Delirio y horror en las montañas kirguises.

Este es mi amigo J.J. Aunque no lo aprecieis por el dibujo, el mal habita en su interior. Si no fuera mi amigo yo tendría miedo de él. Lo juro.

Este es mi amigo J.J. Aunque no se aprecia en la caricatura, el mal habita en su interior.

A veces algún amigo me dice que soy valiente. Imagino que es por eso de viajar solo por países acabados en -istán, lugares que (aclaro) parecen mucho más peligrosos y remotos cuando no estás en ellos. Yo no me veo tan valiente y si he de definirme con alguna palabra creo que temerario es sin duda mucho más apropiada. Quien siga este blog con regularidad habrá comprobado que tengo una gran facilidad para acabar metido en situaciones comprometidas y/o absurdas. También que suelo salir indemne de ellas por pura chiripa (aunque también hay quien, dado que esta chiripa se repite con relativa frecuencia, ha decidido llamarla buena suerte). Hoy quiero compartir con vosotros la que sin duda ha sido mi mayor temeridad en la montaña (por detrás eso sí de mi idea de subir en pantalones vaqueros el Illinizas Norte (5.126m)). Aunque esto que vais a leer no lo hicieron profesionales, sino yo, os pido que no lo intentéis en casa…

Lo cierto es que después de las frustrantes experiencias que había tenido con mi guía islamista, y dado que en los últimos días mi presupuesto se había disparado a causa de mi tour en el lago Song-Köl, decidí que a partir de ese momento iba a volver a ser un viajero independiente. Mi siguiente destino eran las altas montañas al sur de Karakol, en Kirguistán, así que, antes de despedirme de la civilización y adentrarme en lo salvaje, compré toda la comida que podía llevar en la mochila, varias botellas de agua (pues no tenía pastillas potabilizadoras) y un mapa pormenorizado de la zona. Después comencé a subir a ver hasta donde podía llegar.

La primera jornada resultó sencilla y en unas seis horas alcancé Altyn Arashan (“Termas Doradas”, en español), un precioso valle a más de 2000metros de altitud. Era verde, alpino, y contaba con fuentes de aguas termales en las que por un módico precio podías relajar tus cansadas piernas. Este lugar estaba además preparado para los montañeros poco profesionales como yo, pues debo decir que no me había traído ni tienda de campaña ni saco de dormir (tampoco, a decir verdad, unas verdaderas zapatillas de montaña). Allí era posible dormir en unas básicas guesthouses o en unas cómodas yurtas, que es lo que hice. En todos los lugares te preparaban además la cena y el desayuno, y era tan maravilloso que me quedé un día disfrutando del lugar y visitando unos lagos cercanos. Sin embargo, ya me había picado el gusanillo de la montaña y quería algo más.

Valle de Altyn-Arashan. Presioso.

Valle de Altyn-Arashan. Presioso.

Mi proyecto (que al final acabó convirtiéndose en una obsesión) era visitar un precioso lago de montaña llamado Ala-Köl. Al contrario que los otros lagos donde había estado, este se encontraba en una zona tan escarpada que a él no llegaban los caballos ni los pastores, así que no podía esperar encontrar ninguna yurta para dormir. Otra de las mayores dificultades de mi empresa era la pronunciada cadena montañosa que se interponía entre el lago y yo. Si quería llegar a él debía cruzar un paso a 3800m. de altitud que todos los que lo habían franqueado coincidían en definir como espeluznante, pero en inglés (scary o frightening, creo). Estas mismas fuentes me habían advertido además de que el desnivel era más que pronunciado y había un poco de nieve, algo para lo que mis zapatillas no estaban demasiado preparadas. Pero como ya he explicado antes, la sensatez nunca fue una de mis cualidades, así que me decidí a intentarlo. Mi idea era llegar al paso en tres horas y después, en un tiempo indefinido, bajar por la otra vertiente hasta encontrar alguna yurta en la que quedarme. Deberían ser como unos 20 kilómetros, calculé, pero con un desnivel de subida (y después de bajada) de más de mil metros. No sabía si eso era mucho o poco (ya os digo que mucho, al menos para mí), pero en cualquier caso siempre podía subir, ver el lago desde la altura y volver al confortable Altyn-Arashan otra vez.

Paso de montaña a 3800m. de altitud. No sé si se aprecia en la foto, pero además de la nieve era realmente escarpado (steepy, en inglés).

Paso de montaña a 3800m. de altitud. No sé si se aprecia en la foto, pero era realmente escarpado (steepy, en inglés).

Para aquellos que aún siguen creyendo que soy valiente les diré que al día siguiente, cuando empecé la subida después del desayuno, sentí miedo. Sobre todo cuando, después de atravesar una zona de bosques, comencé a caminar cada vez más cerca de los riscos. Quien conozca un poco la estética del romanticismo sabrá que hay algo profundamente bello y terrorífico en los paisajes de alta montaña. Los picos negros y afilados que sobresalen entre la nieve no dejan de hacerte sentir minúsculo, y los pedruscos de los barrancos te hacen pensar en las formidables tormentas que los arrancaron de las laderas. Yo, que nunca había estado solo en un lugar así, me sentía abrumado por aquel silencio en el que no escuchaba mucho más que mis pasos, el vaivén de mi respiración y ese sonido tan característico que hacen las marmotas. Son simpáticos estos animales pero, creedme, también algo inquietantes.

Mi mente, que no necesita demasiados estímulos para revolucionarse, comenzó a sugerirme todo tipo de imágenes terroríficas. Soy un poco dado a ellas, he de reconocerlo. En cualquier caso aquel lugar hacía aflorar temores recurrentes que había conseguido aplacar durante el viaje y que seguramente tenían que ver con el hecho de estar solo en un lugares desconocidos. Me angustiaba la idea de perder el camino o resbalarme al cruzar un caudaloso río, aunque lo que más temía era no poder controlar mis pensamientos y acabar sufriendo un ataque de pavor en un lugar tan poco apropiado como aquel. Pero por otra parte, como también me gusta dejarme llevar, como ya sabéis, permití que estas ideas me ocupasen y me dispuse a experimentar un poco de terror, lo que siempre me ha parecido saludable en ciertas dosis. Me imaginé que estaba viendo uno de aquellos cortos que mi amigo J.J. y yo escribíamos cuando estábamos en el instituto (y que él llegó a dirigir en alguna ocasión), y de esta manera dejé que mi mente se llenara de precipicios y riscos, de huesos de animales y hasta (¿por qué no?) de un lago teñido de sangre. Me encantaría hacer un cortometraje de terror en las montañas, pensé. Podría incluir una escena que había visto la tarde anterior, cuando encontré por casualidad a unos pastores descuartizando un caballo. Eran unos hombres duros, con la cara cuarteada por el frío y el sol y las manos encallecidas. Después de cortarle parte de las piernas y la cabeza al animal, le comenzaron a sacar las vísceras, inundándolo todo con un olor fuerte y pesado. Me impresionó sobre todo la ductilidad tan cinematográfica de aquellos órganos, aún calientes, que los pastores tomaban con sus manos e iban dejando en unos valdes. Además de repugnarme, me produjeron una poderosa fascinación.

Afortunadamente para mi salud mental, empecé poco a poco a encontrarme a montañeros que venían desde el otro lado, la que venía a ser la ruta más habitual. Ninguno supo decirme bien si iba a poder encontrar un lugar donde dormir, e incluso uno de ellos, un guía que iba con un grupo, me advirtió que lo mejor que podía hacer era darme la vuelta. Pero ya que había llegado hasta allí, y a pesar de estar ya completamente extenuado, seguí subiendo hasta llegar al último trecho que, tal y como habéis visto en la foto anterior (y podéis comprobar mejor en este vídeo), era más vertical de lo que imaginaba. Me sabía mal estar ya a punto de ver el lago y darme la vuelta, así que me puse manos a la obra y, después de los 30 minutos más terroríficos de mi vida, logré llegar hasta arriba. Un grupo de chicos que descansaban allí comenzó a aplaudirme al ver que había superado la prueba. Me dijeron que pensaban que me iba a despeñar. Que deciros: yo también lo pensé en varias ocasiones.

El esfuerzo merecía la pena. Panorámica del Ala-Köl

El esfuerzo merecía la pena. Panorámica del Ala-Köl

En cualquier caso las vistas desde lo alto eran excelentes y por un momento no me parecieron amenazadoras sino (y siguiendo con la estética del romanticismo) solo sublimes. Creo que es uno de los lugares más bonitos donde nunca he estado, y comerse un bocadillo de atún allí resultaba el súmmum de la felicidad, sobre todo después de aquella larga caminata de cinco horas… Hostia, pensé de pronto ¿cinco horas? ¿Y ahora que hago? Mientras terminaba de comer el bocadillo me di cuenta de que aunque había logrado ver el lago, que era lo que pretendía, me encontraba en una situación difícil. Bien siguiera adelante o intentase volver, parecía estar muy lejos de cualquier lugar donde dormir. Aún era medio día, eso es verdad, pero la misma idea de caminar cinco o seis horas más me agobiaba. Además no sabía bien lo que hacer pues, aunque lo más lógico parecía ser volver sobre mis pasos, donde sabía a ciencia cierta que había una yurta donde dormir, en el fondo quería ir al lago ahora que estaba tan cerca. Tampoco la gente a la que me encontré en lo alto del paso parecía saber donde podían alquilarme por allí una tienda o un saco para dormir (normal, ya que estábamos en medio de una montaña), y de hecho me miraron pensando que no debía estar del todo en mis cabales, algo que ya deberían haber supuesto al verme escalar por el lado más empinado de la montaña. Me dijeron para animarme que había un grupo de tiendas junto al lago y que allí podía preguntar. Les tomé la palabra.

De esta manera, y aunque fuera por no bajar por el terraplén por el que había subido (aunque la verdad es que al otro lado tampoco es que fuera mucho mejor) me decidí a seguir adelante. En cuanto me alejé de los montañeros volví a sentir una punzada de terror. Estaba solo en el paisaje de alta montaña más impresionante que nunca había visto y tuve que luchar porque mi mente no me hiciera ver aquel bello lago glaciar teñido de rojo. Pero aún así, qué impresionante imagen, ¿no?, glaciares, barrancos, muchísima sangre… Cada vez estaba más seguro de que a J.J. le encantaría esta idea para alguno de sus cortos, y ya estaba elaborando una trama. Unos montañeros se pierden en los riscos y llegan a una zona con unos pastores malrolleros que les dan leche de yegua fermentada para dejarles KO. Su idea es sacrificarles al dios del lago, pero ellos logran escapar y comienza una persecución entre impresionantes barrancos y ríos caudalosos. Es una idea fantástica, ¿no?

Bueno, os preguntaréis, ¿y qué es lo que pasó al final? Pues obviamente no perecí, pues de lo contrario no estaría escribiendo estas líneas. Pero lo cierto es que, a pesar que desde arriba se veía muy fácil de seguir, en un momento perdí el camino. Cuando llegué a la orilla del lago y vi que no podía continuar, pensé que iba que tener que volver media hora hacia atrás para regresar a la senda, lo que me desesperaba ya que cada retraso significaba cargar más mis cansadas piernas y acercarme a la fatídica hora del anochecer. Pero antes de volver, decidí subir un poco entre las rocas para orientarme. Fue entonces cuando vi asomar las tiendas del campamento que los chicos me habían señalado desde arriba y que terminó siendo mi salvación.

Campamento de montaña al lago del lago. Estaba allí solo cuando no había nieve (julio y agosto) y dada la ausencia de carreteras llevaban todas las tiendas en helicóptero.

Campamento de montaña al lago del lago. Está allí solo cuando no hay nieve (julio y agosto). Al estar en un sitio de tan difícil acceso llevan las tiendas en helicóptero.

La primera persona que vi al llegar fue una turista sueca, muy rubia ella. Creo que se asustó de mi cara de a angustia y mi desorden capilar. Cuando le expuse mi problemática, me indicó que preguntara a la encargada, una simpática kirguís con un inglés estupendo y una actitud tan amable que me enamoré inmediatamente de ella. Al contrario de lo que me había indicado todo el mundo, aquella mujer no solo tenía una tienda de campaña y un saco de dormir para alquilarme, sino también esterilllas para hacer más agradable mi estancia en la alta montaña. Además, por un precio más que módico, me preparó también la cena y el desayuno. Nunca me alegré más de vivir en un mundo preparado para el turismo.

Estaba salvado, y todo por no hacer caso de los consejos de la gente ni de mi sentido común. Cuando pude al fin tumbarme en mi flamante tienda de campaña me di cuenta de que el corazón me latía rapidísimo, un poco por el esfuerzo físico, otro poco por la altura y un poco también a causa de la ansiedad. Fue allí, tumbado en mi saco y esterillas, sintiéndome cada vez mejor, cuando se me ocurrió escribir esta entrada de blog. A pesar de nuestros numerosos proyectos fallidos, quiero con estas líneas proponer a J.J. que escribamos un verdadero cortometraje de terror. Podría llamarse “José (Joaquín) junto al lago”, por ejemplo, y esta vez podrá incluir todas las mutilaciones y desviaciones sexuales que considere oportuno. Lo importante es que transmita todo aquello que sentía entonces. Porque el terror, queridos amigos, es una de las maneras más intensas de sentirte vivo. Y creedme si os digo que en aquel momento irradiaba vitalidad.

Está claro que J.J. y yo nunca lograremos ponernos de acuerdo en lo que a estética cinematográfica se refiere. Pero seguimos disfrutando discutiendo de cine delante de unas cervezas, que es lo que importa.

Está claro que J.J. y yo nunca lograremos coincidir en gustos estéticos. Sin embargo, seguimos sacando tiempo para contrastar nuestros gustos cinematográficos delante de unas cervecitas. Y eso sí que es importante.

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Categorías:Asia Central, Kirguistán

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5 respuestas

  1. Realmente, hombre osado, esos países no serán tan peligrosos como parecen de lejos pero incómodos son de sobra. Maravilloso el lago Ala-Köl, que no logro visualizar teñido de rojo, y al que, según parece, se puede ir en helicóptero (y volver). Mi pasión por los viajes no me ciega. Saludos cordiales.

    • Sí, imagino que puedes ir en helicóptero, pero mejor ir andando, sobre todo si estás mejor preparado que yo. A mí sin embargo sí me ciegan los viajes, y aunque a veces me arrepiento pienso que merece la pena perderse un poco. A veces solo así es posible encontrarse. Saludos!

  2. Ese corto conocería el éxito. Pero aun con el más diabólico demonio por dios del lago yo también soy incapaz de visualizar esas aguas rojas. En todo caso blancas, de leche fermentada de yegua, como los baños de Cleopatra. Será que a mí, como a tantos otros, me queda pendiente sentir ese terror punzante y vitalizante a flor de “hiel”. Me muero de ganas.
    Una vez más, gracias por relatar tu odisea, por publicar las fotografías, y [last but not least] por tus delirios artísticos.
    Un saludo desde el área de confort.

    • Un lago lleno de leche de yegua fermentada… Madre mía. Esa imagen me produce inquietud y hasta retortijones. Lo apunto para cuando J.J. se decida a colaborar conmigo de una vez 😉 Y el miedo… Es bastante relativo, pero es verdad que a veces es bueno obligarte a hacer cosas que no te apetecen. Yo ahora practico lo de salir solo por la noche, y suele ser divertido. Un saludo!

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