el desierto de los tártaros

Una de las partes de Ayaz Qala, una de las numerosas fortalezas en ruinas al norte de Khiva. Detrás, el desierto.

Una de las fortalezas que conforman Ayaz Qala, al norte de Khiva. Detrás, el desierto.

Aquel desierto podría muy bien ser el de la novela de Dino Buzzati. Al fin y al cabo, tártaro era el nombre genérico con el que los rusos definían a los pueblos túrquicos de Asia Central, y yo me encontraba en plena Tartaria, en Uzbekistán, al norte de Khiva. Y si ese era el desierto de los tártaros, las ruinas desde las que lo miraba (el castillo de Ayaz Qala, contruido hacia el siglo IV para evitar el ataque de los nómadas), podría también haber sido alguna vez esa bastión remoto del Imperio, la fortaleza Bastiani. En ella el teniente Giovanni Drogo, el protagonista de la novela, había desgranado los mejores años de su vida esperando que algo que justificara su espera surgiera de la nada.

Sinyor, gel” gritó Ikram sacándome del desierto y de mis reflexiones existencialistas. Este hombre calvo y regordete que me recordaba muchísimo a un primo de mi madre, el de la vaquería, era el taxista uzbeko que me había traído hasta allí. Tal vez para no quedarse recociéndose en el coche, había decidido hacer de guía improvisado y me llevaba por la fortaleza tratando de parecer ágil, lo que tal vez había sido años atrás, cuando trabajaba en Moscú levantando edificios socialistas. Según me había contado, fue precisamente en Rusia donde había conocido a unos trabajadores de Ankara con los que había aprendido el turco en el que nos comunicábamos. “Gel, gel” gritó otra vez, lo que significa “ven”, y yo vine y le seguí, viendo como resbalaba en la arena que se había acumulado entre dos muretes de la fortaleza para, con más fuerza que maña, subir después hasta una pared de adobe. Desde lo alto, con la respiración entrecortada, me ofreció la mano como si yo, que estaba en mejor forma y mejor calzado, no pudiera hacerlo solo. Pero se la di, claro, y una vez arriba, me enseñó con una sonrisa enternecedora las vistas desde la otra vertiente del castillo: un desierto aún más vasto e inabarcable en el que solo era posible distinguir a lo lejos un remolino de arena. “Orada, uzak uzak, Kazakistan” dijo cuando su respiración se tranquilizó un poco. Al mirar aquel desierto fronterizo y yermo volví a sentir la misma nostalgia que cuando había leído la novela de Buzzati. Y es que ya había notado yo desde por la mañana que me esperaba un día de calor y melancolía.

Ikram, mi taxista y guía improvisado caminando entre las ruinas de la fortaleza.  Está a punto de resbalarse otra vez.

Ikram, mi taxista y guía espontáneo caminando entre las ruinas de la fortaleza. Está a punto de resbalarse otra vez.

Aunque no me encontrara en la fortaleza Bastiani, lo cierto es que a veces mi viaje se parecía a aquella lenta espera de la novela, la misma observación de la nada que se extendía a través de las ventanillas de los taxis compartidos, trenes y autobuses varios en los que viajaba. A pesar de que había tratado de prepararme mentalmente para las distancias y los desérticos paisajes de Asia Central, había momentos en que me superaban, sobre todo cuando los días se encadenaban sin cruzarme con gente con la que hablar en un idioma común. Además del WhatsApp, a través del que mis amigos me contaban el paso de sus días, sus planes para el verano e, incluso, su inminente paternidad, mi comunicación se basaba en aquellas charletas con los locales en un turco que intentaba adaptarse a las diferentes lenguas túrquicas con las que me iba encontrando (y que en la última semana habían sido tres: turcomano, uzbeco y caracalpaco). En realidad no hacía falta saber mucho para seguir con cierta facilidad una estructura que siempre se repetía: ¿De dónde eres? ¿Barcelona o Madrid? ¿Viajas solo? ¿Cuántos años tienes? ¿Y no tienes hijos? ¿Y no tienes mujer….? Y en este punto, mostrándose por completo perplejos, mis interlocutores me proponían indefectiblemente casarme con una uzbeca, quien sabe si con los incisivos (y a veces también los premolares) recubiertos de oro.

Gel, gel, sinyor” me dijo de nuevo Ikram, que se ve que, sin gorro, pelo, ni gafas de sol, se estaba agobiando un poco con el sol. Y yo le seguí retrasándome un poco, mirándole una vez más resbalar sobre la arena mientras pensaba en cómo se me parecía al primo de mi madre. Su nombre en árabe significaba “regalo”, y me pareció tierno que se llamara precisamente así con aquella barriga y un rostro tan afable. Me dieron ganas de pasarme la tarde yendo en su destartalado coche de castillo y castillo (se dice que hay cincuenta) para que me enseñara las ruinas con su torperza infantil y os confieso que por un momento (en un arrebato que, de haber sido mujer, habría identificado con un subidón hormonal) tuve unas inmensas ganas de abrazarle con cariño incluso si, como también me pasaba a mi, le debía de oler bastante el sobaco. Pero estas cosas pasan cuando en una vida social desértica aparece una persona mínimamente simpática y regordeta. O al menos eso creo, ya que la otra explicación posible es que se me estuviera yendo definitivamente la olla.

Dejé que Ikram se alejara para evitar una situación embarazosa y me quedé un rato mirando el desierto de los tártaros, que era, dejando a un lado los muretes corroídos de la fortaleza, lo único que había allí para mirar. Incluso de viaje, los días pasaban rápido y las distancias, que desde mi casa me parecían tan descomunales, habían ido quedando atrás. Y mientas el euro entraba de nuevo en crisis, los hijos de mis amigos terminaban la escuela y los miembros de ISIS destruían alguna ciudad milenaria en Oriente Medio (por enumerar alguna de las cosas que pasaban en el mundo últimamente), me quedé mirando aquella nada inmensa y esperando, como Giovanni Drogo, que algo surgiera de ella. Sabía que no serían ni los tártaros ni una mujer con dientes de oro y que lo más probable es que el único movimiento a kilómetros a la redonda fuera el de la arena siendo arrastrada por el viento. Lo que seguro que iba a pasar es que Ikram, que ya me miraba desde lo lejos sin comprender mis continuos arrobos, me gritaría que fuera para el taxi. Y yo iría, y subiríamos en el coche, seguramente ardiendo, y nos encaminaríamos escuchando exótica música uzbeka hasta otro de esos castillos desde los que podríamos mirar desde una nueva perspectiva del desierto por el que viajábamos, casualmente juntos, durante aquella tarde.

Otro de los desiertos en los que me he peredido últimamente. En este caso el Karakum, en Turkmenistán.

Otro de los desiertos en los que me he perdido últimamente. En este caso el Karakum, en Turkmenistán.

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Categorías:Asia Central, Uzbekistán

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