Buscando cariño en Kazajistán (II)

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Al día siguiente de mi cita con Алена era domingo. Me levanté tarde y fui a desayunar a una de las numerosas cafeterías de Almaty, un tipo de establecimiento que no abunda en Asia Central y que, incluso si el café es bastante más caro que en Madrid, era uno de los motivos por los que me gustaba tanto aquella ciudad. Mientras degustaba aquel excelente capuchino, y aprovechando que la conexión a internet era muy buena, me dispuse a través de la red a buscar el amor (o, en su defecto, alguien que me hiciera algo de caso). Mi amigo kazajo me había dado el teléfono de su hermano pequeño, de nombre Islam, el que a su vez, ya que no se encontraba esos días en la ciudad, me había puesto en contacto con unas amigas suyas. Estas chicas, jovencísimas y, al menos en sus fotos del Whatsapp, también bellísimas, parecían sin embargo estar bastante ocupadas, así que quedar con ellas me resultó prácticamente imposible (en realidad acabé viendo a una, pero creo que no nos caímos demasiado bien). Por otra parte, para diversificar un poco mis posibilidades de éxito social, había decidido empezar a utilizar también el Tinder, que es, para los que no lo sepan (aunque creo que todo el mundo lo sabe), una aplicación para ligar. Allí conocí a Alexandra, una chica que parecía dispuesta a quedar conmigo, lo que ya era algo. Cuando le hablaba de mis soledades centroasiáticas a través del chat me sugería dejarme llevar por las energías místicas de la existencia. Aquel día, sin embargo, esas energías no nos llevaron el uno al otro, aunque sí lo harían más tarde, una vez más de una manera distinta a la que yo imaginaba.

Al final, como ninguno de aquellos planes se concretaban y ya iba viendo que transcurriría otro día más sin tener el mínimo contacto humano, decidí hacer algo que me había venido bien en otros momentos de incomunicación (aparte de hablar a través del Whatsapp con mis amigos). Se trataba de ir a los banya, saunas que, quien sabe si por influencia rusa o por costumbre túrquica, están presentes en casi todas las ciudades importantes de la zona. Sé que puede sonar raro, y seguramente lo es, pero lo cierto es que mis carencias afectivas solían atenuarse cuando sometía a mi cuerpo a la desnudez y los contrastes de temperatura. Las piscinas de agua fría, las saunas y las ramas con las que puedes sacudirte los muslos son de esta manera, y a falta de nada mejor, una manera de sentir que tu cuerpo sigue vivo. Aunque sin duda lo mejor de aquellos lugares es la posibilidad de darte un masaje, normalmente no muy buenos pero que en mi estado de aislamiento era la actividad más erótica a la que podía aspirar. Después de haber pasado tanto tiempo solo durante mi viaje, os puedo asegurar que si alguien me toca la espalda durante un rato puedo aguantar más de tres días sin hablar con nadie. De verdad.

De esta manera, ansioso por establecer aunque fuera este precario contacto físico, me dirigí a los baños Arasan de Almaty, los más amplios, lujosos y caros donde nunca había estado. Al entrar me di cuenta de que, además de ser era uno de los pocos turistas que debían haber pasado por allí en mucho tiempo (en las dos semanas que estuve en la ciudad no vi ni uno), era la única persona que no hablaba ruso de todo el complejo. Aún así logré entenderme y explicar a la chica que quería usar los baños y recibir también un masaje.

De esta manera me dieron una llave para las taquillas donde dejé cuidadosamente doblada toda mi ropa. Después, ya desnudo, pues es así como se acostumbra a bañarse en estos lugares, me dediqué a recorrer el enorme edificio rodeado de hombres de la misma guisa.

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Imagen habitual en los baños Arasan. Es curioso que a pesar de la desnudez a mucha gente le de por llevar gorro. (Foto de Christopher Herwig.)

La verdad es que estos baños son limpísimos y muy agradables y, si no fuera por el precio (alto, como todo en Kazajistán) se lo recomendaría a cualquier viajero que pasara por la ciudad. Además de sudar en diferentes tipos de sauna podías nadar en una piscina circular, tirarte cubos de agua helada por la cabeza o tumbarte lánguidamente en algún asiento de mármol a mirar el panorama nudista. Hice todo esto y, cuando ya me había recorrido sus tres o cuatro pisos y experimentado varias veces la agradable sensación de cosquilleo que producen los cambios bruscos de temperatura, me dirigí al baño turco, que era donde se daban los masajes.

Como todas las salas de aquel spa, el hammam estaba excelentemente ambientado y era muy limpio. En medio de la sala, al lado de una gran mesa de mármol, me esperaba el masajista en cuestión el que al menos llevaba una toalla atada a la cintura. Se trataba de un ruso de unos treinta años, bastante calvo y con los ojos azules que se llamaba Boris (aunque no sé cómo pude saber su nombre ya que no hablaba ni una palabra de inglés ni de kazajo, idioma que entiendo ligeramente mejor que el ruso). Seguramente mi necesidad de amor estaba llegando a un grado preocupante, pues me pareció atractivo y no me importó que me masajeara completamente desnudo. Ni siquiera cuando, tumbado boca arriba, me tocó las piernas, haciéndome vivir una de las experiencias homoeróticas más intensas de mi vida.

Sí, chicos, aquellos fue lo único que sucedió, pero cualquier caso aquel contacto físico levemente sensual me ayudó, a falta de nada mejor, a combatir la soledad y las sensaciones depresivas que incluso de viaje suelen invadirme los domingos. Si os cuento esta experiencia es para que entendáis la peculiar encrucijada sentimental en la que me encontraba. En el entorno frío y esquivo de las estepas asiáticas, y a pesar de estar viviendo el que era probablemente el viaje de mi vida, sufría ataques de soledad y, como se ve, vergonzosos enamoramientos absolutamente aleatorios. Este descontrol no era muy bueno para mi salud mental, que lleva renqueando desde la adolescencia, y la primera señal de que estaba perdiendo el norte me sobrevino cuando después del masaje, relajado como me había dejado el tal Boris, me resbalé bajando unas escaleras y me metí un hostiazo importante. Durante todo el tiempo que pasé en Almaty tuve en el brazo izquierdo un gran hematoma cuyos psicodélicos cambios de color (a veces era morado, otras verdoso, otras rojizo) resultaba tan doloroso como fascinante. Esto no quedó así, sin embargo. Al día siguiente el destino me había preparado una sorpresa más penosa aún de la que daré cuenta en la próxima entrada de este blog. Es posible que con tanta muerte y resurrección simbólica me encontrara ya muy cerca del renacer espiritual que debía de estar buscando en aquel solitario rincón del mundo. Pero en cualquier caso, resurgir de mis cenizas, cual ave Fénix, no me iba a resultar nada, pero que nada fácil. (Continuará)

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Categorías:Asia Central, Kazajistán, Uncategorized

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4 respuestas

  1. Viajar solo produce ese sentimiento contradictorio de la emoción por descubrir lo desconocido en contraste con la soledad. Me pasó cuando visité Avila, cerca de Madrid, por un día. Mi segundo apellido es Avila y pasé todo el día queriendo decirle a alguien que mis ancestros seguramente salieron de esa ciudad para America hace mucho tiempo.

    • Avila es uno de esos sitios de Castilla donde la soledad puede ser abrumadora si no eres una mística como santa Teresa. En tu viaje tal vez descubieras por qué tus antepasados se fueron a América… estaban huyendo de allí 😉 (En realidad, aunque la ciudad de Ávila no es mi preferida de Castilla, la provincia es una de las más bellas. Y tienen unos pastelitos de yema dulcísimos y muy buenos). Un saludo!

  2. Cuánto siento lo de tu caída por la escalera que, espero, fuera de mármol, de forma que el costalazo compensara del elevado precio de la sauna. Desde luego, mereces renacer de tus cenizas. Cuando lo hagas, tengas tiempo y buena predisposición, publica el libro de tu transformación espiritual. Será un éxito. Bon courage.

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  1. Buscando cariño en Kazajistán (IV)

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