hay días en la vida (I)

Anything can happen in life especially nothing?, mainly nothing” dice una canción de Piano Magic. Y es verdad. Pasan días, meses e incluso años llenos solo de trabajo, rutina y cervezas; horas y horas de aburrimiento aguardando el instante, siempre inesperado, en el que por fin algo sucede. No siempre nos llega este momento, pero a veces puede incluso que en un solo día se agolpen todos los acontecimientos que llevan meses de retraso.

A mi esto me pasó un 13 de Agosto. Aquel día me encontraba errando por Sant Louis, exactamente por la Langue de Barbarie, una “lengua” de arena que se extiende entre el mar y el río Senegal. Al parecer el lugar es precioso cerca de la desembocadura, pero yo estaba bastante apartado de allí, más cerca de la ciudad y su puerto infecto. La lengua formaba sin embargo una playa interminable y casi vacía frente al mar inmenso, un paisaje que me habría parecido bonito si no hubiera estado buscando el lugar adecuado para aliviarme de los retortijones de mi estómago…

Pero en Senegal siempre hay gente paseando, dormitando o esperando algo que nunca llega, así que cada vez que encontraba un lugar apropiado para descargar mis intestinos descubría que no estaba solo. Lo intenté en varias ocasiones hasta que, ya a punto de sufrir una insolación, me senté a la sombra de unos árboles para beber un trago de agua calentorra. Desde donde estaba se veía el mar inmenso y oscuro; un par de hombres caminaban pausadamente por la playa. A mi izquierda, no demasiado lejos, un tipo estaba tomando el sol vestido con una camisa blanca nuclear y unos pantalones sorprendentemente cortos. Antes de que me diera cuenta ya se había sentado a mi lado. Sonreía mucho y, en cuanto supo de donde era, comenzó a hablarme en una especie de “franceñol”.

Charlamos durante un rato y en un cierto punto me dijo que la playa era muy bonita y que era mejor a esta hora porque por la tarde estaba tan llena de mujeres que se transformaba en un lugar horrible. Con una cierta ingenuidad le pregunté que por qué odiaba a las mujeres, que si tenía algún problema con ellas. Me miró a los ojos dejando caer su mano en un gesto teatral y delicado. “Je ne m’intéressé pas…”.

Nos quedamos mirando el mar en silencio. Es normal que, al rato de hablar con un senegalés te ofrezca ser tu guía o te pida dinero para comprarle leche a sus hijos o un cadeau (regalo), por pequeño que sea. Saber de antemano lo que este senegalés en concreto esperaba de mí me hacía sentir relajado y sacó mi curiosidad antropológica. Fui directo y le pregunté cómo era la vida de un homosexual en África, a lo que me respondió que no había ningún problema –lo que no creí, por supuesto. Para demostrármelo, me contó que estudiaba en Dakar y que estaba allí de vacaciones, y después un montón más de cosas que no consigo recordar porque en un cierto punto, y sin dejar de hablar, hizo algo que me desconcertó totalmente. Con otro de sus gestos delicados –pero en esta ocasión rápido y certero– bajó su mano hasta el minúsculo pantalón sacándosela por completo. Lo más sorprendente de todo fue que, a pesar del calor de las tres de la tarde y la inconsistencia de nuestra charla, el tipo estuviera empalmado.

Creo que al principio no quise mirarlo, pero a un cierto punto me sentí en la obligación de comprobar que la mancha negra que había aparecido en mi ángulo de visión era lo que imaginaba. Y entonces sentí un punto de nerviosismo (y un pequeño retortijón), sobre todo porque aquella cosa palpitaba y parecía dispuesta a crecer aún más. Me quité las gafas de sol y puse cara de NO al tiempo que trataba de explicarle que NO podía ser y que sacársela a un desconocido era algo de lo más ÉTRANGE. Pero él no comprendía mucho mi francés (en realidad nadie lo entiende) y más que “extraño” le parecía que decía que era tré grand, lo que por otra parte también era cierto. Pero al final, por una u otra razón, debió de entender el mensaje ya que, después de tan repentina entereza, aquel oscuro objeto fue desinflándose hasta quedar tendido sobre la arena…

Al verla inerte suspiré aliviado. Sobre todo cuando el tipo, consciente de que no iba a aceptar sus peticiones, volvió a metérsela en sus minúsculos pantalones. Habíamos vuelto al principio, pero ya no quedaba nada más que decir, así que mascullé un cordial “Og vuá” y me levanté dispuesto a seguir mi caminata. Él por su parte gastó su último cartucho mostrándome con su lengua y sus labios rugosos lo que era capaz e hacer…

Daba miedo, pero al menos no me siguió, así que cuando le perdí de vista me puse a reír de puro nerviosismo. Bien mirado, ahora tenía una historia para este blog y en el futuro podría hablar con conocimiento de causa de una de las diferencias raciales que más preocupa a la gente. Y así, contento, seguí paseando por la playa en busca del lugar para liberarme de una vez de aquellos retortijones. Pero el día aún no había terminado, ni siquiera la mañana. Y aún quedaban algunas aventuras por vivir… (continúa)


Fotos de (Alicia) y de ZOBEL

¿Dónde está este lugar?

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Categorías:África, Senegal

Etiquetas:

7 respuestas

  1. Muy bueno, Chevi. Menuda entereza la tuya, algún otro no hubiera podido controlar esfínteres y la cosa hubiera terminado de otra forma (quizás más anecdótica aún).

    ¿A cuántos turistas habrá conquistado con su sutileza?

    • Hola Juan,
      pues no creo que a muchos. No hay muchos guiris por allá y, aunque es verdad que hay mucho turismo sexual en Senegal, es más bien para mujeres (o esa es la impresión que me dio). No creo que el tipo se dedicara a ello, al menos no con turistas, pero ven un blanco y tiran la caña. En Senegal es todo el rato así, lo que pasa que normalmente te ofrecen cosas más normales…
      Un saludo!

  2. En África espera lo inesperado (para tí, no para ellos)

  3. En África espera lo inesperado (para tí, no para ellos)

  4. Chevi! Que gran historia, si señor. Volveré para leer las próximas.

  5. Simpática historia que nos cuentas. Y lo haces con una naturalidad que creo que es lo mejor de todo.

    Nos leemos. Un saludo.

Trackbacks

  1. Hay días en la vida (y II) « Hombrerrante

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