Azeríes por el mundo

Cuando llegué a la frontera todavía era pronto, como las nueve de la mañana. Había pasado la noche traqueteando en el tren nocturno Baku/Astara y estaba muy pero que muy cansado. Apenas había podido dormir, en parte por la violencia con la que arrancan y frenan los trenes, incluso cuando llevan gente dentro, pero también por haber compartido vagón con un energético chico empeñado en hablarme de su país, Azerbaiyán (según él, número dos en el mundo después de América). Este azerí, tal vez porque llevaba años viviendo en Turquía con su familia, se sentía orgulloso y algo acomplejado de su nacionalidad. Porque aunque el Azerbaiyán que conocemos, el que patrocina el Atlético de Madrid, nació a principios de los 90 con la descomposición de la URSS, la verdad es que los azeríes llevan ocupando esta parte del mundo desde mucho antes. Azerbaiyán, me decía el chico mezclando el turco y el azerí y hablando muy fuerte para hacerse entender, había sido más grande de lo que representan los mapas. Hubo una vez, bajo el gobierno de los Kara Koyunlu (“ovejas negras”), que ocupaba una gran franja que llegaba desde Tabriz, ahora en la República Islámica de Irán, hasta el Daguestán ruso. Incluso Armenia, ese país también bastante reciente y con el que Azerbaiyán mantiene un conflicto latente en el Nagorno Karabaj, había sido parte de él.

mapa

Así que, según sus palabras, aquella mañana, cansado y somnoliento, me encontraba en una frontera que separaba a gentes con una historia, cultura y lengua comunes, algo bastante habitual en muchas partes del mundo, pero especialmente en el Caúcaso donde durante siglos el imperio Otomano, el Persa y el Ruso fueron quitándose pedazos de tierra unos a otros. Sin embargo, dejando la Historia aparte, me agradaba que mi primer contacto con Irán fuera en la zona azerí. Desde que había llegado a Azerbaiyán me había manejado bastante bien con el turco y esperaba que los policías y encargados fronterizos pudieran entenderme con facilidad.

Desgraciadamente no fue así. Pronto me di cuenta de que, si la persona con la que hablaba no sabía nada de turco (algo por otra parte bastante raro, ya que la televisión turca se ve en Azerbaiyán y muchos han vivido o visitado su país vecino), no era tan sencillo hacerse entender. Para empezar no sabía qué quería el taxista que, después de llevarme hasta las puertas de la frontera (frente a las que se agolpaban, por cierto, unas treinta o cuarenta personas), me había conducido a una esquina para hablarme en susurros. En realidad sí sé qué quería, los dos o tres manat que me sobraban, pero cada vez que hablaba yo solo podía mirarle los dientes de oro y me distraía.

Al rato, también hablando solo azerí (idioma en el que, como pronto aprendí, el yok turco se convierte en un sonoro yoj), un par de policías aparecieron por allí y comenzaron a pedirme también dinero para dejarme pasar antes que aquella masa de gente. Por último, y en connivencia con los policías, un hombre con aspecto de mala persona estaba empeñado en que le pasara un paquete a Irán por 10 manat (un poco menos de 10 euros). Un super negocio que me vi obligado a rechazar, no fuera que dentro hubiere una revista porno, un Rioja o chorizo.

Al final todos ellos se debieron de cansar de mí y poco a poco me fui colando utilizando mis torpes andares de extranjero. No sé cómo lo hice pero crucé la primera parte de la frontera y llegué a otra sala también llena de gente. Prácticamente todos llevaban los mismos paquetitos que el tipo siniestro me habían ofrecido también a mí (en realidad bolsos de plásticos o pañuelos que deben de ser caros en Irán). En su gran mayoría aquellas contrabandistas eran mujeres y, con sus dientes de oro y sus pañuelos de colores me recordaban más a gitanas que a las azeríes elegantes que había visto en Baku. Una de ellas, por cierto, se parecía muchísimo a mi amiga Nuria, lo que hizo que tuviera el primer momento perturbador del día.

Al final, después de que mi pasaporte fuera de mano en mano y varios oficiales me hablaran del Madrid y del Barça (pero no del atleti), pude salir de aquel horrible lugar, cruzar un puente y pisar por fin el suelo del Azerbaiyán iraní. De pronto caí en la cuenta de que había pasado por alto algunos detalles bastante importantes. Primero no sabía cómo iba llegar de allí hasta Qazvin, mi próximo destino. Pero lo más grave es que no había mirado a cuanto estaba el cambio del Euro con el Rial iraní, al que además solían quitar un cero cuando daban los precios. Me di cuenta de este fallo en el mismo momento en el que un grupo de cambistas y taxistas con pinta indeseable se agolparon a mi alrededor diciéndome números y frases en diferentes idiomas. Sí, también hablaban turco, pero eso no me impidió que entre unos y otros me estafaran turquicamente un puñado de euros.

(esta entrada ha sido muy difícil de realizar. En Irán, entre muchas otras paginas, WordPress está prohibido. Para poder usarlo he tenido que buscar un internet cafe clandestino que es, curiosamente, el último lugar en el que hubiera pensado que hacían estas cosas. Escribo esto mientras una mujer tapada con un chador y de aspecto super religioso habla por teléfono y escucha musica turca a mis espaldas. En fin, hasta la proxima…)

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Categorías:Azerbaiyán, Irán, Oriente Medio

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4 respuestas

  1. ¡Hemos recibido postal desde el Mundo Exterior! Regocijo y expectación en Fraguel Rock.
    Cuídate, tío Matt. Te echamos de menos.

  2. To también quiero postal!!!

Trackbacks

  1. Mi vida entre turcomanos |

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