuando miré su perfil en la página del couchsurfing, pero ahora que llevaba una semana durmiendo en mi sofá era demasiado tarde para arrepentirse.

Añadí el ron y la soda, le di el primer sorbo. Incluso servido en un vaso de plástico había que reconocer que estaba estupendo. Pensé en quedarme allí, en la cocina, disfrutando en soledad del mojito, pero algo me impulsaba a salir a la terraza. La verdad es que la fiesta que había organizado para la despedida de la yankee no era muy seductora. De las veintitantas personas que había invitado habían aparecido sólo cinco, y hasta esas pocas ya me estaban cansando. No lograba estar relajado del todo, sobre todo porque esta tarde, tratando de ser simpático, había tenido un encontronazo con mi vecina y su hija. Les había  contado que iban a venir unos amigos por la noche a la terraza.  Había tenido que explicar en mi pobre turco que no era porque me fuera al ejército, no, si no más bien porque la huésped (que no era mi novia, tal y cómo les había repetido muchas veces) se marchaba. Pero ellas tampoco estaban dispuestas a entenderme. Murmuraron algo de sus maridos, se ajustaron un poco el velo y, muy serias, me advirtieron en un turco lleno de chasquidos que llamarían a la policía si duraba más de las doce. Y después habían desaparecido en el interior de la casa y no las había visto más.

No dejaba de darle vueltas a la historia, así que me bebí el mojito y tuve que prepararme otro antes de salir por fin a  la terraza. En el exterior el aire permanecía tan inmóvil como en la cocina, aunque estaba un poco menos caliente. Había mujeres, cervezas vacías sobre la mesa y, a pesar de que era solo la una menos veinte, me dio la sensación de ser muy tarde. Traté de distraerme, pero mis intentos por seguir la conversación terminaban siempre en los altos edificios que rodeaban a la terraza y sus ventanas oscuras, en el rumor sordo de platos, llantos y frases entrecortadas. Una mujer con velo fumaba un cigarro desde su balcón y, al mirarla, vi como sus ojos brillaron en la oscuridad. Tuve un mal presentimiento, pero no dije nada. Opté por recoger los platos y los vasos vacíos a ver si alguien se daba cuenta de que quería que se fueran.

Entré y salí de la cocina, tiré todo el plástico a la basura y me hice otro mojito. Nadie se movió. En mis idas y venidas, escuchaba a trozos la conversación. La yankee, que tan poco había encajado conmigo en esa semana, parecía sin embargo haberse hecho muy amiga de mis amigos. Con sus largas pestañas y sus ojos azules los observaba con tanta intensidad que parecía estar en trance. Me daba la sensación de que quería exprimir su experiencia hasta el límite, anotar mentalmente todos los detalles para, completando lo que había leído en la guía, conocer de verdad Estambul. Y ellos, mis amigos, se habían dejado encandilar desde que les había pedido como expertos en la materia que le definieran a los turcos. Llevaban horas hablado de historias de amor, de alumnos, de compañeros de piso y también de la gentrificiación del barrio y la manera en la que la ciudad se estaba –signifique lo que signifique esta palabra- modernizando. A mi hacía mucho que me aburrían esos temas. En realidad era sólo a ella a la que parecían fascinarla, o al menos eso es lo que parecía al verla sonreír con esa fila de dientes ordenados, blanquísimos.

Di otro trago y, al notar el dulzor del azúcar moreno en los labios, me di cuenta de que el mojito se me estaba acabando una vez más. A lo mejor estaba bebiendo demasiado, pero lo cierto es que me sentía más anestesiado que borracho, y eso me gustaba. Sobre todo porque estaba claro que no se iban a marchar inmediatamente y no podía tampoco olvidarme de mis vecinos que, a través de las ventanas abiertas, escuchaban sin entender nuestras conversaciones. Además, no era yo la persona indicada para aportar nada a esas historias que pretendían explicar a grandes rasgos el carácter de los turcos. Después de hablar de la mítica prostituta con velo de Gümüşsuyu, les había dado ahora por contar la historia de una joven española que había sido abordaba una noche de otoño por un policía. El uniformado, muy joven también y recién afeitado, le había pedido los papeles. Como ella no los llevaba encima, había aprovechado para insistirle que fueran a su casa a por ellos. Mientras lo contaban, podía imaginar a la perfección sus ojos brillantes, a la espera, su aliento a té y cigarrillos y su porte de ‘que orgulloso que estoy de ser turco‘. A mi esas historias me hacían pensar en fuerza y debilidad; en miradas y gestos que, según el momento, eran censores o lascivos, esquivos o tajantes. Esa tal vez era la esencia misma de esa Turquía que no lográbamos explicar a pesar de llevar años hablando de ella. Seguramente aquella chica a la que abordó el policía había experimentado la misma sensación de no conocer los límites que tenía yo con mis vecinos. Desde que había llegado la yankee se sonreían cuando me encontraban en la calle, aunque no sabía si me admiraban o me despreciaban por haber traído al barrio a una mujer grande e imponente que se paseaba por la terraza con unos pantalones minúsculos y con el pelo suelto, que dejaba entrever los grandes pechos a través de sus camisas, que bebía cerveza a grandes sorbos, de la botella.

Estaba a punto de ir a por otro mojito cuando sentí el impacto. Fue muy cerca, en el tejado de uralita que está bajo la terraza. Por el ruido, debía de tratarse de algo grande, lanzado con fuerza desde una de las ventanas de la derecha. Aunque poco nos importaba. Lo realmente significativo es que fuera lo que fuera (¿una piedra?) dejó la conversación a la mitad.

En el patio unos gatos se peleaban, dos señoras hablaban de terraza a terraza y se escuchaba el ruido lejano de una radio. No salió nadie a mirar qué había pasado y las ventanas siguieron abiertas y en penumbra. Me sentí por un instante vulnerable. No sabía qué decir y en su lugar acabé de un trago lo que me quedaba de mojito.

Poco a poco, comenzamos a tratar de explicar qué había ocurrido. Nos arremolinamos sobre el lugar donde la supuesta piedra había caído y a alguien le dio por unir aquella nueva historia con la idiosincrasia turca. No les escuché. Solo podía pensar que nunca habían llegado tan lejos, que hasta ahora se habían conformado con las miradas o en ese chasquido de reprobación que hacen con los labios cuando algo no les gusta. Pero cuando ella se levantó y comenzó a moverse por la terraza, desafiante, comprendí que la odiaba tanto como mis vecinos me odiaban a mí. Por mucho que se lo dijera no quería entender que aquellas piernas desnudas, su escote abultado y su pelo tan largo, resultaban una provocación en un barrio tradicional. Me dieron ganas de agarrarla precisamente de su melena rubia en la que se adivinaban las raíces negras. Deseé estrujarla, hacerle daño, tirar de ella y llevarla al interior de la casa donde nadie podría verla. No lo hice. Ni siquiera cuando, mirándome con pretendida pena, me dijo que no sabía cómo podía vivir en un barrio así. Neither do I, le respondí, quedándome con ganas de añadir que ni siquiera tenía idea de por qué había venido a mi casa si tan poco le gustaba todo aquello. Pero no lo entendería. Al día siguiente tomaría su avión hacia Londres o Paris o Roma, a cualquier otro lugar donde podría contar esta anécdota a sus nuevos amigos. Ella se iría y yo me quedaría allí, rodeado de aquellas personas de costumbres tan exóticas como incomprensibles, volviéndome cada vez más paranoico. Quise darle otro sorbo al mojito pero cuando lo llevé a los labios comprobé que el vaso de plástico se me había quedado arrugado entre los dedos. Así que les dejé defendiendo o criticando a los turcos, hablando del laicismo y del creciente movimiento islamista y me fui solo a la cocina. Todavía quedaba mucho ron y me puse una vez más a mezclar la hierba buena con el azúcar moreno, el hielo, el limón. Y lo hice con cuidado, lentamente, con la convicción de que lo mejor era no pensar en nada.

La foto de la terraza de mi casa desde la que alguien tiró la piedra en cuestión es de la fotógrafa holandesa B. Ormeling.

Más imágenes del cine erótico turco de los setenta.

Y la película Günah, sin cortes (en turco)

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Categorías:Estambul, Oriente Medio, Turquía

Etiquetas:,

8 respuestas

  1. Algunos CS’s provocan emociones encontradas, y por lo general afirman los estereotipos. Deberías haberla azotado.

  2. ¿Y no caería una gaviota en el tejado, pesada como una piedra? (por suponer, más que nada…)

  3. Jeje, qué buena entrada! Creo que te va a dar mucho de sí esto de las couchsurfadas 😉

  4. que bien te lo pasas eh¡¡ eso es enriquecimiento personal

  5. Me ha encantado leerlo, Chevi, es una historia que te atrapa desde el primer momento.
    La verdad es que esto del “couchsurfing” es lo mejor para que sucedan historias como estas. Enhorabuena por la historia!!!

  6. Negro, oscuro, doloroso. Me pregunto si estamos condenados a la cadena de odio, y qué es lo que realmente destruimos cuando odiamos. Da una sensación claustrofóbica (la terraza), desesperanzada (la cocina guarida) y descorazonadora (como un abuelo que se ha quedado cagado en los pantalones, en este caso, ahogado en los mojitos).

    Ese rastro de mierda que queda después de tocar lo más negro y oscuro de una misma. ¿El sentido de la existencia de esa mierda? ¿es posible tirarla por el retrete y olvidarse de ella? y ¿qué viene después de tirar de la cadena?

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