Con Misha y Sasha en Guadalajara (y II)

(En la anterior entrega de sus desventuras nos habíamos quedado con el pobre Hombrerrante molesto y perdido en un pueblecito al sur de Kazajistán, a la espera de unos alemanes del Volga con los que iba ir a las montañas en un tour que no estaba saliendo tal y como como pensaba. Por aquel entonces, nuestro ingenuo vagabundo aún creía que aquellas personas tendrían algo de alemanes, pero pronto descubrió que se equivocaba una vez más. Estos Russlanddeutsche, (“alemanes rusos”, como se denominan en alemán) llevaban viviendo en Rusia desde finales del siglo XVIII, así que cuando a principios de los noventa emigraron a Alemania su relación con su supuesto país de origen era prácticamente inexistente. En cualquier caso, escuchemos de primera mano el relato sobre este dramático fin de semana. Os advierto que puede resultar escalofriante y, como ya viene siendo habitual, políticamente incorrecto. Pero como ya deberíamos saber, viajar no te hace por necesidad ser más tolerante. A veces pasa más bien al contrario).

un caballo pasta en la estepa al atardecer. A lo lejos se ven las altas montañas de la reserva de Aksu-Zhabagyly, a la que nunca llegué a ir.

Un caballo pasta en la estepa al atardecer. A lo lejos se ven las altas montañas de la reserva de Aksu-Zhabagyly, a la que nunca llegué a ir.

Ya desde el principio la compañía de estos alemanes del Volga me resultó más que intimidatoria. El hombre, Sasha, que había venido a traer a su madre para despedirse del pueblo donde había vivido gran parte de su vida, era un tipo bastante corpulento y no solo apareció en el salón de la casa sin decir ni un triste Привет (“Hola”, en ruso), sino que se me quedó mirando fijamente con esos ojos perdidos que se les ponen a los que se han pasado con el alcohol o los porros. Yo ya conocía esa mirada de alguna noche de fiesta con mi amigo Imanol, pero encontrarla en el rostro de un desconocido más alto que yo me dio bastante miedo. Su expresión mostraba además de sorpresa cierto desdén hacia mí (podríamos definirlo también como desprecio), tal vez porque le debía de apetecer tan poco como a mí aquel plan que su amigo Misha se sacado de la manga. Además, es posible que la visión repentina de un europeo del sur con pelo largo, aspecto pseudohippie, y un moreno intenso y moruno no fuera completamente de su agrado. Aún así, comprendiendo que nos gustáramos o no íbamos a pasar un par de días juntos, hizo un esfuerzo por ser cortes y me ofreció cigarros. Нет, нет, los rechacé, usando una de las pocas palabras que puedo decir con seguridad en su idioma.

Después de este primer desencuentro salimos al jardín donde la mujer de Misha había preparado el desayuno. Allí encontré a su madre, una vieja que, a la espera de otros adjetivos más apropiados, definiré provisionalmente como “resistente”. Debo decir también que no poseía la bondad que suele acompañar a ciertos abuelos, pero sí un cierto bigote descuidado que no podía dejar de mirar. Nos saludamos y nos sentamos en la mesa para desayunar todos menos Sasha que, como descubrí después, se disponía a ducharse. Sin previo aviso se quedó en calzoncillos en mitad del jardín y nos regaló por primera vez la visión de su abultada y rosada barriga, la que, junto a su culo, vería con regularidad en los siguientes días. Me fijé un poco más en él y descubrí que salvo la altura, un rasgo bastante alemán, aquel hombre parecía sin duda eslavo. Su piel pálida, sus ojos azules y aquella cara cuadrada con el pelo blanco le hacían de hecho asemejarse mucho a Boris Yeltsin, con el que además de lengua materna compartía cierta afición al vodka. En cualquier caso, el exhibicionismo ruso tenía también sus límites y Sasha desapareció de nuestra vista por unos minutos para volver ya limpio y con una camisa de cuadros desabotonada a la que, para aumentar el macarrismo, subió el cuello. Pudimos ya entonces comenzar propiamente a desayunar mientras él, antes siquiera de servirse el té, se encendía otro cigarro.

Mientras desayunaba rodeado de rusos que charlaban animadamente en su idioma encantados con su rencuentro, yo no podía hacer mucho más que practicar la observación y la compasión budista (sobre todo hacia mi mismo). Mi tendencia natural habría sido odiar al creador de esta situación, el guía turístico Misha, pero la verdad es que no lograba ver en él más que a un buen tipo cuyo mayor defecto era tal vez la ingenuidad. Además, el pobre intentaba hacerme agradable esa experiencia y se esforzaba en traducirme al inglés las frases de su amigo, lo que en ocasiones habría preferido que no hubiera hecho. Sasha no solo se dirigía a mí como José Guardiola, mote que me duró todo el fin de semana, sino que por alguna razón comenzó a relatarme a través de Misha sus experiencias en Mallorca, lugar de un servicio lamentable, según él. Después empezó a perderse en un discurso sobre la política europea en el que hacía mención a la débil economía de los países del sur. Habló del euro, de la productividad y no sé que cosas más pues Misha no acertaba a traducirme todo. En cualquier caso había algo en su forma de hablar, una especie de arrogancia, que me molestaba enormemente, sobre todo viniendo de alguien que poseía el pasaporte alemán. Para terminar me dijo que Nazarvayev, el presidente vitalicio de Kazajistán (lleva en el poder desde los noventa) era un tipo realmente estupendo y que Putin era aún mejor. Le pregunté por Merkel, la presidente de su supuesto país. Puso un gesto de desprecio, le dio un par de caladas más al cigarro y dijo que no le gustaba nada.

Después del desayuno y una especie de siesta (venían cansados de pasar toda la noche en el tren), apareció el taxi que nos iba a llevar a las montañas y los rusos y yo nos despedimos de la madre de Sasha y de la mujer de Misha. Como ya había descubierto el día anterior no iríamos a la famosa reserva natural de Aksu-Zhabagyly, sino a otra llamada Sayram-Ugam que estaba un poco más cerca y cuyas montañas eran mucho más modestas. En cualquier caso prefería seguir en mi mutismo y no protestar. Dado que el fin de semana era más en su honor que en el mío, acepté sin rechistar que Sasha pagase por completo el taxi. Antes de llegar salir del pueblo paramos eso sí a comprar un poco de alcohol (la comida la llevaba toda Misha). Sasha me preguntó si iba a beber vodka, y yo, a riesgo de parecer aún menos machote, le dije que no y me mantuve firme. Al final, por iniciativa de Misha, que tampoco quería beber mucho, compramos un vino aparentemente blanco llamado херес. Después volvimos al coche y, ahora sí, nos dirigimos a la reserva de Sayram-Ugam.

Mientras transitábamos por aquellos caminos, fui dándome cuenta de que el paisaje en el que nos adentrábamos me recordaba mucho a Castilla. De hecho se parecía un poco al parque natural del Alto Tajo, en Guadalajara. Estar en Castilla, el paisaje de mi infancia, acompañado de un ruso melancólico y una especie de Boris Yeltsin germano era una experiencia bastante perturbadora si se pensaba con detenimiento. Así que decidí no pensar en ello y fijarme más bien en como las cabras se protegían de la solana debajo de aquellos árboles que bien podrían ser encinas (aunque no lo eran).

casilla

Campos de Kazajistán. ¿Mi corazón os lleva?

Al fin, después de un poco más de una hora de trayecto, el coche nos dejó en una cabaña junto al río y quedamos con el taxista que nos recogería al día siguiente (la idea original era haber vuelto al pueblo caminando por las montañas, lo que me parecía más seductor, aunque en seguida comprendí que con aquella barrigota Sasha no estaba en condiciones de hacerlo). En cualquier caso, después de comer la excelente comida que la mujer de Misha había preparado, los rusos decidieron ir a pescar y yo pude separarme al fin de ellos y caminar un poco por aquellas colinas que además de a Guadalajara me recordaban también un poco al noroeste de Madrid. Hay pocas cosas que no puedan solucionarse con un paseo solitario, así que después de contemplar a lo lejos las inmensas montañas por las que nunca haría senderismo, regresé dispuesto a disfrutar de aquella aventura insólita. En la cabaña encontré a Misha muy excitado ya que habían pescado nada menos que ocho carpas. Por su parte, Sasha, que seguía sin sonreír, estaba recostado y continuaba dándole al vodka y al tabaco. En un momento dado volvió una vez más a desnudarse y se metió en aquel río turbio y frío para lavarse. Cuando salió se puso la misma ropa sin siquiera secarse y me dijo con aquella pose altiva que le caracterizaba que el agua estaba нормально (normal). Después se agarró los huevos e hizo un gesto de estrujárselos.

En ese momento comprendí que un paseo solitario no era suficiente para soportar aquella situación. No solo Sasha seguía haciendo comentarios ofensivos sin ningún atisbo de cordialidad sino que en un momento dado cogió un enorme cuchillo y comenzó a preparar la cena sin quitarse el cigarrillo de los labios. Tenía bastante hambre pero no veía claro que me fuera a gustar aquel maravilloso y natural refrigerio, tal y como Misha se empeñaba en presentármelo. La comida era un realidad una sopa de pescado con algunas verduras y mucho eneldo que había sido cocinada en la misma agua turbia del río en el que pastaban los caballos. En cualquier caso, tal vez lo que más me perturbaba de todo aquello era ver a a Sasha Yeltsin cocinando descamisado y chulesco. No podía quitarme de la cabeza las vergonzantes fotos con las que Putin parece empeñado en demostrarnos que uno puede ser el presidente del país más grande del mundo sin dejar de ser un verdadero macho estepario. Si algo aprendí de quel fin de semana es que a los rusos les encanta esa pose seria y aguerrida tipo “la conquista de lo salvaje” y que que pueden llegar a practicarla sin pudor incluso cuando lo salvaje se parece sospechosamente a Guadalajara.

Estoy seguro de que al verlos podréis comprender que mi miedo era justificado.

Estoy seguro de que al verlos entenderéis parte de mi incomodidad. Fijaos en el cuchillo de Sasha. Fijaos en su cara ahora. Después volved a mirar el cuchillo.

Hubo otros momentos de tensión a raíz de un extraño comentario sobre el bombardeo nazi de Guernica que no entendí (me molestó especialmente que lo acompañara de un gesto de “os jodéis”), pero al final nos sentamos a cenar y la sopa estaba bastante buena a pesar de la falta de cuidado con la que había sido preparada. Abrimos también el Xерес y descubrí con sorpresa que se trataba de Jerez, muy malo por cierto, pero que Misha había insistido en comprar para agradarme ya que era un vino de origen español. Por primera vez sentí que se me tenía algo en cuenta en aquel grupo en el que la providencia me había conducido por alguna razón desconocida.

Cuando cayó la noche nos quedamos los tres callados. En el fondo resultaba muy agradable estar en la naturaleza, bajo las estrellas y junto a aquel fuego. Ellos cada cierto tiempo comenzaban lánguidas conversaciones sobre su juventud durante los ochenta, cuando venían allí en las vacaciones de verano. A veces Misha me traducía un poco de lo que hablaban, normalmente borracheras épicas que habían vivido en las montañas. En otras ocasiones compartía también sus propias reflexiones. Me contó, por ejemplo, que durante su juventud nunca habría pensado que iba a estar bebiendo en aquel lugar con un ciudadano de un país capitalista (es decir, yo), algo que estaba terminantemente prohibido en aquella época. Yo tampoco nunca hubiera pensado que en la Unión Soviética, aquel lugar que durante mi infancia se representaba como la antítesis del mundo libre, pudieran haber desarrollado una sociedad tan cohesionada y aparentemente ausente de problemas, y que lo que al final ellos recordaran de aquella época no fuera la presión constante de la Guerra Fría y los desfiles militares y amenazadores que veíamos en la televisión, sino aquellas largas noches de verano en las montañas.

Otra sorprendente estampa de mis improbables amigos

Otra sorprendente estampa de mis improbables amigos. Por su cara diría que Sasha estaba resacoso.

Llegó un momento en el que incluso para un ruso estándar la noche se puso fresca y uno a uno fuimos entrando en la cabaña. A mi me tocó el saco cutre, como no podría ser de otra manera, pero en el fondo estaba feliz de haber presenciado aquel reencuentro y la verdad es que el Jerez, el fuego y todas aquellas seductoras imágenes de la antigua URSS me habían sumido en una agradable sensación de sopor y relax. En cualquier caso, mi felicidad no duro demasiado. Justo cuando estaba a punto de dormirme, Sasha se puso a roncar de una manera tan estruendosa y cambiante que habría despertado a cualquier ser vivo dotado de cierta capacidad auditiva. De hecho, Misha me confesó al día siguiente que él tampoco había logrado pegar ojo. Una vez más volví a odiarle y creedme si en mitad de mi vigilia deseé con todas mis fuerzas que le diera una apnea chunga que le dejara seco de una puta vez. Qué cabrón el Sasha Yelstin. Cómo había logrado joderme el fin de semana el hijo de la grandísima puta.

A pesar de que no lo pasé estupendamente, no puedo dejar de recomendaros la compañía y atención de Misha Norets si alguna vez viajais a Aksu-Zhabagyly. Es un hombre honesto que habla muy bien inglés, y se trata de un verdadero apasionado de la montaña que hará todo lo posible para agradaros. Su familia es también entrañable, y su casa es muy bonita y no parece pertenecer al pueblo en el que se encuentra. Si algún día visitais esta región remota no dudéis en poneros en contacto con él. Este es su email, que revisa con asiduidad norets_1969@mail.ru , y este su teléfono +7 701 693 1547. Gran parte de lo que he escrito aquí, aunque real, es irónico. En cualquier caso aseguraros antes de ir a su casa de que no hay ningún alemán del Volga de visita ese fin de semana, especialmente uno muy alto llamado Sasha. Por lo demás no creo que tengáis ningún problema.

Anuncios


Categorías:Asia Central, Kazajistán

Etiquetas:, ,

3 respuestas

  1. jajajaja, cómo me he reído con esta entrada… Muchas veces este tipo de experiencias son las que luego tienen más enjundia para contarlas…

Trackbacks

  1. Taraz, la nada |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Una chica trotamundos

CONSEJOS E HISTORIAS DE UNA CHICA VIAJERA

EspaiViajero

LA VUELTA AL MUNDO EN UN SOLO BLOG

Yo Soy Tu Profe

Aprender ciencias es mucho más fácil de lo que te imaginas

elblogdejavy

Ideas, pensamientos y un poco de todo por diversión...

Hermann Heilner

Filosofía, historia y poesía.

Aventura sin barba

"No todos los que deambulan están perdidos"

Multiversal

un blog de Pablo Giordano

Juanjo López

Blog de fotografía y viajes

Arquitextos

Digital papér

Con el corazón en la mano

"Poesía es hablar con el corazón en la mano."

PINCELADAS DE UNA MICROVIAJERA

Un blog de fotoperiodismo nimio

Sale De Mi CabezA

Solo escribo lo que pienso y lo que va saliendo solo.

#afinidadviajera

La única web para viajeros adictos.

A %d blogueros les gusta esto: