Buscando cariño en Kazajistán (III)

 

1.

1. Beshbarmak. 2. Hueso que solo pueden comer los hombres.  3.Kurt: especie de queso seco y salado. 4. Kazy: embutido de carne de caballo. 5. Ensalada con tomate y cebolla. 6. Boortsog: una especie de churros salados. 7. Pan. 

Como ya he dicho, uno de los principales motivos por los que me encontraba en Almaty era la familia que había conocido en Madrid y que había despertado mi interés por ese país tan inmenso como vacío que es Kazajistán. También conté que había sido gracias a ellos, especialmente al padre de familia, que había tenido cierta vida social en Almaty, algo que necesitaba tras aquella larga travesía en el desierto del amor. De esta manera, fue también por ellos que pude probar verdadera comida kazaja ya que Ardak, que así se llamaba el cabeza de familia, había logrado que su hermana me invitara a cenar en su casa.

El evento en cuestión era el lunes por la noche. Tenía tantas ganas de causar buena impresión que me afeité, me peiné (algo no muy común en mí) y me puse una camisa azul que era, a pesar de las arrugas, la prenda más elegante con la que contaba. A media tarde me reuní con Assem, una de las hermanas de mi amigo que me serviría de intérprete en la velada, y juntos nos dirigimos en autobús a casa de Zhanar, la hermana que me invitaba.

Desde el principio me cayó genial Assem, una mujer alegre, vitalista y con unos kilos de más. Además era muy habladora y durante el largo trayecto me contó muchísimas cosas sobre su vida. Según me enteré estaba divorciada, era bahai (parece que Almaty es un imán para todo tipo de creencias y religiones) y le habría encantado viajar por el mundo como yo lo hacía. También se lamentó varias veces de que la sociedad kazaja estuviera tan llena de prejuicios algo que, sobre todo después de la conversión al bahaismo, le costaba cada vez más tolerar. Hablando de estas y muchas otras cosas, llegamos a nuestra parada y nos dirigimos caminando a la casa de su hermana, un piso en las afueras de la ciudad que por alguna razón me recordaba a algunos apartamentos construidos en España en la década de los ochenta.

Antes de entrar, como es costumbre en Asia Central, me quité los zapatos. Ayudado por Assem y su hija Korai, que también hablaba inglés, saludé a Zhanar, la anfitriona y también a su madre, una mujer muy sonriente a pesar de su avanzada edad. Como gesto de gratitud les entregé un vino de Jumilla que había comprado en el supermercado a precio de Rioja Gran Reserva. Lo guardaron y me hicieron pasar al salón.

Desde el momento en que vi la mesa me impresionó la cantidad de viandas que habían preparado para la ocasión. Ciertamente en el mundo centroasiático los invitados son tratados con tal cuidado y respeto que a veces puede resultar abrumador. Para que el ambiente pareciera más típico, habían quitado además las patas de la mesa y, al más puro estilo oriental, íbamos a sentarnos en el suelo todos menos la abuela que, aquejada de osteoporosis (aún tenía unas vendas en los brazos de su reciente visita al hospital), lo hizo en una silla. Que se hubieran tomado tantas molestias por una persona que no conocían y que además la abuela no se encontrara del todo bien me hizo sentir algo culpable y pensé que tal vez no debería haber aceptado la invitación. Traté de imaginar cómo reaccionaría mi madre o mis hermanas si les pidiera que organizaran una cena a un amigo cuando yo no estuviera en el país. Estoy seguro que, de hacerlo (no estoy del todo seguro de que aceptaran), no lo prepararían con tanta diligencia como aquellos amorosos kazajos.

De esta manera, ya sentados en la mesa, comenzamos un tanto desordenadamente a comer todo aquel montón de comida. Aunque más bien habría que decir que comencé yo, pues ellas apenas probaron bocado. Lo que sí que hacían mientras conversábamos mezclando el inglés, el kazajo y el ruso, eran ponerme más y más comida en el plato y yo, para resultar educado, trataba como podía de ingerirla. Aquel festín consistía entre otras cosas en algunas ensaladas, embutido de caballo y unas bolas de queso duro e hipersalado que ya había probado en Kirguistán. También me plantaron en el plato un hueso de oveja que a mí me pareció más bien una pierna y que al parecer solo pueden comer los hombres. Me contaron que si lo dejaba completamente limpio encontraría una mujer pulcra y bella para casarme con ella. Yo, abrumado por toda aquella comida, no pude tocarlo, lo que tal vez explica que mi suerte con el amor no cambiara en los días sucesivos. En cualquier caso esto no quedó ahí. El momento culminante de la cena consistía en el plato más famosos de la gastronomía kazaja y kirguís: el beshbarmak. un guiso de carne de oveja y caballo con algo de pasta y, en este caso, también unas patatas cocidas. Tal y como su nombre indica (besh: cinco, barmak: dedo) se come con la mano, lo que hice, descubriendo que realmente está más bueno así. En cualquier caso se trataba una vez más de una fuente inmensa y, como con el resto de la comida, a mí me pusieron una ración triple que la del resto.

En un momento dado encendieron la televisión y conectaron via Skype con la otra parte de la familia, la que yo había conocido en España. Fue muy divertido y se asombraron de verme en su casa y con el pelo tan largo. Estábamos a finales de julio y, entre otras cosas, me hablaron de que hacía tanto calor en Madrid que no se atrevían a salir a la calle durante el día. Yo pensaba que los kazajos eran capaces de soportar cualquier clima extremo, pero parece que se sienten mejor con los -10 grados que tienen que sufrir durante el invierno en Almaty que con los +40 que alcanzamos el pasado verano en Madrid. En cualquier caso, después de sugerirme que me quedara en Kazajistán y buscara trabajo allí, la conexión se cortó y volví a quedarme solo con mis anfitrionas y toda aquella ingente cantidad de comida.

En un momento dado, en parte pensando que tal vez podríamos comenzar un bello momento intercultural y en parte ansioso por beber un buen vino, cometí el error de señalarles que abrieran el Jumilla que había traído. Esto es una cosa que ya me ha pasado en diferentes reuniones interculturales, y es que en muchos países los anfitriones no abren el vino que has traído sino que lo guardan para otra ocasión. Así debe también funcionar en Kazajistán, pues cuando les hablé del vino ellas lo que hicieron fue traerme una botella de kumis, líquido amarillento con el que me llenaron un vaso hasta los topes.

Este kumis, del que ya he hablado anteriormente, es una de las bebidas más famosas de Asia Central. Se bebe en Kirguistán, en Kazajistán y también en Mongolia, donde recibe el nombre de airag. Se trata de leche de yegua que a base de batirla acaba fermentando. Es por ello que tiene un cierto componente alcohólico. No es una bebida que me emocione, y sentí algo de desagrado cuando me reencontré con su sabor graso y animal. En cualquier caso, como quería ser el huésped perfecto, decidí tomármelo todo, un error que casi me cuesta la vida pues nada más terminar el vaso me sentí algo borracho y pesado y enseguida me empezó a doler horriblemente la cabeza. Pero eso no fue lo peor. Diez minutos más tarde noté como mi estómago entraba literalmente en ebullición.

Curiosamente estos cambios en mi salud estaban pasando completamente desapercibidos para mis anfitrionas, seguramente porque me habían abandonado repentinamente dejándome solo en el salón. No es que fueran maleducadas, todo lo contrario. Lo que pasaba es que la abuela, que hacía unos minutos se había retirado a la habitación contigua, parecía tener tan fuertes dolores que requería de toda su atención. Yo la oía quejarse de vez en cuando a través de la puerta entreabierta, lo que creaba una atmósfera siniestra que no venía nada bien a mi propia enfermedad. Me sentía cada vez peor hasta que al final, aprovechando que nadie se fijaba demasiado en mí, me escondí en el baño donde vomité una gran parte de la carne que había comido unos minutos antes. Lo tuve que hacer en dos ocasiones durante la noche y aún me sigue sorprendiendo que nadie se diera cuenta de mis idas y venidas al baño o en que la rosada piel de mi rostro había adquirido un tono amarillo cadmio.

Cuando al fin me sentí un poco mejor, reuní fuerzas para decirles que con la abuela en ese estado (me cuidé de hablar del mío) no creía que mi presencia en la casa fuera lo más apropiada. Ellas no insistieron demasiado en que me quedara, pero sí en llevarme en coche al centro, algo que traté como pude de evitar. Por alguna razón seguía empeñado en ser un huésped ejemplar y no quería que supieran que la cena que habían preparado con tanto cuidado me había sentado como el culo. Pero mis intentos de convencerlas de que lo mejor era que volviera en taxi chocaron frontalmente con la hospitalidad kazaja. Al final acabé subido con Assem y Zhanar en el coche de esta última mientras rezaba en silencio a algún santo bahai para que mi estómago me dejara en paz al menos durante media hora.

Durante el trayecto estuve completamente callado y respondí a sus preguntas con monosílabos y evasivas. Estaba centrado en apartar de mi cabeza cualquier imagen de comida y, especialmente, de productos lácteos fermentados. Tenía miedo de volver a vomitar y sobre todo a hacerlo en el coche, algo que no me habría podido perdonar. En cualquier caso, no tardaron mucho en darse cuenta de que me pasaba algo. Mientras esperábamos a que un semáforo se pusiera en verde, Zhanar me preguntó si me había sentado mal la cena. Al volver a imaginarme toda esa carne no pude ni responder. Apenas me dio tiempo a abrir la puerta y salir corriendo a vomitar a esa especie de alcantarillas abiertas que tienen muchas ciudades rusas entre las aceras y el pavimento. Después, completamente abatido, subí de nuevo en el coche.

Cuando llegamos al apartamento me sentía extenuado física y mentalmente. Aquella experiencia intercultural que tanto había esperado había acabado saliendo un poco regulera, y no estaba seguro de si después de los vómitos podía decir con propiedad que había comido el famoso beshbarmak. Ellas sin embargo se mostraron muy simpáticas y al despedirse me dieron una bolsa con las sobras de la comida, incluyendo el hueso que solo los hombres pueden comer. Yo se lo agradecí reprimiendo las arcadas. Después, ya en el apartamento, lo tiré directamente a la basura y aún tuve que vomitar dos veces más antes de alcanzar cierta estabilidad física.

Pasé la noche tumbado sobre la cama, con un sudor frío y un intensísimo dolor de cabeza y de estómago. Pero eso no era lo peor. Por algún motivo me sentía un huésped fraudulento y me arrepentía de haber ido a la casa de mis amigos y, sobre todo, de haber tomado aquella bebida del infierno cuando sabía que no me sentaba demasiado bien. Sin duda estaba en el peor momento de mi viaje, pero con cierta perspectiva os puedo decir que la enfermedad es siempre necesaria en un proceso de cambio. Y de alguna manera un cambio es lo que debía de estar estaba buscando en aquel viaje solitario a las estepas (continuará).

Esperando un nuevo amanecer.

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2 respuestas

  1. Eres un viajero ejemplar que sabe estar a la altura de las circunstancias. Si yo hubiese tenido que hacer los honores a esa comida, no habría enfermado sino muerto en Almaty.

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  1. Buscando cariño en Kazajistán (IV)

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