Samarcanda, la belleza del mundo.

Cuando ya estaba a punto de enloquecer por la soledad (ver capítulo anterior) llegué a Khiva, en Uzbekistán, y empecé a encontrarme con muchísimos turistas, la mayoría españoles. Había un grupo grande de Madrid, otro de Sevilla, y después viajeros solitarios como yo: un vasco alegre y acanariado y un canario que recorría el mundo bebiendo vino y viendo operas (sí: también en Uzbekistán). También un “catalemán” (mitad catalán, mitad alemán) que, saturado de las exigencias de la sociedad moderna, había decidido que Asia Central era el mejor lugar para dejar su mente en blanco.

Este último, Tomás, es con el que más hablé, y me deslumbró desde el principio con una memoria prodigiosa y una capacidad de análisis que me hacía sentir como si no tuviera ni idea de por donde andaba. Las páginas de historia de la guía que yo había leído varias veces sin llegar a situar bien cada periodo, parecía haber calado fácilmente en él, seguramente con una sola lectura, y además guardaba un as en la manga: una de esas guías alemanas que siempre me fascinan (es soprendente que los alemanes viajen por el mundo con sus guías y el resto de las nacionalidades solo con la Lonely Planet) y que deben de analizar los países con una rigurosidad teutónica.

Fue Tomás el que me habló por primera vez del bad governance (sí, a veces metía palabras en inglés, pero es que en su prodigiosa memoria había cabida para un número indeterminado de lenguas), algo en lo que yo no había caído y que se me hizo más que evidente cuando caminábamos por Samarcanda.

“¿Te has fijado en esos muros?”, me dijo volviendo al hotel, serio como es él, y caminando como a saltitos, lo que le daba un aspecto algo cómico a pesar de la seguridad con la que solía hablar. “Los levantaron no hace tantos años para que los extranjeros no vieran los barrios pobres. Esto antes era una de las carreteras más concurridas de la ciudad. ¿Y qué es ahora? Una zona peatonal (bueno, esto casi que lo agradezco) rodeada de parques construidos para los turistas”.

Lo cierto es que, aunque todas las ciudades históricas de Uzbekistán parecían adolecer de un exceso de restauración y una cierta falta de vida, era en Samarcanda donde esta “inautenticidad” resultaba más palpable. Cuando uno veía fotos antiguas se sorprendía al encontrar en la famosa plaza del Registán un bullicioso mercado donde ahora solo había una explanada vacía que, además del trasiego turístico, servía para poco más que para dar cobijo a algunos espectáculos folclóricos. Seguramente esto tuviera bastante que ver con que Samarcanda era la ciudad natal de Islam Karimov, el presidente vitalicio de la república, y también la capital imperial de amir Timur (conocido en España como Tamerlán) elegido como símbolo nacional de un país tan artificialmente construido como algunos de sus monumentos. Además se trataba de la ciudad más turística y evocadora de todas las de Uzbekistán, por lo que había sido la más afectada por ese proceso de, tal y como definía Tomás, beautification.

Después de la caminata, quedé para cenar con Tomás y Álvaro, el vasco acanariado, y al día siguiente, mientras ellos seguían hacia Tashkent, yo me quedé un día más en la ciudad regresando una vez más a la soledad esencial de mi viaje. Como ya había visto prácticamente todos los monumentos, decidí visitar Shakhrisabz, unos kilómetros al sur de Samarcanda, la ciudad natal del omnipresente amir Timur. Parecía que era allí donde uno podía encontrar edificios no restaurados que permitían hacerse a la idea de cómo habían sido las ciudades uzbecas antes de sus transformaciones en la época soviética y el gobierno de Karimov.

Después de casi dos horas de viaje y de los timos de costumbre (siempre acabo pagando dos o tres dólares más que el resto de los pasajeros), el taxi me dejó en una explanada polvorienta en la que, a pesar del calor, había un trasiego constante de camiones y excavadoras. Tardé mucho tiempo, pero al final logré ubicarme para descubrir que me encontraba en lo que una vez fue una ciudad y que ahora, a causa del embellecimiento del que me había hablado Tomás, había sido destruida casi por completo sin que se pudiera adivinar qué iba a sustituirla. Afortunadamente no había decidido quedarme allí a dormir ya que los hoteles y restaurantes que aparecían en la guía eran ahora parte de los escombros que retiraban las excavadoras.

En medio de aquel despropósito, en un parquecito reseco, se levantaba las ruinas de la puerta de lo que fue una vez el palacio de Tamerlán: el famoso Aksaray (que, no se si por casualidad, tiene el mismo nombre que el lujoso palacio que Erdoğan se ha construido en Ankara). Me acerqué a verla, esperé unos segundos y, tal como imaginaba, y a pesar de que se trataba solo de unos restos arquitectónicos situados en un lugar público, apareció una mujer que me dijo que debía pagar un ticket para visitarla. Mientras volvía a rascarme el bolsillo (al fin y al cabo los turistas estamos para eso, ¿no?) le pregunté a aquella mujer, cogiendo de aquí y de allá entre las diferentes lenguas que podía entender, que qué pensaba de todas aquellas obras que habían arrasado con la ciudad y la casa de muchas personas, tal vez también con la suya. Quien sabe si por vivir bajo un gobierno tan autoritario o por verdadero convencimiento, la mujer me justificó aquella destrucción diciéndome que dentro de poco aquel lugar sería muy pero que muy bonito. Y antes de que lograra rebuscar más palabras para responderle, me alargó el ticket en el que estaba escrita la cantidad en So’m que en esta ocasión debía pagar. Así que pagué y me di una vuelta entre los escombros, arrepintiéndome de haber salido de Samarcanda donde las obras, al menos, habían sido terminadas unos años antes.

(Respecto al título, se trata de un poema de un autor que no he logrado identificar y que parece decir, según me tradujo el uzbeco Ahror, que si bien “Samarcanda es la belleza del mundo, Bujara es la fuerza del Islam”, aunque he encontrado otras versiones que cambian la definición de Bujara por “la belleza del espíritu”.)

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