Buscando cariño en Kazajistán (I)

Sí, amigos, Kazajistán no entra entre los lugares propicios al amor.

Sí, amigos, Kazajistán no consta en el inventario de lugares propicios al amor. Ni siquiera Almaty (en la foto)

Llegué a Almaty (Kazajistán) completamente destrozado. Aparte de mis aventuras en las montañas, de mis recurrentes problemas gástricos y de haber recorrido ya más de 4000 kilómetros por tierra, el trayecto desde Karakol (Kirguistán) me había supuesto un extenuante viaje de un día entero de duración. Cuando, ya de noche, vi por primera vez desde las ventanillas del taxi compartido las luces de la ciudad, sentí que al fin había llegado al lugar en el que podría descansar. O eso es al menos lo que creía.

Almaty, la ciudad más importante de Kazajistán (a pesar de que la capital es Astana) era la población más grande en la que había estado desde que había dejado Tashkent, y, según contaba la guía, también la más cosmopolita y abierta de Asia Central. De esta manera, y a pesar de no tener muchos monumentos (más bien ninguno) era el oasis perfecto en el que detenerme unos días antes de afrontar el último tramo de mi viaje hasta Mongolia. Pero además, en una de mis fantasías más recurrentes, Almaty era un lugar adecuado para encontrar algún tipo de afecto o, al menos, algo de sociabilización (no olvidemos que llevaba ya tres meses viajando solo por lugares poco poblados y andaba ya algo tocado). Esto puede resultar una idea un tanto extraña, pero tiene una explicación.

Para empezar, una de mis principales razones para visitar Almaty era que había conocido a una estupenda familia almatiense en Madrid. Un poco a causa de mi insistencia, y un mucho por su generosidad centroasiática, el cabeza de familia, Ardak, que tenía más o menos mi edad, se habían ofrecido a presentarme a algunas personas en la ciudad e incluso a que su hermana me prepararan beshbarmak, el plato típico de la región. Este ya era el mejor plan que tenía en mucho tiempo, pero había también otro motivo, en este caso mucho menos realista, que había terminado por convencerme para elegir Almaty como parada obligada de mi viaje. Después de que un amigo me hubiera mostrado una foto de una jugadora de voleibol kazaja y de deslumbrarme con una de las trabajadoras que encontré en la embajada de Kazajistán en Madrid, había asumido (lo que resultó ser en parte cierto) que el pueblo kazajo poseía una especial belleza, quien sabe si por la peculiar demografía del país. De esta manera, soñaba con encontrar en las calles arboladas y rectas de la ciudad a alguna atractiva mujer en la que convivieran armónicamente el exotismo oriental y la sensualidad eslava. Esta idea, a causa de la carencia afectiva en la que me encontraba, provocaba en mí una emoción difícil de controlar.

Las cosas además comenzaron bastante bien. Ya antes de llegar a Kazajistán, me puse en contacto con Алена (pronunciése más o menos como Alana), una amiga de Ardak que me ayudó a encontrar un lugar donde quedarme, algo que con mis escasos conocimientos del ruso no habría resultado nada fácil. Al parecer, como me quería quedar al menos una semana (al final fueron más bien dos), lo más conveniente era alquilar un apartamento que además me hacía sentir que vivía en la ciudad, algo que agradecía después de tantos meses de turismo salvaje. Me encantaba también tener una pequeña cocina (a pesar de que ciertamente no había muchos utensilios para cocinar) y poder comprar (aunque a precios prohibitivos) un poco de aceite de oliva en los bien surtidos supermercados de la ciudad. Mis intestinos, que llevaban ya meses con problemas cada vez más serios a causa de una dieta basada en la carne y los lácteos, agradecieron estos cambios regulando naturalmente su tránsito.

No creo que entrara en los planes de Алена vernos, y la verdad es que ya había hecho por mí, un amigo de un amigo al que no conocía de nada, mucho más de lo esperado. Sin embargo, deseoso de establecer contacto con alguien fuera como fuera, la presioné para quedar hasta que al final terminó por aceptar. Алена me vino a buscar a las ocho o nueve de la noche del sábado, lo que pareció una cita en toda regla, así que me acicalé con los pocos recursos con los que contaba (no olvidemos que soy un mochilero y viajo con lo mínimo). La esperé en la esquina de mi casa y lo primero que me sorprendió al verla, además de su sonrisa cándida, fue el cochazo que conducía. Se trataba de un Audi con asientos de cuero en el que subí encantado, tratando de imaginar donde me llevaría.

Tal y como fui poco a poco descubriendo, Алена era una rusa de nacionalidad kazaja cuya ciudad de origen era Semey, al noreste del país. Desde el primer momento me resultó una persona tan tierna como frágil y tal vez, (o al menos así lo quise pensar) se debería de sentir tan sola y necesitada sentimentalmente como yo lo estaba en aquel entonces. En cualquier caso, me gustaba su compañía, así que me acomodé en el asiento y dejé que las cosas fluyeran, aunque en seguida descubrí que no lo iban a hacer de la manera en que esperaba. Mi idea es que iríamos a tomar algo a algún bar, pero sus planes eran más bien enseñarme la ciudad sin bajarnos del auto, lo que me pareció una actividad cuanto menos curiosa. De esta manera me llevó a ver (a través de la ventanilla) los centros comerciales y las tiendas elegantes de la avenida Al-Farabi, y después también a un parque al que no se podía pasar no recuerdo por qué, pero que en cualquier caso por la noche no se apreciaba muy bien. En un momento dado, viendo que lo del paseo en coche no daba para mucho más, Алена se lió la manta a la cabeza y decidió conducirme a las montañas que se extienden al sur de la ciudad. En veinte minutos habíamos subido hasta el estadio de Medeu, a 1600 metros de altitud, donde a petición mía bajamos al fin del coche. El lugar debería ser bastante bonito, pero en la oscuridad no se apreciaba demasiado las montañas que lo rodeaban. Aún así nos hicimos una foto, que fue como habernos hecho una foto en cualquier otro lugar oscuro, pues en ella no se veía nada más que a nosotros iluminados por el flash y con los ojos rojos.

Ya de vuelta, con el temor de que volviera a darme vueltas en su coche o, lo que es peor, dejarme en el apartamento, volví a insistir y le propuse ir a cenar algo. Ella me dijo que no tenía hambre, pero que me llevaría a un restaurante que conocía. De esta manera acabamos en un indio que, como todo en aquella ciudad, rebasaba con creces mi presupuesto. Aún así agradecí el cambio de dieta y de ambiente.

Mientras cenábamos (bueno, en realidad solo comía yo, pues ella se había pedido una botellita de agua), me di cuenta de que Алена tenía algunos miedos que evidenciaba fácilmente. A pesar de ser sin duda una profesional exitosa, y de tener mi edad, parecía extrañamente vinculada a su madre, a la que nombraba a menudo. Además parecía muy preocupada por su figura y su peso, y eso que, a pesar de ciertas hechuras, no era una persona obesa. Era raro hablar de dietas mientras comía, aunque la verdad es que la conversación no me impidió dar buena cuenta de aquel delicioso curry. En cualquier caso, aquella mujer que seguramente para los estándares del país era una verdadera solterona, y que tal vez había decidido ocupar con trabajo y actividad sus miedos y carencias, transmitía una poderosa sensación de ternura y de bondad. Me agradó mucho haberla conocido y pasar aquella velada sintiendo aquel aire levemente romántico que seguramente a los dos nos venía muy bien.

Después de la cena no había mucho que hacer y ni nos planteamos ir tomar una cerveza. Así que nos volvimos a subir en su coche y me llevó de vuelta al apartamento, al que llegamos en seguida. Mientras nos despedíamos pensé por un momento en pedirle que subiera. Pero no lo hice, algo que tiene bastante sentido después de releer estas líneas. Así que nos dimos unos cálidos besos en la mejilla y nos dijimos un до свидания, que es adiós en ruso. La idea era volver a vernos en una semana, lo que nunca sucedió. Pero os prometo que en los casi quince días que estuve en la ciudad me pasaron muchas otras cosas que merecen ser contadas. Eso sí, aun no pudo desvelaros si encontré o no el amor, tal vez porque ni siquiera yo lo tengo muy claro.

abrazos gratisdos

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Categorías:Uncategorized

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3 respuestas

  1. El “beshbarmak” preparado por la abuela tiene muy buena cara. Seguro que compensa de carencias afectivas y otras desilusiones. Saludos cordiales.

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