Xinjiang

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Xinjiang (“nueva frontera”, en chino) es el nombre con el que se conoce la desértica región que los exploradores rusos denominaron Turquestán Oriental y que sus habitantes tradicionales, los uigures, llamaban Altishahr, seis ciudades. Conquistada a mediados del siglo XVIII por la dinastía Qing (y desde entonces con serios problemas de convivencia entre los uigures y los pobladores chinos), es actualmente la provincia más occidental de la República Popular China y, dadas sus peculiaridades históricas y culturales, constituye una de las cinco regiones autónomas del país.

El primer lugar que visité en Xinjiang fue Ürümqi (pronúnciese Urumchi), la capital de la demarcación. Es una ciudad bastante grande, casi como Madrid, pero, siendo remota y poco conocida, podríamos decir que se trata más bien de un Teruel oriental. En cualquier caso, como suele suceder en esta parte del mundo, la ciudad no conserva ningún vestigio del pasado y no es más que una sucesión de rascacielos, autopistas y muchas tiendas. Al recorrerla me dio la sensación de que había penetrado en una inmensa “tienda de los chinos”, todo repleto de plástico, luces parpadeantes y mal gusto. Puede sonar un poco raro, pero tuve la sensación de que, a pesar de seguir en mitad del desierto, había vuelto a la civilización.

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Habitantes de Ürümqi fotografiándose con su ciudad al fondo.

Ürümqi no me cautivó en un primer momento. Tampoco en un segundo, para ser sincero. Pero debo confesaros que había algo que me gustaba mucho de la ciudad y es que estaba llena de todo tipo de restaurantes. A pesar de mis escrúpulos morales, decidí dejar por un lado la dieta centroasiática que me ofecían los restaurantes uigures, y me dediqué a ir a los establecimientos de los colonizadores han, bastante más variados y con opciones vegetarianas. Una vez, lo confieso, cené incluso en un Pizza Hut. No sé qué tal le sentó esto a mis convicciones ideológicas, pero para mi estómago fue mano de santo. Eso sí, para ser justos no puedo dejar de hacer una apreciación, y es que en Xinjiang comí los mejores lagman de toda Asia Central.

Por otra parte, también tengo que explicar que cuando llegué a Xinjiang estaba un poco cansado de los pueblos túrquicos y del desierto. Respecto a lo primero, mis capacidades comunicativas en las diferentes lenguas túrquicas estaban llegando a su límite natural, y el hecho de que la lengua uigur estuviera escrita en ilegibles caracteres árabes (anteriormente lo fue en cirílico y en latino), no me ayudó a interesarme por ella. Respecto a lo segundo, el desierto, empezaba a estar francamente abrumado por las inmensas distancias vacías que llevaba meses recorriendo. Quería llegar a Mongolia cuanto antes, así que decidí saltarme la visita a Kasgar, la mítica ciudad de la ruta de la seda y capital de la cultura uigur. Me habría encantado ir, pero para llegar allí tenía que atravesar de ida y vuelta el no menos mítico desierto de Taklamakán (que al parecer significa “entrarás y no volverás”) el que, rodeado por algunas de las más altas montañas del mundo, resulta un lugar extremadamente seco y caluroso. En su lugar me fui a Turfán, otro de los centros de la cultura uigur. Aunque igualmente caluroso (es el segundo lugar más bajo del mundo después del mar Muerto), tenía la ventaja de estar mucho más cerca.

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Mezquita solitaria en una de las calles de Turfán.

Durante todo el tiempo que estuve en Turfán no vi ningún turista occidental (bueno, uno sí, pero de lejos). Lo que sí que había eran montones de turistas chinos. Imagino que para ellos aquellos paisajes remotos, con sus ruinas y sus mezquitas, deberían resultar lo más parecido a Oriente Medio que visitarían en su vida. Curiosamente, y a pesar de la fascinación que muchos chinos tienen por los occidentales, fueron pocos los que trataron de hablar conmigo en la semana más incomunicativa de toda mi vida (creo que no crucé más de tres frases con nadie). Aún así, sí me observaban de reojo, y me dio la sensación de que si uno de ellos hubiera tenido el valor de acercarse pronto habría estado haciéndome millones de fotos con todo el grupo.

Entre todos los lugares que visité alrededor de Turfán, los más sorprendentes eran las ciudades en ruinas en las que uno podía caminar al borde de la insolación y el delirio, casi siempre en soledad (los turistas chinos no solían recorrerlas en profundidad, sino que llegaban en su enorme autobús, daban una pequeña y rápida vuelta con su guía y se marchaban a toda prisa). La más importante para mi investigación túrquica fue la de Gaochang, la antigua capital del Reino Uigur de Qocho (856/1335). Este estado se había fundado después de que pueblos kirguises hubieran puesto fin al Kaganato Uigur, el segundo estado túrquico de la historia, y del que Qocho es una especie de continuación. La ciudad es inmensa, pero no queda mucho de ella más que unos muretes gastados que se confunden con el ocre del desierto. Aún así, pasear solo por ella a primera hora del día, el único momento en el que la temperatura no resulta letal, fue uno de las mejores experiencias de mi viaje en China. Allí, viendo las estupas, descubrí que este antiguo reino túrquico practicaba el budismo, que había sustituido a la religión original de los primitivos turcos, el tengrismo (de Tengri, Dios, que en turco moderno se dice Tanrı).

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Esta es una imagen de lo que queda de Gaochang, antigua capital uigur.

Ya puestos a investigar en la compleja historia de los pueblos turcos, descubrí que fueron los Qarajanidas, otro kaganato de la época, el primer estado turco que se convirtió al islam. Aunque este cambio de religión no fue inmediatamente aceptado por la población, hoy en día el islam es uno de los rasgos identitarios más importantes de los pueblos turcos en general y de la etnia uigur en particular, y no es raro que sus reivindicaciones nacionales hayan acabado confluyendo con ideologías yihadistas. Curiosamente, también descubrí que los uigures no son los únicos musulmanes de la zona, sino que existen también chinos de etnia han (llamados hui o dungan) que siguen de la fe de Mahoma. No viven solo en China, y alguna vez os contaré mis aventuras con unos japoneses, un norteamericano que aprendía chino y un sobreeexcitado dungan en las montañas del Kirguistán.

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Perspectiva de Tuyoq con la cúpula de la tumba de Hojamu, el lugar más santo de la región, en primer término.

Recuerdo la semana que pasé en China como una de plácida soledad, y ciertamente me encantaría volver para visitar otros lugares más conocidos del país al que en el telediario siempre llaman “gigante asiático”. También me gustaría regresar a Xinjiang, porque al final, advertido por mis amigos de que era mejor no hablar con nadie sobre el conflicto, evité sacar este tema (aunque ahora que lo pienso, y dada la ausencia de un idioma común, no habría sabido como hacerlo). Lo único que puedo decir es que resulta más que evidente la distancia cultural, social y lingüística entre los han y los uigures. En Ürümqi, donde los primeros representan la inmensa mayoría, los uigures están relegados a los trabajos más cutres. Por otra parte, resulta evidente que la estandarización cultural que el gobierno Chino lleva años imponiendo, amenaza especialmente la cultura uigur, tanto o más que en el cercano y mucho más conocido Tibet. 

Lo que también percibí es que los controles antiterroristas en la zona resultaban más tenaces que en ninguna otra región en la que había estado durante mi viaje, y que cada pasajero era examinado con cuidado provocando grandes retrasos en los autobuses. Fue precisamente en uno de estos controles en los que me sucedió lo que tal vez fue la anécdota más sorprendente de mis días en China. Al pasar la mochila por los rayos x antes de subir en el bus de vuelta a Ürümqi, una pequeña y disciplinada oficial me quitó un mechero y un espray que traía desde España para impermeabilizar mis permeables zapatillas (al saber que en Mongolia solía llover en agosto había decidido transportar a mis espaldas este pesado espray durante miles de kilómetros). Aún no lo había usado, así que podréis entender mi frustración al ver como aquella pequeña policía me lo quitaba con gran autoridad. Negándome a asumir lo que me estaba pasando, me quejé como pude y traté de hacerle entender que a pesar de mi barba no era un yihadista y de que, en cualquier caso, no sabía qué riesgo podría suponer para la seguridad nacional un pequeño espray impermeabilizador. La policía, muy didáctica ella, me dijo que me apartase y observase con atención. Entonces, en medio de aquel vestíbulo y rodeada de gente, encendió el mechero y dirigió el espray hacia la llama, precisamente lo que los fabricantes te instan a no hacer bajo ningún concepto. El fogonazo que salió fue tan intenso que casi quema a una señora, y al ver mi cara de disconformidad con lo que acababa de hacer, aún quiso repetirlo para terminar de convencerme. No fue necesario, y no tuve más remedio que dejar el espray, una verdadera arma de destrucción masiva, en la estación de autobús de Turfán. De esta manera, un poco contrariado, proseguí mi viaje hacia mi destino final, Mongolia, donde no solo iba a necesitar prendas impermeabilizantes y abrigadas sino también mucha, mucha paciencia. 

niña

Niña me mira con (digamos) curiosidad en uno de esos autobuses camas chinos que, a pesar de su estrechez e incomodidad, llegaría a echar de menos en Mongolia.

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