Buscando cariño en Kazajistán (IV)

Sigo sin entender por qué no triunfé en Tinder, con lo majo y latino que soy.

Sigo sin entender por qué (con lo majo y mediterráneo que soy) no triunfé en Tinder durante mi viaje.

Después de mi última aventura (llamémosla más apropiadamente indigestión) estaba tan destrozado que me quedé un día entero postrado en la cama. Leía, comía arroz blanco y solo salí para ir a la agencia de viajes de la esquina a cambiar unos billetes de tren para Astana. Esta ciudad, un delirio arquitectónico creado de la nada para ser la capital del país, me llamaba tan fuertemente la atención que había decidido ir hasta allí a pesar de que tenía que ir y regresar por el mismo camino. Pensaba hacerme los 1300 km (x2) que me separaban de ella en el tren rápido, que no es otro que un talgo (el tren español, lo llaman). Eran “solo” doce horas, pero en mi estado no habría podido viajar ni siquiera en el tren bala japonés, así que tuve que retrasarlo con la esperanza de que un par de días más la dieta blanda  mejoraran mis desarreglos gástricos.

Sin embargo, mis lamentables circunstancias no habían mermado ni un ápice mi deseo de encontrar algo de cariño en Kazajistán. Después de mis pequeños fracasos con los contactos que me habían proporcionado mis alumnos, tuve que recurrir al Tinder que es, como todo el mundo sabe, una aplicación para ligar. Sí, reconozco que yo también la he estado usando este invento posmoderno durante el viaje, aunque a decir verdad con muy poco éxito. Al contrario de lo que pensaba antes de partir, un viajero en tránsito no es demasiado sexy y, en caso de serlo, el poco tiempo que pasaba en cada ciudad reducía aún más mis posibilidades de quedar con alguien. A pesar de no tener las cartas a mi favor, perseveré. Entre las fotos que se deslizaban a la izquierda (no) o aquellas otras a la derecha (sí) acabé encontrando a Alejandra, una chica que ya desde las primeras frases en el chat me resultó excesivamente mística. Para mi sorpresa aceptó sin problemas mi propuesta de vernos, así que al día siguiente, cuando mi estómago se había estabilizado lo suficiente como para alejarme unos metros del cuarto de baño, quedamos en una de las numerosas cafeterías modernas de la ciudad.

Alejandra (o tal y como la llaman allí Sasha*), es una chica de nacionalidad es uzbeca y origen coreano que llevaba unos años viviendo en Kazajistán. Su lengua materna es el ruso y su cultura es una mezcla de elementos eslavos, uzbecos y coreanos que hace que sea capaz de identificarse con alimentos tan dispares como el kimchi, la solyanka o el plov (a pesar de no comer los dos últimos pues es vegetariana). Sasha tiene un poderoso encanto que, tal y como ella misma me confesó más tarde, no resulta evidente a primera vista. En mi caso no me sentí inmediatamente atraído hacia esa mujer de cara redonda, nariz chata y un cuerpo extremadamente delgado. Tampoco su conversación me fascinó aquella tarde y sin embargo, no me preguntéis la razón, cuanto más tiempo pasaba con ella más y más me gustaba.

Ya desde el principio me quedó bastante claro que Sasha estaba muy metida en el mundo de la espiritualidad. Hacía unos años había tenido una revelación mística y acababa de dejar su trabajo para vivir prácticamente del aire (su delgadez extrema indicaba que la ingesta de alimentos no suponía una gran preocupación para ella). Meditaba a menudo, tenía experiencias extrasensoriales que se dedicó a explicarme con detenimiento y uno de sus planes era viajar a Perú para tomar ayahuasca, una afición que sorprendentemente compartía con casi todas sus amigas. Perú no era sin embargo su único vínculo con la cultura hispana. Además de que varios de sus ex-novios eran (como no) argentinos, el motivo principal de su fascinación por esta parte del mundo era la certeza de que en una de sus vidas pasadas había sido un conquistador. Sin embargo, a pesar de lo que pudiera parecer en un primer momento, no tenía en la cabeza acabar de gobernadora en una ínsula ni nada por el estilo. La labor de Sasha era más sanar a las personas, tal vez en la lengua de Cervantes. Ahí volvíamos una vez más a mí ya que, además de ser español, necesitaba urgentemente ser curado. Tuve que reconocer por una vez que la conciencia universal no se había equivocado al ponernos en comunicación a través del Tinder.

Estuvimos hablando de este y otros temas similares toda la tarde y la verdad es que, a pesar del cansancio que me suele causar departir sobre estos rollos espirituales, no solo no me aburrí sino que me sentí reconfortado. Al despedirnos noté incluso que estaba mucho mejor del estómago. Cuando unos días más tarde le comenté a Sasha lo que me había producido nuestro primer encuentro, ella me dijo que ya lo sabía y que lo había hecho a propósito. Según me contó podía curar a la gente escuchando a la persona con atención mientras visualizaba el vacío en su interior. Es una técnica cuanto menos curiosa, pero por si acaso no me hago responsable si la intentáis en casa.

El día siguiente era mi último día en Almaty. Había preparado todo para ir a Astana dos o tres días, volver una noche a Almaty y desde allí encaminarme a China, mi siguiente destino. Aquella mañana, paseando por las calles arboladas de la ciudad y tomándome un café que casi vuelve a estropearme el estómago, todo este inmenso desvío me pareció ridículo y me dieron ganas de quedarme allí. Por primera vez en mi viaje había encontrado a alguien con quien, a pesar de sus excentricidades, quería compartir más momentos y, a ser posible, algún fluido. Pero no podía volver a cambiar los billetes y no podía llegar más tarde a China a riesgo de perder mi visa. De esta manera, a modo de despedida, volví a encontrarme después de comer con Alejandra que en esta ocasión estaba en otro café con una simpática amiga suya que, tal y como me repitió varias veces, solo sabía dos palabras en español: baño y muerte. Me reí mucho con ellas y cuando me despedí para coger el tren volví a sentirme algo abatido.

Me quedaban solo un par de horas para arreglarlo todo. Di las llaves del apartamento a mi casero, tomé mi mochila y me dio tiempo de comprar algo en el supermercado para el viaje. Llegué a la estación con al menos una hora de adelanto y decidí esperar fuera, en un pequeño parquecillo. Me senté en un banco al lado de un hombre muy tranquilo con aspecto de estar alcoholizado y, mientras esperaba a que el tren saliera, me preparé un bocadillo con el aceite de oliva que me quedaba y me lo comí sintiendo que poco a poco mi estómago volvía a su ser.

El tren salía a las 19.37, lo tenía claro, y por eso no me inquieté cuando anunciaron el convoy de Astana. Pensé que habría muchos trenes entre las dos ciudades más importantes de Kazajistán, pero lo cierto es que me había hecho un lío entre los billetes de ida y de vuelta y los cambios de fecha y hora y, tal y como comprobé cuando entré a la estación, el flamante talgo hacia la capital de las estepas había salido a las 19.15. Aunque ahora me da casi risa al recordarlo, en aquel momento faltó muy poco para que me desmayara en mitad del vestíbulo.

En aquel momento la angustia me invadió y tuve la inquietante sensación de que había perdido por completo el control de mi vida. Yo, la única persona con la que podía contar en aquellos momentos, no me inspiraba ya la menor fiabilidad. ¿Cómo podría continuar el viaje de aquella manera? En los últimos días, a causa de mi creciente descontrol y despiste, había sufrido una horrible indigestión, me había dado un golpazo en el brazo que aún me dolía y me había enamorado platónicamente de al menos dos personas de diferentes sexos. Ciertamente necesitaba hablar con mis amigos, pero no a través del whatsapp sino tomándome un café o, a ser posible, una manzanilla. Pero a 8000km de Madrid esto no era posible.

Así que luchando por recuperar algo de cordura, me dirigí a las taquillas donde una mujer trató de ayudarme sin mucho éxito, ya que ella no hablaba ni papa de inglés ni yo de ruso. El único que me hizo algo de caso era un hombre me proponía llevarme a toda prisa en su coche a la próxima estación, no sé si 300 kilómetros o más en el interior de la estepa. Allí podría pillar el tren y seguir como si nada. Cuando me dijo que el precio de este breve viaje de unas cuantas horas era mayor que un nuevo billete, le dije amablemente que estafara a otro. Por fortuna, y después de montar un pequeño número, acabé encontrando un kazajo de origen turco que me ayudó con el idioma a regañadientes. Al final acabé entendiendo que cualquier cambio en el billete suponía un importante desembolso de dinero y muchas horas de espera, todo esto, no lo olvidemos, para ir dos o tres días a una ciudad hortera en medio de la nada. Acabé asumiendo que aquel gigantesco desvío que me hacía tanta ilusión no tenía el menor sentido, así que decidí cancelar mi viaje de vuelta y quedarme en Almaty unos días más para tratar de recuperar no solo mi salud sino la entereza y fuerza mental con la que había salido tres meses atrás de Madrid.

Ya más tranquilo, y tratando de evitar pensar en todo el dinero que había perdido con aquel viaje frustrado, me dediqué a buscar un lugar donde recargar el móvil, lo que no fue nada fácil. Al final una mujer dejó que lo enchufara en su tienda y por fin pude llamar a Alejandra, que no se sorprendió en absoluto por lo que me acababa de pasar ya que la conciencia universal ya le había dado señales inequívocas de que yo me quedaba en Almaty. Le pregunté si podía dormir en su casa hasta que saliera mi autobús hacia China, cinco días más tarde, y a ella le pareció bien y me dio la dirección. Cuando salí de la estación en busca de un taxi me sentí extraño. A pesar de todo lo que me había pasado, me reconfortaba la idea de quedarme un tiempo más con Sasha y sus amigos. Eso sí, no imaginaba que aquellos cinco días iban a ser probablemente los más extravagantes de todo mi viaje.

sasha

Qué razón tienes, Sasha. ¿Qué sería el mundo de la espiritualidad sin algo de glamour?

*¿Alguien podría explicarme por qué en ruso se llaman Sasha tanto a los Alejandros como a las Alejandras?

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Categorías:Uncategorized

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