Puerta de la Luna

Tiahuanaco Psicodélico

Más o menos así era la imagen que recuerdo. Una de las esculturas de Tiahuanaco dibujada sobre un fondo psicodélico en la pared del restaurante de un hotel. Yo entonces había terminado la inevitable milanesa de pollo y tomaba un matecito de coca retrasando el momento de subir de nuevo a la habitación. Inspirado por aquella imagen, pensaba tal vez en la inmensidad de América Latina, en sus venas abiertas, o en cualquier otra visión estereotipada del continente. Lo único que recuerdo con seguridad es aquel enorme salón de paredes pintadas en el que cenaba prácticamente solo. Un grupo de unas cinco o seis personas hablaban animadamente en otra mesa situada unos metros más allá.

 

‘Hey, come here, come…’ Como imaginaba, la que me sacó de mi mutismo era aquella anciana que había descubierto varias veces mirándome con curiosidad.  ‘Sit here with us’, repitió con una sonrisa que, como su voz, resultaba frágil, quebradiza. Sin pensármelo dos veces, deseoso de poder contar a alguien lo que había hecho durante el día, me acerqué a la mesa y me sorprendió descubrir que de cerca parecía aún más mayor, con el pelo blanco y escaso y unas grandes bolsas bajo los ojos. ‘Caroline’, se presentó dándome la mano, pero fue la única que lo hizo. El resto de los hombres con los que estaba sentada apenas levantaron la cabeza al verme y únicamente preguntaron con rapidez mi nombre y mi nacionalidad. Después siguieron con una conversación que parecía haber comenzado mucho antes y que les tenía absorbidos por completo.

 

‘Una es clara y la otra oscura’, decía en español uno de ellos, un cholo gordito, muy joven y muy serio. A su lado, otro indio igualmente joven lo traducía al inglés para que la mujer y su marido, un hombre con un aspecto tan poco saludable como el de ella, pudieran entenderlo. ‘La oscura es harta oscura’, continuó, ‘y está gastada y como picadita de ojos pequeños y brillantes. El camino no es difícil, yo le digo. Nomás hay que encontrarlo. El camino puede ser sólo una puerta, un marco que se cierra de momento y ya no podemos ver lo que hay al otro lado’. (…when it closes we can’t see anything else… repetía su compañero casi inmediatamente).

 

Nunca supe de qué estaba hablando aquel tipo, aunque es posible que no se tratase de nada en concreto. Consciente de que era un intruso, permanecí en silencio tratando de pasar desapercibido, algo bastante fácil dado que Caroline era la única que cada cierto me miraba con cierta emoción, como si mi juventud le provocara una alegría inestable y pasajera. El resto me aceptaron porque ella lo hacía y pronto descubrí que aquel era un espectáculo que había creado exclusivamente ella y que empezaba y terminaba en sus enormes ojos cansados. El cholo modulaba su voz según sus palabras iban afectándola y buscaba aquellas imágenes que más la atemorizaban para después regresar a un discurso cálido, conciliador. ‘Has de seguir adelante, no tener miedo’ decía mientras yo, que cada vez entendía menos de aquella cháchara, me extraviaba en los dibujos psicodélicos que nos rodeaban: pirámides truncadas, patios y cabezas clavas, monolitos que observaban la eternidad con ojos alucinados. Al final del trayecto, ribeteada con colores arañados, de una vivacidad centelleante, se encontraba la Puerta del Sol, el monumento más famoso de Tiahuanaco. Viracocha, el Dios andino por excelencia, protegía la entrada recubierto de oro resplandeciente y aquel cholo insitía a la mujer que cruzase, que no tenía nada que temer.

 

No sé cuanto tiempo estuve escuchándolos y en qué momento decidí retirarme a la habitación. Creo que dormí inquieto, sintiendo algo de frío en aquel hotel solitario. Al día siguiente el grupo no estaba en el desayuno y no me lo encontré tampoco al visitar las ruinas que, bajo la luz descarnada del altiplano, se me hicieron demasiado reales. No pude sin embargo quitármelos de la cabeza, sobre todo cuando vi el monolito Fraile, el Bennett o el Ponce, todos ellos con enormes ojos hipnotizados que me recordaron a los de Caroline. Eran también grandes sus ojos, pensé entonces sintiéndome apenado sin saber exactamente por qué. Eran inmensos, aunque puede que sólo lo parecían en aquel rostro pálido y esquelético, de anciana.

 

Atlante from Tiwanaku

Fotos de Piginka

¿Dónde está este lugar?

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Categorías:América Latina, Bolivia

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