Exégesis del Corán en Kirguistán

 Obsérvese que Shek lleva una gorro musulmán (o taqiyah) y un rosario (tasbih) en la mano. No siempre, pero a veces vestía de esta guisa.

Obsérvese que Shek lleva una gorro musulmán (o taqiyah) y un rosario de la misma religión (tasbih) en la mano. No siempre, pero a veces iba de esta guisa.

El guía que me condujo a Song-Köl (“el último lago”, en kyrguís1 ) sabía bastante bien inglés. Y también turco, que había aprendido en una de las numerosas escuelas que el movimiento Hizmet (una especie de Opus Dei a la turca) posee en Asia Central. A Fethullah Gülen, fundador de este grupo, y a sus rifirrafes con su antiguo amigo Erdoğan, habría que dedicarles otra entrada completa de este blog. En cualquier caso, lo menciono en esta porque creo que asistir a una escuela del movimiento puede ser una de las razones por las que mi guía había salido tan perdidamente musulmán.

Shek, el personaje en cuestión, era un kirguís bajo que parecía regordete hasta que le tocabas el brazo y comprobabas que tenía músculo de gimnasio. Como la mayoría de los kirguises tenía rasgos muy orientales: ojos rasgados, la nariz plana y una cara ancha que se completaba con un bigotillo poco poblado, como de adolescente. Con sus gruesas gafas tenía un aspecto de empollón, lo que era de algún modo, y su rostro contraído en una eterna sonrisa le confería un cierto aire de imbecilidad. Pero el chico (tenía veintiún años) no era estúpido, o al menos a mí no me lo parecía. En cualquier caso, dejando a un lado la inteligencia, siempre tan relativa, lo que llamaba la atención de la personalidad de Shek era su intención de ser una buena persona siguiendo las indicaciones de Allah.

La situación es esta: Shek y su turista solitario, concretamente yo, transitaban las montañas kirguises en busca del lago más famoso del país, Song-Köl, situado a nada menos que tres mil metros sobre el nivel del mar. Las subidas, con la altitud, resultaban extenuantes (sobre todo para mí, que soy más de estepa) pero merecían la pena. Sobre las verdes colinas cruzaban esponjosas nubes que, a su paso, dotaban al paisaje de una luz cambiante y extremadamente luminosa, un panorama que se completaba con montañas nevadas, caballos pastando y algunas yurtas. Todo parecía predispuesto para un cierto misticismo que Shek no tardó en explotar.

bello paisaje de montaña, perfecto para la búsqueda espiritual.

Paisaje de montaña perfecto para una exégesis mañanera del Corán.

“¿Quieres que te lea unos versículos del Corán?” Me dijo de pronto mientras descansábamos después de comer. Y sin que tuviera tiempo para reaccionar sacó un libraco de su mochila que no era el Corán sino un análisis de éste escrito en turco pero traducido al ruso (me dijo que lo leía en esa lengua porque necesitaba practicarla). Había sido además publicado en Estambul, lo que me hizo pensar en que se trataba de un libro del movimiento. En cualquier no tenía muchas posibilidades de escabullirme, así que me acomodé en la verde pradera y escuché sus declamaciones en árabe que luego me traducía al inglés. Después empleaba un largo rato en ilustrarme en el significado de la aleya que acababa de leer, explicaciones sin duda profundísimas pues yo solía perderme a la mitad. Así estuvimos un buen rato, pero como aún quedaba un trecho para llegar al lago, terminó guardando el gran libro (no se me ocurre nada menos apropiado para llevarse al monte, por cierto) y seguimos nuestro camino mientras la conversación derivaba peligrosamente a nuestros sentimientos religiosos.

He de decir que, aunque entiendo la religión, no así los ritos ni las normas que suelen acompañarla. Tal vez esa es la razón por la que cada vez que hablo sobre este tema con un musulmán o a un cristiano intento convencerles para que no las sigan, hasta ahora sin ningún éxito. A los primeros, que deben de verme como un enviado de satanás en la tierra, les presiono para que coman cerdo o le den un tiento al tintorro; que pasen del Ramadán (otra costumbre que me saca de quicio) y, si son mujeres, que liberen su pelazo de una vez. Con Shek no podía ser una excepción y le dije lo que es mi principal argumento sobre el tema: que si Dios, ese ente lleno de bondad, sabiduría y perfección, ha creado el mundo en el que vivimos, es un poco raro que le haya salido con tantísimas cosas pecaminosas. A mi parecer, y con cierta moderación, se entiende, disfrutar de la creación de Dios al completo es una manera también de amarle. Es un argumento que creo que es convincente, pero la verdad es que nunca me ha funcionado. Como si fuéramos Rajoy y Mas debatiendo si ha ganado el SÍ o el NO a la independencia en las última elecciones catalanas, Shek y yo hablábamos y hablábamos sin llegar a ponernos de acuerdo. Al final, como no podría ser de otra manera, acabó sacando a relucir el Libro (con mayúsculas), el dichoso Corán que, escuchando a Shek, parecía ser la única obra verdaderamente digna de lectura.

“Es que vosotros no entendéis el Corán”, me dijo, y en esto, por primera vez, sí estuvimos de acuerdo. Los musulmanes suelen criticar la Biblia pues es una mezcolanza de diferentes fuentes y ha ido cambiando con el paso de los siglos, quitando y poniendo partes por aquí y por allá. El Corán, según ellos, es más claramente la palabra de Dios, ya que salvo el escriba que vertió al árabe clásico aquello que san Gabriel le decía, la intervención humana en su composición es mínima. El libro es, pues, perfecto, y no se le puede quitar ni poner ni una coma. Este, queridos amigos, es precisamente el punto que no entiendo, la obsesión por considerar un libro como la única fuente de sabiduría y cada sura como algo inmutable que siquiera puede traducirse a otras lenguas sin acabar con su misterio. Da la sensación de que lo que debe hacer un buen musulmán no es tomar del Corán aquello que necesite para mejorar su vida, sino hacer que su vida, y de paso la sociedad donde vive, se parezca lo más posible a la Arabia del siglo VII en la que el libro fue escrito.

Para intentar convencerle sobre este punto, le dije a Shek que no era posible que, siendo él una persona inteligente (a pesar de tener una expresión estúpida, como ya he dicho), lo único que leyera fuera un libro y sus (aburridas) interpretaciones, y que yo no dudaba de que el Corán fuera santo y lo más cercano a la palabra de Dios que pudiera encontrarse en librerías, pero que se pusiera como se pusiera, era imposible contener en un solo volumen (a no ser que se tratara del borgiano libro de arena, y no era el caso), toda la sabiduría del mundo. Que leyera otros libros: novelas, tratados de astronomía, manuales de autoayuda, lo que fuera, y a lo mejor descubriría que, en el fondo, los caminos de Dios son inescrutable (Romanos 11:33). Pero él me recriminó que, conteniendo sabiduría los otros libros de los que hablaba, ninguno podría alcanzar nunca a la palabra de Dios, y que de esta manera prefería seguir leyendo al Corán, que al fin y al cabo era el libro número uno del mundo y no tenía rival conocido.

Un poco cansado de estas ideas (he de reconocer que cada vez tengo menos tolerancia con el Islam), le dije que si era así de maravilloso el Libro al final iba a resultar que el que era un poco cabrón era Allah, porque si había mandado escribir su palabra en árabe (y no olvidemos que para muchos teólogos las traducciones son interpretaciones, con lo que se alejan de la verdadera palabra de Dios) nos había dejando fuera a una gran parte de la población mundial. Si Dios hubiera realmente querido que su mensaje llegara a todos, terminé diciendo, bien podría habría utilizado otra lengua más general, o haber mandado a san Gabriel a un escriba políglota al menos, que manda huevos que entre todos los sitios del mundo eligiera precisamente la Arabia del siglo VII para decirnos lo que pensaba y, ahora que hay televisión, internet y tantas cosas, esté de repente tan calladito.

Lago Song-Köl al que nos dirígíamos.

Lago Song-Köl al que nos dirígíamos. Es tan frío como bonito. Y a la inversa.

No sé si a raíz de este argumento o algún otro por el estilo, pero Shek acabó enfadándose conmigo. Tal vez para que nuestra discusión no acabase en una especie de yihad contra el turista, se colocó los cascos y se puso a caminar más rápido de lo que yo podía hacerlo, dejándome bastante atrás y sin guía, debo añadir. En cualquier caso lo preferí así, pues el paisaje ofrecía con su belleza una respuesta más clara a los problemas de la existencia que la que brindaban las tres religiones monoteístas, siempre dando por culo con la culpa, el pecado y el infierno.

Así pasó una hora, o tal vez dos, y al final volví a encontrar a Shek esperándome en una bifurcación del camino. No parecía enfadado y su rostro volvía a mostrarse (digámoslo así) risueño, así que me senté a su lado y le pregunté si me dejaba los cascos, que ya tenía curiosidad por saber lo que siempre andaba escuchando. Me los alargó y al ponérmelos, tal y como imaginaba, escuché una oración en árabe que me cautivo con su belleza. Las nubes cruzaban el cielo acompasadamente, y, a pesar de su quietud, el universo entero pareciera encontrarse en movimiento. Sonreí a Shek, que parecía como siempre muy feliz, y por un instante me dieron ganas de creer en Dios. Pero de creer a mi manera, no como Mahoma, o Jesús o Malaquías dicen que tengo que hacerlo. Puede que al final la idea de Dios no sea tan mala, y ciertamente resulta muy agradable sentir que existe en el mundo una fuerza que anima los objetos desde su mismo centro, que escucha nuestros más íntimos desvelos y da sentido al desorden de nuestras vidas. Puede que la idea de Dios no sea tan mala, repito, y también es posible que precisamente sean las religiones las que la echan a perder.

  1. El nombre de este lago es un excelente ejemplo de las similitudes de las lenguas túrquicas. Köl (escrito көл), lago en kirguís, se dice casi igual en turco: göl (la única diferencia entre los fonemas /G/ y el /k/ es que uno es sordo y el otro sonoro). Por su parte song (escrito Соң2 en kirguís) tiene el mismo significado que son, último en turco.
  2. (Curiosamente el artículo de la Wikipedia lo define a Song-köl como “el próximo lago”, pero los diccionarios de kirguís que he consultado traducen Соң como último y no como siguiente. En cualquier caso resulta evidente que son y song comparten etimología).
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