¿Y en qué se quedó lo de la independencia del Kurdistán?

Refugiados sirios portan la bandera del Kurdistán en el campo de refugiados de Akre
El futuro es de los niños: refugiados sirios con la bandera del Kurdistán (Foto de Miguel Fernández)

Últimamente a la gente le ha dado por hacer cosas raras como poner banderas en los balcones, sentirse patriota y asistir a manifestaciones multitudinarias. Por si fuera poco, durante los últimos meses todo parece girar alrededor del 155, el DUI, Puigdemont (al que mi madre llama Filemón en su desconocimiento del catalán) y de los manoseados términos fascismo y democracia. Seguramente dar tanta cobertura informativa a nuestras rencillas ha hecho que nos hayamos perdido un montón de cosas que pasaban más allá de los Pirineos. No sé si lo sabéis, pero ha habido varios atentados, en Estados Unidos y uno en Nigeria en el que han muerto 50 personas. ¿No es increíble? Ah, y flipadlo: el Kurdistán iraquí, que precisamente celebró un referéndum casi a la vez que el de Cataluña, ha declarado su independencia de Irak. ¿Os habíais enterado?

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Una pancarta muy explicativa. Aunque también podría ser Spain is not Iraq y Catalonia is not Kurdistan, ¿no?

Kurdistán is not Iraq

Hace unas semanas se me presentó la posibilidad de charlar con dos kurdos: Brwa Ako, un estudiante de español, y Ayden Ostan, un trabajador de la oficina que el Gobierno Regional del Kurdistán tiene en Madrid, una de las catorce “embajadas kurdas” que existen en todo el mundo. Quedamos una tarde de septiembre, durante el momento culminante del conflicto catalán. Puigdemont estaba a punto de declarar la independencia que luego suspendió y… En fin, ya sabéis. En esa atmósfera enrarecida los invité a mi casa, les serví un té y les pedí que me contaran su versión de los hechos para ver si lograba enterarme de algo. Habló sobre todo Ayden, muy ufano y con un mayor dominio del español que su amigo.

“Pero, ¿por qué queréis separaros de los árabes?” les pregunté para empezar: “¿de veras sois tan diferentes?” Aunque hablaron de democracia y religión (los kurdos tienden más a la primera que a la segunda, según me explicaron), pronto me quedó claro que más que una visión diferente del mundo lo que los separaba era un buen número de afrentas. Los árabes los habían utilizado y les habían mentido, me explicó Ayden, pero sobre todo los habían intentado aniquilar. Y en esto sí que tenía razón. Son bien conocidas las persecuciones de Sadam Hussein contra la población kurda, especialmente las masacres de Anfal y el ataque químico de Halabja donde efectivamente Irak probó las famosas armas de destrucción masiva. Sin embargo, y aunque hablamos de todos aquellos horrores, pronto comprobé que Ayden no estaba tan interesado en el sangriento pasado de su pueblo como en su glorioso porvenir. Y es que creía con verdadera pasión que al fin, tras siglos y siglos de lucha, el Kurdistán iba a ser por primera vez libre.

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Explosiones en Halabja (Fuente knnc.net). Ciertamente, tal y como me explicó Brwa enseñándome fotos de un montón de niños muertos, los españoles no somos tan malos como para atacar a los catalanes. Al menos no para hacerlo con armas químicas.

¿Un país independiente?

Lo cierto es que la independencia del Kurdistán no iba a ser un camino de rosas. Al igual que en Cataluña, el Kurdistán ya había celebrado su propio referéndum ilegal, aunque en su caso el Estado iraquí no había ni siquiera tratado de impedirlo. Tal y como era de esperar, había ganado mayoritariamente el sí y la clave ahora pasaba por las posibles presiones que Irak, Estados Unidos, Irán, Turquía o incluso el Estado Islámico —pues nadie apoyaba esta independencia— podían ejercer contra esta remota región de Oriente Medio. “El Kurdistán tiene que ser libre”, me dijo categórico Ayden, restando importancia a las amenazas de todos sus vecinos. “Además Turquía e Irak nos necesitan”. También me contó, y en esto no le faltaba razón, que los kurdos habían salvado al mundo del Estado Islámico y que aunque fuera solamente por eso merecían constituir un estado. “Todo el mundo quiere tener su propio país y su propia identidad” dijo, lo que me hizo pensar por un momento en un mundo lleno de micronaciones y fronteras. “Y vosotros, ¿por qué odiáis a los catalanes? ¿No será porque son más inteligentes?” añadió como para cambiar de tema.

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Ayden, Brwa y yo después de nuestra instructiva charla sobre el Kurdistán iraquí.

La ofensiva de Bagdad

En las siguientes semanas, mientras leía el libro que me había recomendado Ayden sobre los kurdos y trataba de dar forma a este artículo, me encontré con que de la noche a la mañana la situación había cambiado por completo. En España, tras una nueva declaración de independencia, se aplicaba el artículo 155, se encerraba en la cárcel a Oriol Junqueras y a unos cuantos más y Puigdemont escapaba a Bélgica sin que en Bruselas le hicieran mucho más caso que el que le habían hecho en Madrid. Por su parte, en Oriente Medio algunos países cerraban sus fronteras con el Kurdistán, el Gobierno de Irak anulaba los vuelos internacionales desde territorio kurdo y las tropas iraquíes comenzaba una ofensiva contra los peshmerga kurdos que, quién sabe si a causa de la división de los partidos kurdos o a la ayuda de las fuerzas iraníes, fue un rotundo éxito. Apenas unas semanas después del referéndum la bandera iraquí volvía a ondear en las provincias de Nínive y Diyala, pero sobre todo en Kirkuk, la ciudad que con su petroleo había dado alas a los independentistas kurdos. Paradójicamente la supuesta liberación del Kurdistán iraquí había provocado que este dejase de controlar un tercio de su territorio.

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Masoud Barzani, algo así como el Puigdemont kurdo. Aunque lo suyo viene de familia. Sus críticos dicen que ha utilizado el referéndum como excusa para continuar en el poder, que debía de haber abandonado en el 2015.

La nueva derrota del Kurdistán

En este estado de cosas, si realmente quería terminar este texto, necesitaba volver a ver a Ayden. Así que lo llamé y me invitó a pasar por la oficina del Gobierno kurdo donde trabajaba, muy cerca de Goya.

En nuestro segundo encuentro Ayden me resultó una persona muy diferente a la que recordaba. Parecía algo cansado y su actitud ya no resultaba desafiante. Con aire taciturno me enseñó la oficina, completamente vacía a pesar de que eran solo las tres de la tarde. Me contó que unos años atrás, cuando el Kurdistán soñaba con ser un nuevo Dubai, tenían mucho más trabajo pero que ahora la situación era muy diferente. Sin acceso a los pozos petrolíferos y con los vuelos internacionales cancelados, la capacidad de actuación del Gobierno kurdo era más bien limitada. Por si fuera poco me habló de represalias hacia algunos miembros kurdos de la embajada iraquí y de cómo desde Bagdad se había reducido drásticamente el presupuesto del Kurdistán. Los funcionarios, tal y como me contó, llevaban meses sin cobrar y me dio la sensación de que también aquella oficina acabaría por ser cerrada cuando el Gobierno auditara todas sus cuentas. Parecía que el sueño de independencia del Kurdistán se había esfumado por unos cuantos años, pero aún así a Ayden todavía se le encendían los ojos cuando pensaba que el Kurdistán terminaría por ser libre, y que hacía falta una “guerra muy buena y bonita” para arreglar las cosas en la región. Antes de despedirnos, me entregó unos folletos por si quería visitar el Kurdistán, prácticamente la única zona de Irak que es algo segura para un extranjero. Miré aquellas fotos con tristeza, sobre todo las cúpulas de los templos yazidíes, un grupo religioso kurdo al que muy poco tiempo atrás el ISIS había tratado de aniquilar. Me daba pena que los kurdos, el mayor pueblo sin estado del mundo, como Ayden me había recordado en alguna ocasión, siguiera sin poder autogobernarse, pero mucho más que en aquella región del mundo, cuna de civilizaciones, de cultura, y también de innumerables etnias y religiones, los seres humanos se mataran entre sí ante nuestra indiferencia. Porque desde luego por aquí tenemos asuntos mucho más importantes en los que pensar, ¿no es cierto?

Se empieza con las banderas y se acaba con los uniformes. Y es que las patrias las carga el diablo (Niños vestiditos como militares y fotografiados por jan Sefti)

Las naciones, las religiones… No soporto nada de esto, como se puede ver en el ramalazo antirreligioso que me dio en Irán.

 

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Categorías:Irak, Kurdistán, Lugares, Oriente Medio

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