Van sin ti

iglesia armenia de Akdamar en el lago Van (Turquía)Dejarse llevar, de eso se trata, aturdirse en un movimiento cada vez más frenético e incontrolable, llegar a lugares para, un minuto después, desear huir de ellos, tomar un dolmuş, otro, uno más, subir también en autobuses, minibuses y coches particulares que nunca te dejan donde quieres sino en cualquier cruce, en medio de la nieve, en un arcén en el que esperar con los pies helados a que pase otro dolmuş (o autobús o minibús o coche particular), transporte en el que volverás a encontrarte con miradas curiosas o reprobatorias, con todos aquellos hombres de rostros arrugados y barba espesa a los que no sabes nunca si decir merhaba  o salam aleikum o roj baş, a los que dirás alguno de estos tres saludos y, tras comprobar que has vuelto a equivocarte, te sentarás a su lado sintiendo también tú el sopor del frío y la distancia, pensando lo divertidas que resultaban estas situaciones antes, cuando viajabas con ella.

Recorrer kilómetros, muchos, sentir que cada vez estás más lejos de todo lo que conoces, también de tus sentimientos, observar a través de las ventanillas un paisaje de montañas nevadas, un lago tan inmenso como el mar, y dejar que alguna de esas personas que huelen a tabaco rancio y a cordero se interesen por ti, se acerquen y te pregunten de dónde vienes, que si no eres catalán, que por qué has decidido viajar en este momento del año, y seguir escuchando ese turco chasqueante del sudeste hasta llegar a un embarcadero desierto en el que el dolmuş vuelve a dejarte solo sobre la nieve, y buscar a alguien entre las barcas hasta encontrar a un pescador enjuto que a pesar del frío no usa guantes, un tipo poco hablador que llama por teléfono varias veces hasta que aparece un pequeño barco, y subir a él y sentarte junto a los seguratas que cuidan de los bienes culturales de la República de Turquía, hombres rudos, bromistas y con espesos bigotes que casualmente aquella mañana tienen que ir a la isla de Akdamar para comprobar que todo está en orden, y hablar con ellos una vez más de fútbol, de religión, de turcos y kurdos, de terrorismo, hasta que veinte minutos después llegas a la isla y puedes ver la iglesia, tu verdadero objetivo, un pequeño templo armenio al que tantas veces planeaste ir con ella.

Mirar las montañas blancas, el cielo azul, caminar sobre la nieve y observar los relieves medievales que estudiabas hace casi quince años en clase de arte de la Alta Edad Media (II), recordar una diapositiva proyectada en la oscuridad de un aula grande y fría, a aquella mujer arrugada que comparaba estas imágenes con el románico castellano, y darte cuenta de lo lejos que estás de Castilla, casi tanto como de tu época universitaria, y de lo solo que te encuentras, tan aislado que te resultaría imposible expresar todas las ideas que te oprimen el pecho, y no solo porque no haya nadie a tu alrededor, no porque la isla no tenga Wi-Fi y la cobertura de teléfono sea limitada, eso no es lo importante, porque aunque pudieras hablar con alguien en tu idioma te resultaría muy difícil traducir en palabras todo ese amasijo de sentimientos que se arremolinan en tu interior, imágenes que tienen que ver con la piedra fría y los relieves que representan a David y a Goliat, a Adán y a Eva, a Noé desnudo y borracho, símbolos medievales que estudiaste hace años y que, magnificado por el tiempo, la distancia y el crepitar de la nieve bajo tus pies, te hace sentir que estás viviendo un momento especialmente doloroso y bello, un instante que toma una mayor trascendencia cuando adviertes que es el seis de enero y que, sin armenios ni turistas, eres seguramente la única persona en kilómetros a la redonda que sabes que ese día se celebra la epifanía, el día de Reyes, algo que siempre te había parecido estúpido pero que a ella le encantaba, y piensas en regalos y cabalgatas, en una taza de chocolate caliente, y se te aparece su sonrisa, y sientes que te gustaría compartir ese secreto con ella, pasar el seis de enero en una iglesia solitaria construida en un lago al sur de Turquía, una iglesia preciosa que se recorta sobre el azul del cielo y la limpieza de la nieve y que, a su lado, habría resultado mucho más emotiva, mucho más bonita, infinitamente más remota.

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¿Dónde está este lugar?

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7 respuestas

  1. Siempre una escritura ágil y hermosa que evoca lugares, momentos y emociones. gracias 😉

  2. Me ha encantado lo que has escrito. Un apunte respecto a lo que dijiste de tu profesora comparando el romanico castellano con el de una iglesia en la remota turquía, lo primero que pense cuando vi la foto es que se parecía a la iglesía de Santa María del Naranco en Asturias, aunque después de comprobarlo en google, se parecen como un huevo a una castalla, pero recuerdo cuando fui por primera vez verla en lo alto de un monte, sin casi nada al rededor y con unas vistas espectáculares, digamos que tanto la foto como tus impresiones me han recordado un poco ese día. Me encanta cuando sitios tan separados en el espacio y el tiempo pueden evocar sentimientos parecidos en las personas

    • Hola Ana, como tú bien dices no era Santa María del Naranco el ejemplo que nos ponía aquella mujer, sobre todo porque es prerrománico asturiano y ni siquiera es una iglesia 😉 Imagino que se refería, más que a la arquitectura, a las esculturas. En Castilla hay muchas iglesias con relieves en los que aparecen vides, aunque ahora no me viene a la cabeza ninguna. De lo que si me acuerdo bien es de una iglesia, San Pantaleón de Losa, en Burgos, que tiene una escultura enorme bajo el arco que recuerda bastante al David y Goliat (también inmensos) de la iglesia Aktamar. Si quieres tener otra experiencia similar a la del monte Naranco o la isla de Van, te recomiendo ir para allá porque la iglesia está sola, sobre un risco que desde abajo parece inaccesible. Un saludo!

  3. Estupendo. Van. Akdamar. Uno de los lugares más mágicos y menos conocidos en los que he estado. Gracias por evocarlo.

  4. por cierto, también tengo un par de entradas sobre Van y Akdamar en mi blog, que conoces: elmundoquequierocontarte.blogspot.com

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