Con Misha y Sasha en Guadalajara (I).

Gracias a la  omnipresente guía Lonely Planet (llamemosla Bible) había contactado con Misha, un ruso bajo y melancólico que, sin tener un oficio claro, se dedicaba a guiar por las montañas y a ofrecer alojamiento en su propia casa (llamemosla homestay). Vivía en Tulkibas, un pueblo (más bien poblacho) que consistía en poco más que una sucesión de casas de madera y techo de uralita, cada una con su pequeño jardín. La gracia de todo aquello era que Misha podía llevarte a la cercana reserva natural de Aksu-Zhabagyly a un precio menor que el de la competencia, situada en el algo más concurrido y mejor situado municipio de Zhabagyly. Esa diferencia de precio es lo único que podía hacer que un turista se pasease por estas calles de arena y el lugar más llamativo del pueblo: una herrumbrosa estación de tren en una de cuyas entradas aún podía verse una gastada estrella roja.

tulkubas

Estación del pueblo con las montañas al fondo.

Asustado por el coste de la vida en Kazajistán, el país más caro de Asia Central (si no contamos con el delirante Turkmenistán), y decidido a ahorrar para prolongar todo lo posible mi viaje, Misha me pareció en un primer momento el hombre que andaba buscando si quería visitar las montañas kazajas. Además, después de hablar por teléfono con él y comprobar que los precios seguían siendo los mismos que en la guía, me dijo que precisamente aquel fin de semana venían a su casa un par de alemanes, con lo que me podría salir aún más barata la cosa. Aquella doble propuesta de gastar menos y al mismo tiempo tener algún tipo de vida social (Kazajistán es, seguramente con razón, uno de los lugares menos turísticos en los que he estado nunca) era la mejor proposición que se podía hacer a alguien en una situación como la mía. Mientras iba hacia el pueblo llegué a imaginar que los germans de los que hablaba eran en realidad alemanas, y que por fin podría encontrar turistas con los que no solo compartir una bella caminata en la alta montaña sino ciertos anhelos sentimentales que la soledad de mi viaje había acrecentado. Como era de esperar, la cosa no resultó ser exactamente tal y como imaginaba.

Después de un cansado viaje desde Turkistán, Misha me recogió y me llevó hasta su casa, con el bello jardín que se ve en la foto del principio. Su familia era numerosa y, aunque solo hablara ruso, resultaba muy agradable. Él mismo era un hombre extremadamente bondadoso, además de resultar un personaje muy poco común en Asia Central, región donde los rusos prácticamente viven en las capitales de las diferentes repúblicas pero apenas en las zonas rurales. Según me explicó, hablando reposadamente en el jardín, después de la cena, se trataba de uno de los pocos extranjeros que después de la caída de la URSS habían decidido quedarse en el pueblo, aunque a veces se lamentaba de su decisión ya que todo había ido a peor desde entonces. El pueblo había cambiado mucho desde su juventud en los años ochenta, época de la que hablaba con mucha frecuencia. Para indicarme como era entonces me contó una historia que yo he ido completando con mis conocimientos y búsquedas en la Wikipedia.

Kazajistán (aquí empieza la historia) fue una de las vacías repúblicas centroasiáticas elegidas durante el estalinismo para “reubicar” a poblaciones susceptibles de conflicto, y allí, durante los años cuarenta, habían ido a parar algunos tártaros de Crimea, turcos mesjetios (encontré aún a algunos), alemanes del Volga y un buen número de gentes de diferentes partes del bloque. No solo las deportaciones cambiaban poblaciones de lugares durante la época soviética, también era común migrar a causa del trabajo. Siendo Tulkibas en aquella época un importante núcleo ferroviario, la mayoría de estos extranjeros (aunque Misha me indicó que no existía tal diferenciación durante la URSS), trabajaban en las vías férreas y habían dado al lugar un aire internacional y festivo que difería del pueblo ganadero y mayoritariamente kazajo de la actualidad. Esa era la razón por la qué echaba tanto de menos los años ochenta, pero la verdad es que la historia que me contó tenía un final sorprendente. Los dos alemanes que venían el fin de semana no eran turistas convencionales sino que formaban parte de los muchos alemanes del Volga que antes vivían en el pueblo y que, como el resto, habían emigrado a Alemania después del colapso de la URSS. Se trataba de una madre y un hijo de la edad de Misha que regresaban después de una ausencia de más de veinte años al lugar donde, gracias a la seguridad laboral y la relativa igualdad que garantizaba el sistema socialista, también ellos habían pasado sus días más felices.

No entiendo por qué Misha tenía tantos arranques de nostalgia. Los ochenta estaban por todas partes en aquel pueblo.

No entiendo por qué Misha tenía tantos arranques de nostalgia: los restos del pasado estaban por todas partes en aquel pueblo.

Esta última información no fue completamente de mi agrado y me costó disimularlo. Es verdad que la nostalgia es uno de mis sentimientos preferidos y los ochenta, la época de mi infancia, un momento más que entrañable para mí, pero aún así no veía qué pintaba yo en esta reunión melancólica que Misha se acababa de sacar de la manga. Ya me podía ir olvidando del trekking que tenía en mente, pues con una mujer de unos sesenta años no creo que fuera posible (afortunadamente, la señora decidió quedarse en el pueblo visitando las casas y las tumbas de sus familiares y amigos, lo que agradecí). En cualquier caso, ya me encontraba allí, exactamente sentado en un bello jardín y frente una excelente cena que, como toda la comida rusa llevaba montones de eneldo. Poco más podía hacer además de enfadarme, sentimiento al que de alguna manera tenía derecho, pero como eso tampoco iba a cambiar las cosas traté de calmarme y fui poco a poco concienciándome de que iba a sufrir otra de mis desventuras interculturales que llenan este blog y que, según mis amigos, me gusta tanto experimentar. Puede ser que tenga un punto masoquista, y es algo en lo que pienso mucho últimamente mientras viajo por las interminables estepas de Asia Central. Tal vez también hay algo en mí que atrae este tipo de situaciones, no estoy del todo seguro. De cualquier manera, para no alargar este post, prefiero dejaros con la intriga y contaros con más detenimiento en la próxima entrada mi fin de semana de angustia con Misha y Sasha. No, no estuvimos en Guadalajara, pero el lugar se le parecía un montón. O a Guadajarara o a Valdemorillo, en la sierra de Madrid. Todavía no lo tengo claro.

A veces hombrerrante se pone un poco chungo. Perdonadle.

A veces hombrerrante se pone un poco chungo. Perdonadle.

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Categorías:Asia Central, Kazajistán

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3 respuestas

  1. Reconforta leer tus desventuras. No me malinterpretes. Es bonito saber que a estas alturas de agosto hay vida más allá de la playa.
    Ahora solo queda aguardar la siguiente entrega de tus aventuras…

    • Un abrazo espía ruso! Escribir mis desventuras y reirme de ellas me hace ver que no son tan dramáticas como a veces me pueden llegar a parecer. Espero que a ti te pase lo mismo.

Trackbacks

  1. Con Misha y Sasha en Guadalajara (y II) |

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