La conjura Jesuita de Alcalá de Henares

Esta mañana he descubierto que muchos historiadores tienen una fuerte vocación literaria y que a veces es difícil distinguir la realidad de la ficción. Yo reproduzco lo escuchado en una seria conferencia del Museo de América con la ilusión de que sea cierto.

Seguramente no conozcan al protagonista de esta historia, al Inca Melchor Carlos Inga, aunque tal vez siíhayan oído alguna vez el nombre de su bisabuelo, Huayna Capac. Este último fue Inca del Perú antes de que existiera en los mapas algún país llamado así, antes de que los Pizarro y de Almagro destruyesen el Tawantinsuyo y el Cuzco dejase de ser el ombligo del mundo.

Pues bien, nuestro ilustre Melchor Carlos Inga, nacido ya bajo el yugo español, era, si pensamos en todo lo que su familia había perdido desde la conquista española, un Inca “reducido”. Tal vez por ello decidió españolizarse y sacar provecho de la nueva situación en la que se encontraba. Este indiecito, seguramente pequeño y con algún que otro problema económico, decidió aprender esgrima, ordenarse caballero de Santiago y viajar a España para reclamar al monarca los derechos que le correspondían por su linaje. Para ello estuvo en Trujillo (Cáceres), en Madrid y también en Alcalá de Henares, todo ello bien documentado. Nuestro Inca, al que imagino vestido a la española y tratando de disimular su acento quechua cuando almorzaba en las tascas de la Calle Mayor, acabó muriendo sin pena ni gloria en la ciudad universitaria de Alcalá. Y digo sin pena ni gloria porque no puedo imaginar un peor sitio para morir que un pueblo polvoriento de Castilla, tan lejos de las cumbres verdes y neblinosas del Cuzco.
Si quieren más información sobre nuestro protagonista, pueden consultar este artículo escrito por Manuel Casado y Ana Cecilia Sarmiento. En él se nos aclaran algunos puntos oscuros sobre este Melchor Carlos, uno de los muchos personajes olvidados de nuestra historia. Sin embargo, esta información no sería más que una pura anécdota si no contrastáramos estos datos con una serie de documentos descubiertos hace unos años por la doctora Laura Laurencich Minelli y bautizados en su honor como documentos Miccinelli. En ellos se desvela toda la información que conocían los jesuitas de la zona del Cuzco, como por ejemplo el sistema de comunicación que constituían los quipus. Pero también se critica la conquista y se propone como modelo alternativo al virreinato del Perú un Tawintinsuyo católico y jesuita.
Por otra parte, la importancia de estos documentos Miccinelli es la relación que guardan con la más importe crónica de la época: la bien conocida Nueva Crónica y Buen Gobierno, del indio Guamán Poma de Ayala. En ella se pretende dar una estampa de la vida en el virreinato del Perú a principios del siglo XVII. También narra sucesos históricos a la vez que muestra algunos personajes de la época. En sus dibujos lineales y algo infantiles se representa la conquista del imperio de los incas, la muerte de Atahualpa y también la de Pizarro… Lo sorprendente es que en los documentos Miccinelli aparezcan algunos dibujos nunca publicados en la Nueva Crónica, precisamente aquellos en los que se pone en duda el papel de los conquistadores y su manera de ocupar el nuevo mundo.
Pero si realmente hay una parte controvertida en los documentos Miccinelli es una nota que parece afirmar que Guamán Poma de Ayala no fue el autor de la Nueva Crónica y Buen Gobierno, sino un mero informante de los jesuitas Blas Valera y Gonzalo Ruiz. Estos últimos utilizaron su nombre para librarse de la autoría de un libro polémico que sin duda iba a ser conocido en la corte. Trataban sobre todo de disimular sus ideas revolucionarias y proindigenistas conocidas y temidas en Madrid. Además de considerar que los conquistadores habían llegado a América para destruirla, en la obra se afirmaba que Pizarro ni siquiera combatió a los indígenas si no que los envenenó con una mezcla de vino y arsénico. Pero lo más peligroso es que auguraban el regreso del incario, aunque en esta ocasión el inca sería cristiano. Cristiano jesuita, por supuesto.
Pero volvamos al principio, ¿qué tiene que ver nuestro indio con ganas de prosperar en la corte en todo esta conjura revolucionaria? Bastante si tenemos en cuenta tres datos: 1. que Melchor Carlos Inga aparece dibujado en una de las láminas de la Nueva Crónica y Buen Gobierno. 2. que los autores de la obra o cuanto menos uno, Blas Valera, le conocía, ya que ambos procedían de la zona del Cuzco. 3. que Blas Valera y Melchor Inga residieron en Alcalá de Henares en los mismos años, muriendo ambos en la ciudad.
Sabemos que los dos se encontraron en Alcalá de Henares, pero no podemos decir a ciencia cierta que fueran amigos. Aunque ambos procedían de la misma zona y tenían sangre indígena, tenían un carácter muy diferente. Melchor Carlos soñaba con que el Cuzco se pareciera un poco a la corte y las selvas a jardines de estilo francés. Por otra parte, Blas Valera, que además de indígena tenía sangre española, desconfiaba de toda aquella opulencia bajo la que se escondía la más terrible crueldad. Conocía demasiado bien la corrupción del dinero y el poder, y lo único que quería es que estuviera en manos de los desfavorecidos.
Y sin embargo, a pesar de sus diferencias, el Inca y el jesuita tenían mucho de lo que hablar. Aunque imagino que el Inca nunca tuvo mucho que ver con las conspiraciones a las que se acusaba al jesuita, le gustaría escucharle cuando decía que los tiempos del incanato podían regresar. Recibiría a Blas en su casa, con su mayordomo, y ambos mascarían unas resecas hojas de coca que aún conservaba del Perú. Melchor Inga escucharía con una sonrisa en los labios aquella historia de libertad para el pueblo oprimido y, más allá de las nuevas guerras que provocaría, imaginaba su papel. Un Inca cristiano que además supiera esgrima, desde luego que podía contar con él. Era mejor, eso sí, que no le utilizara para presionar a los reyes (en realidad apenas los conocía), no quería meterse en problemas. Sólo quería un palacio pequeñito, ni la mitad que el de los reyes de España, pero con vistas al Urubamba.
Cuando Blas Valera murió en Alcalá de Henares supuestamente envenenado, Melchor Inga comenzó a pasar más tiempo en casa. Las invitaciones a la corte se hicieron más espaciadas y notaba que los cortesanos le esquivaban cada vez que le veían. Hasta que una tarde, llegaron aquellos hombres con capa que con muy buenas maneras, le pidieron que no si prefería acabar como su amigo jesuita o por el contrario, aceptaría marcharse e la corte y terminar con sus aspiraciones políticas.
De esta manera los funcionarios reales fingieron su muerte en el registro de Alcalá de Henares unos días después de que Melchor se marchase a recorrer Europa. Al menos consiguió algo de dinero de los reyes, mucho más del que tenía en su húmeda mansión del Cuzco, un dinero que le permitió vivir decentemente el resto de sus días.
Se dice que en Inca pudo volver a Perú, pero me imagino que siguió adelante, tratando de entender qué era lo que tanto le fascinaba de Europa. Estuvo en Paris y Roma, y acabó aprendió el francés a base de repetir una y otra vez las historia de sus ilustres antepasados que leía en las obras del Inca Garcilaso. Quién sabe si en sus últimos días se acordó de las verdes montañas que dejó atrás, tan lejanas ahora de su apartamento parisino. Es posible que hasta imaginase lo improbable que resultaría que alguien siguiese su rastro y en una conferencia o en un blog hablasen de su peculiar historia. De su glorioso fracaso.


Salkantay
Cargado originalmente por Pedro Nunez – in Chile –

Imagen extraída de la Nueva Crónica y Buen Gobierno y foto de Pedro Nuñez de las montañas del Cuzco.

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Categorías:América Latina, España, Europa, Madrid, Perú

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