La guerra es para los hombres

A finales de julio de 1914 el heredero al trono de Austria-Hungría, el archiduque Francisco Fernando, se encontraban de visita en Bosnia con su esposa. A pesar de la inestabilidad del país y de la existencia de un violento movimiento de liberación yugoslavo, se decidió que la real pareja recorriera las principales calles de Sarajevo en coche oficial. Una gran multitud se agolpó junto al río Miljacka  para  recibirlos, entre ellos  seis terroristas bosnios vinculados a la oscura organización la Mano Negra. Armados con bombas y pistolas, y con unas ampollitas de cianuro para matarse antes de que la policía les detuviese, estos independentistas de la época esperaron nerviosos la oportunidad de mostrar, en forma de atentado en esta ocasión, su repulsa a la ocupación austriaca de su amado país. El primero en atacar fue Nedeljko Čabrinović, con una bomba, pero tuvo tan mala suerte que esta rebotó en la capota del coche y terminó estallando bajo otro de los vehículos de la comitiva. Resultó mucho más afortunado el siguiente atacante, el jovencísimo Gavrilo Princip. Al encontrar por casualidad el coche oficial perdido por las calles de Sarajevo, sacó su pistola y disparó al archiduque y también esposa, acabando con sus vidas más la del niño que esperaban.

Gavrilo Princip

Gavrilo Princip, el magnicida bosnio de cara triste y ojerosa, probablemente a causa de la tuberculosis.

Matar al heredero de un imperio decimonónico es un asunto serio, esa es la verdad, pero terminó siendo una simple anécdota si tenemos en cuenta todo lo que pasó después. El Gobierno austríaco, indignadísimo, acusó a Serbia de apoyar el ataque, lo que no iba del todo desencaminado. Al ver que sus homólogos serbios no pensaba entregarles a los cabecillas de la Mano Negra, aquel ilustrísimo Imperio tan austriaco como húngaro le declaró la guerra, pasando acto seguido a invadirla. Esto no acabó así, por supuesto. Como Serbia estaba protegida por Rusia, el zar se vio obligado a declarar a su vez la guerra a Austria-Hungría que, al estar aliada con Alemania, hizo que estas dos potencias entraran en guerra, lo provocó que Francia, que había firmado una alianza defensiva con Rusia, se viese a su vez involucrada en el conflicto. Los únicos que quedaban por participar, los ingleses, tuvieron que hacerlo a principios de agosto cuando Alemania, para poder atacar a Francia con más comodidad, invadió Bélgica, cuya neutralidad garantizaba Gran Bretaña. De esta manera, y en apenas unas semanas, se ponía fin a años de alianzas, pactos y tensiones y se pasaba a la guerra a gran escala como única forma más efectiva de diplomacia. Esto era, para qué engañarnos, una puta mierda, pero tengo la sensación de que gran parte de la sociedad europea pudo respirar tranquila al recibir la noticia. Tras años de desencuentros y amenazas, al fin se sabía quienes eran los amigos y quienes los enemigos, qué había que defender con la vida y qué destruir sin miramientos. Aquella generación de jóvenes educados en el amor a la patria, la responsabilidad y el valor heroico podían de una vez por todas tensar sus músculos y demostrar quién tenía de verdad más cojones. Y así, como quien comienza un partido de fútbol, se dirigieron al campo de batalla del que volverían cambiados para siempre.

Al tiempo que Europa se hundía en el caos, en el Imperio otomano, que ya llevaba varios años en la ciénaga, saltaron las alarmas. Como ya sabéis, en aquella época, y por la gracia de un golpe de Estado, Turquía estaba dirigida por tres amigotes que, mano a mano, y a pesar de haber defendido unos años antes la constitución y un parlamento, se estaban pasado la democracia y la pluralidad del país por el forro. El primero de estos tres impresentables era Enver, el protagonista de esta historia y que, como ya sabéis, se había autoproclamado ministro de la Guerra unos meses antes del magnicidio en Sarajevo. Era muy joven, muy energético y súper belicoso, y tenía grandes planes para el país y, por supuesto, también para él mismo. No menos importante era Talat, el ministro de Interior. Se trataba de un antiguo funcionario de correos que en las fotos parece muy serio, con el pelo canoso, una mirada de malo de verdad y una tripa notable que imagino dura y muy bien trabajada a base de kebabs, baklava y rakı. Por último nos encontramos con Djemal, el ministro de Marina. En todas las imágenes suyas que he encontrado aparece adusto y con una tupida barba que hace difícil adivinar su expresión. A mí me parece el más sensato de los tres, pero es cierto que el hecho de que fuera conocido en Siria como al-Saffah, “el derramador de sangre”, a causa de su afición a ahorcar a los nacionalistas árabes, me da que pensar.

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El pachá Talat, ministro de Interior del último Imperio otomano.

Imagino a estos tres oscuros personajes en una húmeda y calurosa tarde de aquel verano de 1914. Se hallarían en la Sublime Puerta o, tal vez, para estar más tranquilos y a salvo de atentados, en uno de esos casoplones de madera que los otomanos adinerados habían construido junto al Bósforo. La sala sería amplia y un poco emperifollada, con cortinas y grandes lámparas, y el suelo de madera se encontraría tapizado por gruesas alfombras, como es costumbre en el país. Enver, al que siempre veo vestido con su impecable uniforme, que no se quitaría ni a pesar de estar en pleno verano, caminaría nervioso de un lado a otro mientras Talat, sentado en un cómodo sillón, daría buena cuenta de una bandeja de baklava que alguien le habría puesto al lado. En una esquina, apoyado en el respaldo de una silla pero sin llegar a sentarse, encorvado como de costumbre, se encontraría Djemal que, en silencio, observaría con curiosidad a sus compañeros.  Aún no lo he dicho, pero nuestros protagonistas estaban discutiendo la posición que debía tomar el Imperio otomano en la guerra que acababa de estallar en Europa.

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El pachá Djemal, ministro de Marina.

Sé que no os gusta, pero no nos queda otra solución, diría Enver sin dejar de moverse de un lado a otro y acompañando sus frases con movimientos enérgicos. Francia e Inglaterra están con Rusia y si no hacemos nada se quedarán con Trebisonda, con Erzurum, con Bagdad… Necesitamos que nos protejan: ¿no lo veis claro? Mirando la expresión con la que observaban Talat y Djemal cualquiera diría que no, que no lo veían en absoluto, y eso que también ellos comprendían perfectamente la difícil situación en la que se encontraban. A pesar de sus esfuerzos diplomáticos, Francia e Inglaterra no habían querido pactar con ellos, y tenían miedo de que nadie les protegiera si Rusia, su gran enemiga, aprovechaba el conflicto para arrebatarles aún más territorios de los muchos que se había ido anexionando en los últimos años. Sin embargo, la idea con la que Enver quería persuadirles a través de tanto aspaviento tampoco les convencía. Se trataba de establecer una alianza con el Imperio alemán que, en aquella época, estaba gobernado por el káiser Guillermo II, el líder más desequilibrado de Europa y el mayor responsable de la escalada armamentística y el estallido de la guerra. Escuchadme, proseguiría Enver, atusándose el bigote, tan poblado como el del káiser. He estado hablando con mi amigo Otto (se refería a Otto Liman von Sanders) y está dispuesto a ayudarnos. Me han prometido que nos entregaran nada más y nada menos que cinco millones de libras esterlinas. ¿sabéis cuántos rifles, granadas, camiones de combate podemos comprar con todo eso? El brillo de codicia se contagiaría de los ojos de Enver al de sus compañeros, que a partir de escuchar la palabra dinero empezarían a escucharle con más atención. Pero como siempre, seguiría Enver mirándoles por primera vez a los ojos, hay una condición. O más bien dos. La primera es que tenemos que declarar la guerra a Rusia. Y la otra es que el sultán (que va a hacer lo que le mandemos, lo sabéis de sobra) tiene que ordenar una yihad contra los ciudadanos franceses, rusos y británicos.

A Talat se le caería entre los dedos el baklava que estaba a punto de llevarse a la boca mientras Djemal, hombre de pocas palabras, lanzaría un Allah, Allah que es algo así como un “madre del amor hermoso” en nuestra lengua. ¿Comenzar una guerra santa?, dirían, casi al mismo tiempo. Y es que por muy poco realistas que fueran nuestros personajes, que de hecho lo eran, por una vez se sentirían superados por las fantasías megalomaníacas del káiser Guillermo II y sus consejeros. Era cierto que parte de las colonias de los aliados estaban habitadas por musulmanes y que un levantamiento islámico en lugares como Egipto o India haría mucho daño a los aliados. Sin embargo, la idea de que los musulmanes del mundo, separados por idiomas, países, sectas y costumbres, se sumaran a un llamamiento a la guerra dictado por un señor que vivía en Estambul, por muy califa que fuera, resultaba bastante difícil de creer. Por si fuera poco, cualquier especialista en derecho islámico podría poner en duda la legalidad de una yihad que, sin explicar las razones, no incluía entre los infieles a alemanes ni a austríacos, tan cristianos como rusos o franceses. Pero ninguna de estas sensatas objeciones importarían a  Enver que, sintiendo una vez más aquella voz oscura que le cada cierto tiempo le asaltaba con futuras visiones de la gloria, se habría venido muy arriba.

Venid,  les diría después de escuchar sus objeciones, que las tendrían, acercaos. Y, tras extender un inmenso mapa del mundo frente a ellos, en una mesa que había justo en el centro aunque antes se me ha olvidado describirla, les obligaría a seguir sus manos y sus delicados dedos mientras trazaban manchas, líneas, flechas, equis sobre los continentes dibujados. Podremos alcanzar la victoria si somos más audaces, más fuertes que los demás, les diría. Y de eso no cabía ninguna duda, pues, ¿acaso no eran turcos y no tenían unos cojones que ni el caballo de Espartero (1)? Venga, proseguiría, animado al comprobar que sus compañeros empezaban a sumarse a aquella fantasía. Hagamos algo importantísimo (con énfasis en ísimo) por lo que siempre nos recuerden. Y tomemos una decisión tan grande como este país, añadiría haciendo un movimiento envolvente con sus manos que acabaría en los hombros de sus compañeros. De esta manera, mientras sus esposas daban de cenar y acostaban a sus hijos, de tenerlos, o si no, tontas que eran, les esperaran despiertas a que volvieran de arreglar el mundo, estos tres gobernantes, Enver, Talat y Djemal (aunque podrían haber sido otros) se acercarían aún más a la mesa hasta tocarse y sentir su calor, su aliento, y mirando el mapa, que ya no representaba mares, montañas o poblaciones sino solo líneas que se podían mover a su antojo, como en un tablero, se pondrían a jugar a la guerra durante toda la noche. Esta región la sacrificamos, por aquí va la línea férrea que unirá Bagdad con Berlín, cuidadito con los armenios que se unen a los rusos… Y así hasta que, ya de madrugada, aturdidos por el cansancio, los tés, el azúcar, el humo de los cigarros, sus cuerpos se fueran volviendo blandos y palpitantes y la sangre impaciente que cada cierto tiempo les sacudía las sienes acabara bajando por la espalda, hasta la pelvis, e inundase de una vez sus órganos sexuales elevando sus testículos e hinchando sus penes que, circuncidados, como buenos musulmanes que eran, les harían estremecerse de gusto al rozar con el pantalón. Sí, lo harían, participarían en la Gran Guerra junto a Alemania y Austria, dirían tocándose los unos a los otros, exultantes. Y el mundo entero admiraría su fuerza, su inmenso poder.

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Como se ve en esta entrada, la desfachatez política no la ha inventado Trump. Ya existía de antes.

(1) En realidad, salvo Djemal, del que no he podido encontrar referencias, los miembros del triunvirato no eran completamente turcos. Enver tenía un padre albanés y una madre gagaúza, y Talat ascendientes pomacos.

 

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Categorías:Bosnia-Herzegovina, Europa, Oriente Medio, Turquía, Uncategorized

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